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Adaline

La hora del cuento  · 

Adaline

Por David Bartolí

Si algo tenía claro Adaline era que algún día volaría, de momento tenía con sus quince años la fuerza de la ilusión y con esa base ya poseía lo más importante.

Adaline fue en aquel pequeño pueblo protegido entre montañas,  la niña solitaria, la niña que vivía en las nubes. Poco le importaba a ella que no fuera comprendida en la escuela o en la calle o incluso fuera poco menos que ignorada por su padre, con su férreo carácter. Tenía la mágica e invisible pero latente protección de su amada madre, cuna de su vida, y sabía que con ella podría cumplir todo lo que se propusiera.

Fue su compañera, la soledad, la que la llevó a subir con decisión la montaña que empezaba justo donde se ubicaba la última casa del pueblo. Como una serpiente, fue sorteando la montaña repleta del árbol de la vida. El espectáculo violáceo que representaba cada día el Kiri con el no menos protagonista como era el Sol, hacía que tiñera el pueblo de tal manera que era conocido como el pueblo de la magia.

Adaline subió hasta la cima y se dejó abrazar por el sol sintiendo recorrer su calidez por todo su cuerpo. Ante tanta muestra de afecto lanzó un suspiro al aire que fue recogido y resguardado en una fina nube en forma de boca.

Extendió una fina manta en el suelo y apoyada en una roca se dispuso a recuperar fuerzas sintiéndose feliz en su mundo personal. Su mente vagó por lejanos acontecimientos y se encontró a un chico que conoció de pequeña en algún lugar del pueblo. Recordaba su insistente y hasta, a veces, tediosa compañía hasta la puerta de su casa. Se preguntó a sí misma por qué le vino a la mente ese chico precisamente y no al amor de la escuela pero no encontró respuesta. Recordó los juegos en la calle, rememoró sus días de colegio y hasta recuperó los silencios de su padre.

El sol avisó a Adaline que ya había alcanzado su propia cima y se disponía a bajar, así pues recogió sus pertenencias, las guardó en su mochila y comenzó a descender recogiendo grandes hojas para su gran idea.

64 hojas de kiri. Las había contado y las había incluso limpiado una a una hasta dejarlas impolutas. Y allí estaban, en la pequeña buhardilla donde nadie subía, su padre por vagancia y su madre por respeto.

Una pequeña parte de la montaña se hallaba en el suelo, en fila y ordenadas de mayor a menor.

Abrió la puerta con cuidado de evitar una corriente de aire y salió a la calle, como siempre, en silencio. Bajó la calle con decisión, saludando con educación al guardia que vigilaba el recinto policial, saludando con alegría al conserje de su colegio. Pasó enfrente de la iglesia, de la pastelería y de la zapatería hasta llegar a su destino. La puerta de la ferretería emitió su peculiar sonido cuando entró y, al instante, apareció el vendedor para ayudar a encontrar lo que buscaba.

Mientras iba subiendo hacia su casa miraba el pequeño ovillo que había comprado y pensaba si algún día encontraría a su Dionisio pues aunque la vida le trajera algún Teseo ella deseaba un día la calma del amor correspondido y ser comprendida. Sonrió pensando en todas las cosas que le quedaban por vivir y apretó fuerte el ovillo deseando ser una Ariadna feliz.

Se saltó expresamente la siesta y extendió el ovillo a lo largo de la habitación, se sentó en el suelo como siempre hacía que tenía en mente algo importante e intentando imitar a su madre, enhebró el hilo a la aguja y comenzó el laborioso proceso de unir las hojas.

32 hojas unidas con esmero y cuidado formaban su ala derecha, 32 hojas unidas con esmero, cuidado y sueño componían su ala izquierda. Adaline sonreía orgullosa de su logro, levantó las alas y el filtro de luz que entraba amistosamente por la ventana redefinía el color convirtiéndolo en azulado.

Su estómago reclamó alimento, así que dejó las alas en la mesa y con cierta ansia fue a acabar de ayudar a su madre a preparar la cena. Durante la cena su madre le preguntó lo que estaba haciendo en la buhardilla y Adaline contestó que estaba construyendo su camino. El guiño en forma de respuesta de su madre fue seguramente la confirmación de que estaba haciendo algo fantástico, el desprecio de su padre fue la ratificación que necesitaba.

El día siguiente amaneció con un sol que auguraba un hermoso día y los primeros rayos despertaron a Adaline. Desayunó con celeridad debido a la emoción que la embargaba y rápidamente subió a la buhardilla, recogió sus alas y salió, una vez más, silenciosamente de casa.

La montaña la saludó con un baile de hojas y el sonido de la paz, bellamente interrumpido por aves que parecían silbar a su paso. A medida que ascendía, sus dedos iban rozando las hojas de las plantas y los troncos de los árboles dejando una invisible e imborrable huella. Cuando llegó a la cima, el sol ya pintaba todo el valle dibujando el mejor paisaje que Adaline había visto jamás, su retina se inundó de colores; violeta de los kiris, verde de los abedules, azul del cielo, amarillo del sol. Todo este espectáculo de colores fue el que hizo llorar de emoción, de alegría, de felicidad a Adaline.

Cogió su ala derecha y la ató fuerte pero cuidadosamente haciendo pasar el hilo sobre su brazo, posteriormente ató su ala izquierda costándole un poco más y por fin, enseñó las alas al cielo majestuosamente.

Las hojas violetas se convirtieron en azules con el efecto del sol y se asombró cuando recordó uno de sus pájaros favoritos. Adaline se sintió unida al paisaje y ahora parecía ser un gran Aosaginohi.

Adaline supo que estaba a punto de ver realizado su sueño, por fin iba a volar, se sentía fuerte, segura, ilusionada y no había temor o miedo alguno que pudiera pararla.

 Aosaginohi, el hilo de Ariadna y Adaline estaban preparados para buscar a su Dionisio, a ser parte del paisaje, a convertirse en seres mitológicos, a ser feliz.

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David Bartolí

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