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Cuentos infantiles: La niña de la lluvia

La hora del cuento  · 

Cuentos infantiles: La niña de la lluvia

Por Andrea Barreira

A pesar de ser agosto, el horizonte se pintaba de los colores tristes y grises del invierno. Carla miraba a través de la ventana entrecerrando los ojos con fuerza, retando a las nubes a atreverse a apoderarse del azul que brillaba con fuerza respaldado por el sol. Cuando creyó que su amenaza surtiría efecto se preparó para ir al parque.

Como no estaba muy segura de que le hicieran caso, combinó su ligero vestido estampado con extraños pájaros de colores con unas botas de agua rojas. Y menos mal porque, nada más poner la punta del pie en la acera, cinco gotas tan traviesas como perdidas le cayeron encima. “¿Vas al parque? ¡Llévanos contigo por favor!”. Carla se mordió el labio, incapaz de decirles que no, y les sonrió cómplice.

Llegó al parque precediendo a unas nubes negras que la seguían a una prudente distancia. Pero por muy lejos que, en apariencia, estuvieran de ella, no podía evitar que el resto de los niños dejaran sus castillos de arena, detuvieran de golpe el columpio o se atrincheraran en el tobogán mirando a Carla con enfado, suplicándole que dejara a las nubes en casa.

No entendían que no lo podía impedir. Por mucho que se negase, aunque lograse esa seriedad imposible para ella, la lluvia la alcanzaría veloz como sus risas. Porque cada gota de agua mostraba su felicidad no su tristeza. Lástima que a sus amigos les costase tanto entenderlo y se fueran a casa malhumorados y empapados.

lluviaCarla no comprendía por qué no se quedaban con ella; por qué en lugar de enfurruñarse no buscaban juntos los tesoros que escondía cada gota de agua: estaba convencida de que la puerta del Arco Iris se ocultaba dentro de ellas; o por qué no disfrutaban saltando hasta lo más profundo de los charcos. ¿Qué había más maravilloso que eso? No había mejor espejo en el que reflejarse. El único lugar donde se veía cómo era realmente: un ser distorsionado que vivía en un mundo al revés. Le gustaba perderse en los laberintos embarrados que se creaban en el parque, o en los sucios remolinos que devoraban todo en las aceras. Al otro lado del charco podía ser lo que ella quisiera y como ella deseara.

Tan perdida estaba en los fondos acuáticos que, hasta que levantó la mirada del suelo, no encontró a Samuel. Aferrado a su paraguas destartalado la observaba con curiosidad. Era el único que siempre se quedaba. Carla sabía que su amigo se enfadaba con el viento por estropearle todos y cada uno de sus paraguas. No entendía que era porque quería jugar con él, al igual que la lluvia con ella.

– ¿Por qué me miras así? – preguntó Carla balanceándose sobre sus pies.

– Porque a tu lado siento como si pudiera nadar en el mar, río arriba… ¡Incluso por el cielo! – Murmuró muy bajito Samuel mirando sus reflejos en el charco.

– ¡Qué bien! Si quieres hoy buceamos juntos, pero mañana tendrás que llevarme a volar entre las nubes, a girar y girar con las hojas secas y a cazar los deseos que vuelan atados a los dientes de león. – Le contestó Carla riendo mientras posaba sus intensos ojos azules en los suyos. Animados por sus risas, la lluvia arreció en un baile con el viento. Volvieron a casa mojados, saltando de charco en charco.

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frufrüOrigami

Precioso, Andrea. Verdaderamente tierno. Mágico y real al mismo tiempo