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boolino entrevista a Rosa Navarro

Entrevistas  · 

boolino entrevista a Rosa Navarro

"Ese es el objetivo: que el lector goce leyendo el clásico, que lo entienda sin dificultad alguna, que quede atrapado por su historia y al mismo tiempo aprenda de ella, sin darse cuenta."

Rosa Navarro Durán es catedrática de Literatura española de la Edad de Oro de la Universidad de Barcelona. Es autora de ediciones de textos del Siglo de Oro, ha escrito numerosos artículos sobre análisis de textos de dicha época y de poesía contemporánea, así como ensayos de comentario de textos literarios o sobre por qué leer a los clásicos. Ha editado cinco volúmenes de novela picaresca.

Además de ser jurado de los premios Príncipe de Asturias y del Cervantes, lo ha sido también del Premio Edebé de Literatura juvenil (2001-2012) y del Premio Gerardo Diego de investigación literaria (2008-2012).

Su vocación pedagógica le ha llevado a adaptar los clásicos para los niños y los estudiantes. A lo largo de estos años ha emprendido la tarea de adaptar El Quijote, Tirante el Blanco, Platero y yo, El Lazarillo, El Cid, La Odisea, La Eneida, Leyendas de Bécquer, Novelas ejemplares de Cervantes, Fábulas, Milagros de Nuestra Señora, Las fabulosas aventuras del caballero Zifar entre otros clásicos en la editorial Edebé.

Hola Rosa, ¿cuáles fueron sus primeros pasos como lectora? ¿Qué lecturas fueron decisivas en su infancia?

Me gustaría poder contestarle con precisión, pero no tengo recuerdos nítidos ni de una cosa ni deRosa-Navarro-Durán otra. Sé que siempre me gustó leer porque me fascinaban los relatos de todo tipo: escucharlos, leerlos. Sí me acuerdo de tener entre mis manos un libro grande, y en sus páginas veo la ilustración de “La sirenita”, el cuento de Andersen; o más bien, su maravillosa cola de pescado, a la que ella renunció por amor. Y sé que le decía a la joven esposa de Barba Azul –un relato que me dejó honda huella– que no se empeñara en averiguar qué había en la habitación cerrada, ¡qué más le daba a ella saberlo! Aunque me daba cuenta de que todo consejo era inútil… ¡Y luego la imagen de las cabezas cortadas de las anteriores esposas, en medio de charcos de sangre!

También tengo grabada la imagen de la maravillosa bicicleta (marca Simson) que me trajeron los Reyes Magos, y en ella un cesto lleno de libros de tapas duras, grandes. Como ve, son fotos fijas, borrosas, de momentos intensamente vividos con los libros. Pero lo único que sé con certeza es que no he dejado de leer nunca, y que, cuando no tengo cerca un libro, estoy como desamparada.

¿Por qué considera importante leer a los clásicos?

Los clásicos han sobrevivido siglos porque generaciones y generaciones de lectores los han leído. y, por tanto, es indudable que son libros únicos, espléndidos, que son las mejores obras escritas por los mejores escritores. Si no pudiéramos admirar las pinturas de Velázquez, desaparecerían, porque un cuadro que no se mira no es un cuadro, es una tela pintada; y daría lo mismo la maestría del pintor sin el ojo que la admira. Con los libros pasa lo mismo: si no leemos los clásicos, desaparecerán. Ya no serán obras maestras, sino solo un montón de páginas impresas. ¡Todo el esfuerzo y el genio de esos maravillosos creadores para nada! ¡Toda esa belleza, esa inteligencia, echada a perder! Sería la destrucción de nuestra cultura, un lamentable empobrecimiento colectivo. Y no basta que haya una minoría privilegiada que los lea,  ¡todos tenemos que disfrutar de ese tesoro, que es nuestro, de todo el mundo, porque es la herencia que nos han dejado los mejores artistas!

