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Boom centroeuropeo

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Boom centroeuropeo

Por Héctor Mellinas

Marcel Reich-Ranicki, uno de los críticos literarios más importantes de la cultura contemporánea, pensaba que la literatura alemana del siglo XX era “increíblemente antierótica”, tan poco influyente en la sociedad que los escritores no representaban ningún ejemplo para los lectores puesto que éstos seguían reproduciéndose. Dejó escrito también que literatura es sinónimo de exageración, de modo que, atando cabos, podríamos interpretar que la obra literaria no es la descripción fisiológica de la realidad, sino que lleva al extremo la realidad para mostrar lo que las personas descubrimos a través de ésta.

La literatura centroeuropea de mediados del siglo XX (apadrinada por editoriales arriesgadas y críticos como Reich-Ranicki) ha resurgido de un modo escandaloso en estos últimos años. Tres nombres son clave para captar la esencialidad del drama del hombre europeo del siglo pasado: Stefan Zweig, Thomas Bernhard y Sándor Márai; todos ellos marcados por el curso de los episodios bélicos del siglo, enfatizan en sus obras, de un modo más o menos explícito, el fracaso individual del hombre en comunión con su sociedad, la corrupción de la condición humana, reflejo inequívoco del tiempo convulso en el que el hombre se ve obligado a vivir.

Bernhard escribe en su novela más polémica (Holzfällen): “gracias a haber ido y venido varias veces por el Graben y la Kärntnerstrasse había podido soportar ya, resistir el suicidio de Joana con el aire frío y fresco del Graben” mientras que Márai sentencia en El último encuentro que “si no eres capaz de soportar la pérdida de alguien querido, es que has fracasado como ser humano”.

novellComo a Zweig, a estos autores no les gusta verse reflejados en el espejo; se ven depravados, pero no por eso dejan de mirarse: son capaces de afrontar la desgracia humana. Y eso mismo fotografía Joseph Roth (Brody 1894 – París, 1939) en una novela corta como La leyenda del santo bebedor, que Libros del Zorro Rojo ilustra con los expresionistas dibujos de Pablo Auladell (que si bien son, en su autonomía, deliciosos, no acaban de concordar con el París de inicios del XX previsualizado por los lectores).

Calificado erróneamente de parábola (narración de un suceso fingido moralizante), esta novela con elevados toques autobiográficos (de ahí el error de leerla parabólicamente) y claro referente realista zolaniano, nos muestra los bajos fondos de la sociedad parisina, la vida diaria de un honrado clochard o vagabundo que experimenta en carne propia las consecuencias extremas de un concepto básico del cristianismo: la caridad.

De un modo fatalista, sin posibilidad ni intención de evitar aquello que, irremediablemente ocurrirá, el protagonista se dejará llevar por el azar impuesto por quienes le rodean y, viviendo a expensas de los demás, talmente un büchneriano Woyzeck avant la lettre. La muerte es pues el único destino del protagonista, víctima condicionada de la mala conciencia cristiana de un personaje adinerado.

Roth denuncia así el funcionamiento de una sociedad de moral corrupta que necesita reflotarse de algún modo caritativo sin tener en cuenta las consecuencias de ésta moral. Y eso mismo denuncian los ya citados autores defendidos por Reich-Ranicki, un crítico que definía la posmodernidad literaria como una estupidez detestable.

 

Fotografías: la actriz Rosa Novell (a la que animamos desde aquí y aplaudimos su valentía) en montajes teatrales de novelas de Márai.

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Palabras clave de este post: literatura europea, siglo XX, crítica literaria, Joseph Roth

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