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La Hora del Cuento: La niña que se comió los cuentos

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La Hora del Cuento: La niña que se comió los cuentos

Hoy en nuestra Hora del Cuento os traemos un cuento de María Rosario Naranjo Fernández, La niña que se comió los cuentos. María Rosario nos hizo llegar este cuento hace unos meses y el sugerente título nos llamó la atención: enseguida nos sentimos identificados con Maripili, la protagonista de este cuento breve -a la que, como a nosotros, le encanta devorar historias- y decidimos publicarlo. Que lo disfrutéis.

La niña que se comió los cuentos, por María Rosario Naranjo Fernández

Maripili tenía mirada soñadora pero la imaginación de un cántaro de leche.

Eso no impedía que disfrutara con las historias que papá y mamá le contaban, o cuando el abuelo la sorprendía con anécdotas sobre viajes a lomos de camellos alados y excursiones a la luna.

Había descubierto las ventajas de desplazarse en globo sin pagar peaje, la emoción de ser besada por un príncipe aun sin haber sido hechizada o la suerte de atiborrarse de chocolate antes de que la bruja empujara a Hansel y Gretel dentro del caldero.

Tanto se había aficionado a fantasear a propósito de los cuentos que comenzó a parecerle poco el oírlos de labios de otros.

Quería vivirlos con mayor intensidad. Saborearlos.

Así que, ni corta ni perezosa, una tarde se encaramó a una silla para hacerse con algunos de los libros de la biblioteca familiar.

Abrió uno tras otro, resuelta a descubrir el misterio que se hallaba entre sus páginas. Pero sólo encontró montones de líneas salpicadas de tinta que, como hormigas presurosas, desfilaban hacia uno y otro lado del papel sin revelarle el secreto que buscaba.

Se acercó los libros a la nariz y percibió ese aroma especial tan característico del paso del tiempo.

Había en el corazón de aquellos volúmenes cientos de aventuras esperando a que Maripili las viviera en primera persona.

Pero ella se sentía incapaz de llegar hasta ellas.

Desesperada, se vio sentada sobre la alfombra, rodeada de libros tan vacíos como su propio estómago, que rugía sin cesar.

Y decidió saciar su apetito con una de las esquinas de la portada de El gato con botas.

Le sorprendió comprobar que estaba delicioso. Sabía a caramelo y turrón. A miel y a azúcar.

Miró la cantidad de libros que esperaban ser probados: Los viajes de Gulliver, La isla del tesoro, Las aventuras de Tom Sawyer, y sintió la necesidad de continuar con el banquete.

Con bocados cada vez más grandes devoró la mayoría de los libros.

No supo en qué momento se quedó dormida, pero sí que tuvo sueños maravillosos en los que se convertía en protagonista de increíbles hazañas. Durante un momento era una aguerrida guerrera y, al siguiente, la princesa más delicada sobre la faz de la tierra. Fue hada madrina, bruja y hechicero. Puso una manzana envenenada en las manos de Blancanieves y bailó con Cenicienta hasta que el reloj dio las doce campanadas. Atravesó el bosque para meterse en la cama de la abuela de Caperucita, tratando de ocultar sus enormes orejas bajo un suave gorro de tela. Blandió la espada para derrotar a un fiero dragón y pasó del país de Oz al de las Maravillas en menos que se escapa un estornudo.

Estaba pasándolo tan bien que tuvo ganas de gritar cuando sintió una mano fría sobre su hombro.

- Es hora de irse a la cama- mamá sonreía, pero Maripili no se sintió reconfortada. Hubiera preferido permanecer en aquel paraíso particular recién descubierto, donde podía ser y hacer montones de cosas.

- Quiero aprender a leer- musitó, todavía envuelta en esa nebulosa enmarañada que sigue al sueño.

Y comprobó, satisfecha, que los cuentos favorecían la mejor digestión que hubiera tenido en toda su vida.

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