Sin darnos cuenta, además, con esas lecturas llenamos nuestro mundo de referencias. Si no, estas quedan restringidas a nuestro entorno cercano y no podemos compartirlas más que con muy poca gente. Si pensamos en alguien que es un avaro y recordamos cómo era el dómine Cabra del Buscón de Quevedo, enriquecemos nuestro retrato de esa persona cercana. Si hemos leído el Quijote, podemos sentirnos “Quijotes” y la palabra tiene sentido; y lo mismo sucede si pensamos en que hemos vivido una “odisea” en nuestro último viaje. Si no sabemos quién es Ulises u Odiseo, esa palabra es solo eso, una palabra, sin la hondura que tiene para aquellos que sabemos del viaje de Ulises por el Mediterráneo antes de llegar a Ítaca.

Pongo un pequeño ejemplo y recurro de nuevo a Velázquez: muchos hemos ido al museo del Prado y hemos admirado el cuadro de “La fragua de Vulcano”; pero si sabemos la historia que plasma el pintor sevillano, gozaremos mucho más porque entenderemos el cuadro. Y si además sabemos qué es un cíclope, podremos darnos cuenta de que el genial pintor quiso que solo se les viera un ojo a esos herreros que trabajan junto al dios Vulcano, porque, en el relato mitológico, sus ayudantes eran los cíclopes.  Se ven así muy bien los niveles de “lectura” del cuadro a partir de los conocimientos del que lo mira.

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Autor: Miguel de Cervantes (Adaptado por Rosa Navarro) // Ilustrador: Francesc Rovira // ISBN:

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¿Y por qué adaptarlos?

Ni los niños ni los adolescentes pueden gozar con la lectura de los grandes clásicos. Para leer con placer no hay que encontrar obstáculos en la lectura; y ellos no tienen todavía la competencia lingüística ni los conocimientos necesarios para poder leer de corrido ni el Cantar de Mio Cid  ni Don Quijote de la Mancha; ni tampoco el Conde Lucanor ni el Libro del caballero Zifar, ni incluso La vida de Lazarillo de Tormes, una obra aparentemente de más fácil lectura. Forzarles a leer en versión original La Celestina puede ser una hazaña que dé satisfacción personal al profesor, pero indudablemente habrá sido un calvario para la mayoría de los alumnos. Yo he oído a muchas personas comentarme que les habían obligado a leer el Quijote a los trece o catorce años, que les había costado mucho y aburrido mucho más, y que por esa razón nunca habían vuelto a leer la obra. Esa supuesta “hazaña” del profesor que le enorgullece lleva consigo, casi siempre,  la muerte de la obra y de otras muchas para sus alumnos, esos jóvenes lectores que se han aburrido leyéndola porque no la entendían a la primera lectura.laodisea img

Adaptar un clásico significa ponerlo al alcance de los lectores, sean niños o adolescentes (y según la edad del destinatario variará la forma de adaptación); y, por tanto, al hacerlo, es obligado mantener una fidelidad absoluta al original. El adaptador debe desaparecer del texto, es solo un intermediario entre el original y el lector; tiene que tener el mismo respeto al texto clásico que un buen traductor, solo que su tarea es distinta. Yo he leído textos llamados “adaptaciones” que son versiones libres; es decir, que son traiciones al texto clásico; el mal llamado adaptador ha hecho con el texto lo que le ha dado la gana y de esa forma ha destrozado la historia al crear otra, que es la suya, pero que no es el clásico; y él lo utiliza, en ese caso, como trampantojo para vender su obra.

No hay más que pensar que una adaptación tiene que ser como una segunda lectura del texto: es quitarle las dificultades con que se encuentra un lector no avezado y ofrecérselo así, como en una segunda etapa de lectura. Si el lector es un niño, la depuración debe ser mucho mayor para que pueda llegar al placer de la lectura. Ese es el objetivo: que el lector goce leyendo el clásico, que lo entienda sin dificultad alguna, que quede atrapado por su historia y al mismo tiempo aprenda de ella, sin darse cuenta.

El niño que ha leído una buena adaptación, fiel al texto y que conserva su atractivo, disfrutará con él y siempre guardará un buen recuerdo de esa lectura. Cuando avance en su vida, si ha conseguido mantener el hábito de la lectura, volverá a ese texto e irá a su versión original y podrá paladearlo a gusto y descubrir nuevos matices, nuevos detalles. Si su incursión en la lectura ha sido una aventura ocasional, tal vez vuelva a releer algún día esa adaptación que tanto gusto le dio. Y esos personajes universales serán ya suyos también: no tendrá ninguna duda sobre quién es Lázaro de Tormes  o por qué lleva don Quijote una bacía en la cabeza o en qué consistió la aventura de los molinos de viento. Si no, esas personas verán la figura del caballero manchego representada en tantos lugares, en cuadros, en estatuas, y no serán capaces de dar sentido ni a lo que lleva en la cabeza ni al propio personaje.

En boolino siempre recomendamos contar los cuentos, las historias, como profesora y especialista, ¿podría explicarnos por qué es importante contar y compartir las historias con los niños?

lecturas-06-Rovira 1Yo siempre digo que no hay mejor iniciación a la lectura que compartir un libro con los hijos en el espacio del afecto. Llamo así a ese cuarto de hora del final del día en que el niño está en la cama y no quiere cerrar los ojos porque no quiere separarse de su padre, de su madre. Ese es el momento ideal para leerle un capítulo de un libro y prometerle la continuación para el día siguiente. Así se inicia el gusto por la lectura. Si a ello se le añade el relato de cuentos y luego se les muestra esas historias en libros, se trazará un puente entre lo oído y lo escrito. Y el niño descubrirá lo mucho que podrá descubrir leyendo.

El año pasado, en la feria del libro de Madrid, un niño hojeaba sin demasiado interés una de mis adaptaciones y le pregunté: “¿Quieres saber qué cuenta este libro?”. Me hizo que sí con la cabeza. Y empecé a contarle la Odisea. Al minuto el niño era todo ojos y oídos. Cuando callé, el niño seguía extasiado mirándome, y su madre le dijo: “¿Quieres que te compre el libro?”. ¡No pudo más que decir de nuevo que sí con la cabeza! Y se marchó saltando, abrazado al libro, ¡ese tesoro que encerraba la historia que ya no olvidaría!

A menudo, a los que nos dedicamos a investigar o estudiar la literatura se nos interroga sobre los usos de nuestros estudios, las funciones o aplicaciones de nuestras tesis o la importancia de las Letras, como catedrática y profesora de literatura, ¿por qué considera esencial el estudio de la literatura?

Las buenas creaciones literarias no solo nos dan placer, sino belleza para admirar, espacio para la reflexión, palabras para aprender a comunicarnos con los demás, historias que nos cautivan, ejemplos que podemos aplicar, formas para entender mejor el día a día… La enumeración sería larguísima. Y en ella pondría como eje central el no sentirnos solos: un buen libro es la mejor compañía para cualquier momento. El libro es el complemento obligado y necesario para lograr ser personas en sentido pleno. En los libros podemos aprenderlo todo; sin ellos, somos seres imperfectos, que no hemos aprovechado casi nada de todo lo que han descubierto, imaginado, dicho las personas que han vivido antes que nosotros; y, por tanto, nos quedamos sin subir casi ningún escalón en el camino de la perfección como personas, y en el del gozo de todas las riquezas que la cultura nos ofrece. No haber leído nunca el Quijote o no haber gozado nunca del preludio de la suite nº 1 de violonchelo solo de Bach… no deja de ser una pérdida inmensa para cualquier vida.

¿Cree que la actividad académica que se lleva a cabo en las facultades de Humanidades o de Letras está suficientemente valorada?

No, en absoluto. Y, por desgracia, vamos de mal en peor. No tiene nada que ver mi experiencia como profesora en los años setenta, incluso ochenta con lo que sucede hoy, que es un puro desastre. Como han logrado desterrar la literatura de todos los planes de estudios de la Enseñanza Primaria y de la ESO, los alumnos apenas leen y no hay tampoco salidas profesionales para la enseñanza de la literatura. Si no se lee buena literatura, no se puede querer profundizar en su conocimiento. Si no se puede enseñar en parte alguna tal materia, ¿por qué se va a cursar esa carrera universitaria que no tiene salida?

Sabemos que disfruta difundiendo sus conocimientos y su pasión por la literatura a sus alumnos, ¿por qué considera importante esta transmisión de saberes?elcid img

Yo tengo claro algo: el ser humano vive en sociedad, y tiene que dar lo mejor de sí mismo a los demás. Si no, se convierte en una isla y no logra acceder a la categoría de persona. Ya no hablo de los que ven a los demás como territorio de conquista, de depredación: son seres malvados, perversos. Cada persona tiene que descubrir en sí misma lo que sabe hacer bien o lo que mejor sabe hacer, según los dones recibidos en sus genes, y según su aprendizaje. A mí me gustaba mucho contar historias y compartir lo aprendido con los demás. Y tuve la enorme suerte de poder empezar a dar clase en la Universidad apenas terminada la carrera, y descubrí que me apasionaba hacerlo (aunque tuve que aprender a vencer el miedo de quedarme en blanco mientras explicaba). Llevo cuarenta y cuatro años haciéndolo, y como he aprendido muchísimo porque no he dejado de leer nunca, sé muchas más cosas y creo que puedo transmitir mucho mejor mi conocimiento de las obras literarias. Siempre digo que yo, que soy abstemia, soy como el vino añejo, ¡mucho mejor que cuando empecé a dar clase! Tuve profesores tan excepcionales como José Manuel Blecua, Antonio Vilanova o Martín de Riquer; y con ellos aprendí que de la mano de un buen guía es cuando se puede ahondar en la obra literaria y descubrir lentamente sus muchos secretos.

Transmitir los conocimientos es la base de toda cultura. Si queremos ser personas, si queremos que nuestra sociedad mejore, tenemos que saber lo que ya está sabido, descubierto y escrito. Para ilustrar lo que quiero decir, recuerdo a un joven que vino a decirme que era poeta y me pidió si podía leerle sus poemas. Para convencerme, me dijo que él sacaba todo lo que llevaba dentro para expresarlo en sus versos. Y yo le pregunté: “¿Ha leído usted mucho?”, y empecé a enumerar a una serie de poetas para ver si los conocía, si los había leído, ¡ni le sonaban! Sus versos, como supuse, no lo eran, sino borrones en forma de poema; y le dije: “Si no llena su alma de buena poesía, no podrá salirle de ella poesía alguna”.

En boolino estamos convencidos de que hemos de conseguir que los niños y las niñas lean más para que se diviertan y, además, cuando sean adolescentes y adultos sigan haciéndolo y hayan desarrollado más sus capacidades cognitivas y críticas. ¿Qué recomienda a los padres que quieren que sus hijos sean buenos lectores?

Compartir la lectura con ellos. Primero leyéndoles ellos mismos los libros y dejar que ellos les pregunten sobre lo que sucede, sobre las palabras que no entienden; es decir, convertirse en su guía y dejar claro el gusto que sienten en hacerlo. Que no es una obligación, sino un juego, un placer compartido. El afecto es esencial en la comunicación entre las personas.

Y no dejar nunca de hacerlo. Cuando ellos lean solos ya, es bueno compartir también esas lecturas y comentarlas. Yo cuando descubro un buen libro, mi máximo placer es contarlo o recomendarlo para poder compartir lo que yo vi en él. Acabo de descubrir el Orlando furioso de Ariosto contado por Italo Calvino, ¡ha sido tal placer que lo he comprado ya dos veces más para regalárselo a amigos míos!

¿Cómo imagina el mundo del libro en unos años? ¿Cómo ve la compatibilidad entre el formato digital y los libros en papel?

Le confieso que la transformación que está sufriendo día a día este campo es tan inmensa que me es difícil hacer una predicción que yo misma considere fiable. En este momento veo compatibles ambos formatos. A mí me cansa mucho más leer en pantalla que en papel, pero tal vez es una mezcla de costumbre y años. Yo podría hacer un elogio del libro en papel, como Pedro Salinas hizo, hace ya muchos años, el elogio de la carta; pero igual es fruto de la nostalgia, de la pasión. Yo le diré que escribir mails en vez de cartas me ha llevado no solo a comunicarme con mucho mayor número de personas y con una frecuencia mil veces superior, sino también a un ejercicio diario de la escritura, que me ha venido muy bien.

2394096Yo no puedo más que alabar el mundo digital porque me está permitiendo trabajar –estudiar, escribir– a un ritmo muchísimo más rápido que antes, cuando tenía que escribir a mano o a máquina o ir a las bibliotecas constantemente para leer ensayos, artículos… que ahora puedo bajarme de la red y leérmelos en casa. Sin embargo, no hay que olvidar que hay que aprender a escribir a mano, y a hacerlo bien, sin fallos ortográficos, porque de otra forma, si se llenan los colegios de ordenadores con correctores de texto, los niños pronto no sabrán escribir correctamente, ni casi sabrán hacerlo si no tienen a su alcance un teclado. Los inventos tienen que estar al servicio del ser humano, y él no tiene que caer en su esclavitud. No hay más que ver a la gente por la calle como autómatas, mirando una minúscula pantallita, sin saber qué les rodea.

Para terminar, y abusando de la oportunidad brindada, nos atrevemos a pedirle que nos recomiende algunos libros que consigan despertar el amor por la lectura.

Tendría que decirle que mis clásicos adaptados lo están logrando, pero parece pura propaganda de mis libros, de mi tarea, y no es así. He vivido escenas inolvidables en mis charlas en colegios, en escuelas, en IES, que me llevan a hacer esa afirmación. Le cuento solo una. En Madrid, un chaval me pidió que le dedicara mi Lazarillo contado a los niños, y mientras lo hacía –él apenas me llegaba al hombro–, me dijo si podía hacerme una pregunta. Le dije que sí, claro, y entonces me preguntó: “Rosa, ¿cuál es el golpe más fuerte que le dan a Lazarillo”. Yo le contesté: “ El que le da el  mezquino clérigo porque lo deja tres días sin sentido”. Y él entonces me miró y repuso: “¿Y qué me dices del jarrazo del clérigo?”. Fue muy emocionante porque vi que los dos conocíamos de la misma forma al personaje, era ya nuestro. Él había disfrutado leyendo el libro, se había hecho suyo a Lázaro de Tormes y, por tanto, se había enriquecido,  sin darse cuenta, con ese tesoro heredado.

A estos clásicos nuestros, añadiría los relatos de aventuras de Julio Verne, o libros como La isla del tesoro de Stevenson, o incluso para los adolescentes Ivanhoe y El talismán  de Walter Scott, o las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, o Zalacaín el aventurero de Pío Baroja, o Industrias y andanzas de Alfanhuí de Sánchez Ferlosio. Todos ellos, libros llenos de imaginación, de fantasía, de aventuras que atrapan. Y si quiere un relato de este último año, recomendaría La isla de Bowen de César Mallorquí, el XX premio Edebé; estuve en el jurado, y se me olvidó por completo que tenía que leerlo para juzgarlo, ¡me atrapó! Dentro de la obra hay un homenaje manifiesto al propio Julio Verne, porque las grandes obras nunca nacen de la nada, sino de las muchas lecturas de sus escritores. 

Es eso lo que quiero subrayar: del mismo modo que las diversas capas indican la antigüedad del suelo –o del árbol–, solo si leemos, podremos ir adquiriendo las capas necesarias para lograr la solera en nuestra condición de personas. Aunque no hay que olvidar nunca que hay sazonar todo ello con la bondad, ingrediente indispensable para serlo.

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