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El cumpleaños del oso musgoso

La hora del cuento  · 

El cumpleaños del oso musgoso

Por Alberto Guaita Tello

Todos los años tenían el mismo problema. Llegaba el día del cumpleaños de Verd-Oso, el jefe de los osos musgosos, y nadie de todo el bosque de la Zamina sabía qué regalarle.

Al final, casi todos optaban por prepararle ramos de setas de colores, o por llenarle cestitas con bayas y pastelitos calientes de moras a falta de una idea mejor.

Todo esto lo agradecía mucho, pero este año, sus mejores amigos querían que fuera algo especial, porque era su séptimo ciento vigésimo primer cumpleaños, y además casi coincidía con el centésimo décimo primer aniversario de cuando él y sus intrépidos osos musgosos habían salvado al bosque entero de ser devorado por las llamas tras una terrible tormenta de rayos y centellas.

Cuando había un incendio, el equipo de guardia de los osos musgosos se acercaba corriendo al río o a uno de los estanques, se metían en el agua, y el musgo que los recubría por completo se hinchaba tanto de agua que duplicaban su tamaño. Luego se acercaban hasta el fuego, se sacudían fuertemente y expulsaban toda el agua que habían absorbido, apagándolo en unos segundos.

Eran los bomberos del Bosque de la Zamina, y todos los querían y los respetaban por ello.

Así que sus mejores amigos se reunieron para dar con algo especial.

Eran Grig, el brillete, Cotocroc, el Friiil de piedra, Liso y Laso, dos gemelos Zamihos ala de roble, Cámia, la nubiluz y Juko, el sapopiedra.

sapopiedra

Como a Grig le tocaba organizar los cumpleaños de su grupo de amigos ese año, los había reunido en frente de su casa, que estaba construida entre las raíces de un viejo y amable roble. Ahí tenía un amplio claro en el que cabían todos perfectamente, ya que aunque la mayoría entraban bien en su diminuta casa, Cotocroc tenía la cabeza tan gorda que no pasaba por la puerta ni a empujones, y el viejo sapopiedra era tan enorme que ocupaba casi todo el claro, ni qué decir de su humilde morada.

-A ver, dijo Grig acompañando cada palabra con un brillo morado de sus alas; que al final hacemos lo mismo todos los años, y éste tiene que ser especial, en honor a su gran hazaña apagando ese gran fuego hace ciento once años.

-No parece quejarse, dijeron los peliazules Liso y Laso a la vez. Le podríamos regalar una pelota nueva de “bola de luz”.

-Qué va, deberíamos regalarle una buena piedra, una piedra bien gorda, dijo Cotocroc.

-Tú siempre regalas piedras, friiil, replico Cámia destelleando. No le gustan a todo el mundo. Habría que regalarle un ramo de amapolas.

-Qué va, si a todo el mundo le encantan las piedras, sobre todo las grandes y redondas.

-No, Coto, nada de piedras este año. Por favor te lo pido, no te lo tomes a mal ¿vale?

-No, a mal no, pero es una pena desperdiciar la oportunidad de regalar una buena piedra.

El brillete se mordió la lengua. Nadie podría sacarle una idea a un friiil de su rocosa cabeza.

-Estás muy callado, sapopiedra, dijo la nubiluz.

nubiluz

Y lo cierto era que Juko no había dicho ni una sola palabra durante esa conversación. Todos le observaron para ver qué decía.

-Creo queeee no lo estaaaamos haciendo bien, dijo por fin con su lento y arrastrado modo de hablar. Deberíiiiamos averiguar qué es lo que necesita, o que le apeteeeece. Me parece que si no, caaaada uno de nosotros le acabará regalando aaaalgo que en realidad quiere para síiii mismo, y eso noooo tiene por qué hacerle ilusión alguuuuna a él.

-Tienes toda la razón, dijo Gris. Deberíamos averiguar qué es lo que quiere.

 -Podríamos colarnos en su cueva y ver qué le falta, dijo Laso.

-Pero sin que nos pille, añadió Liso.

-Yo mejor no voy, dijo el friiil. A lo mejor me oye llegar.

-Sí, eres tan silencioso como una piedra rodando montaña abajo, le chinchó Cámia, que siempre se metía un poco con él aunque eran muy amigos en el fondo.

-Yo camiiiino muy despacio, dijo el sapopiedra, tardaréeee un buen rato en llegar.

-Pues iremos los gemelos y yo, dijo el brillete.

-Es que…nosotros tenemos que volver a nuestro roble pronto, que tenemos que jugar la final de bola de luz contra los zamihos de castaño.

-Par de vagos…solo pensáis en jugar… ¡Muchas gracias!...en fin, te toca venirte conmigo, Cámia.

-¿Ahora?

-No, nubiluz, cuando se haya pasado su cumpleaños si te parece. Dentro de un rato Verd-Oso saldrá a visitar sus colmenas, y tardará un rato en volver. Aprovecharemos para colarnos en su cueva, a ver si adivinamos qué le podemos regalar esta vez.

 

2

 

Como siempre, el oso había dejado el pestillo de la gran puerta de su cueva sin echar.

Así que la nubiluz se concentró, tomó forma de mano, giró del pomo y abrió la puerta.

No era la primera vez que estaban allí, ya que en anteriores ocasiones habían sido invitados a casa del oso musgoso para tomar el té (o en el caso de Cámia a aspirar su aroma), acompañado con pastas de miel, así que más o menos sabían donde estaba todo.

Miraron en la habitación donde tenía su grandísima cama.

-¿Una colcha nueva a lo mejor? preguntó Grig.

-Qué va, ésta está perfectamente, y siempre dice que le encanta, que es muy musgosa.

Se metieron en la cocina para seguir buscando qué podía necesitar.

-Es que tiene toda clase de utensilios y de ollas de bronce, y lo tiene todo reluciente.

-Ya veo, Cámia, nada de cocina tampoco.

-A ver en el salón. ¿Quizás algún libro?

Y se pusieron a revisar la librería del oso. Casi todo eran libros de cocina, pero también parecía tener de todo.

Pero entre libro y libro, Grig encontró algo muy extraño.

-Mira, Cámia, tiene un retrato suyo con alguien más, pero está roto, como si le hubiese arrancado una esquina. Del oso musgoso que tiene a su lado solo se ve el brazo de Verd-Oso pasándole por encima del lomo.

-Nadie rompe un retrato salvo que esté muy enfadado.

-Bien, le preguntaremos a Juko el sapopiedra, que es el más viejo de nosotros, a ver si sabe algo.

Revisaron a ver si lo habían dejado todo justo como estaba y se marcharon de la casa-cueva de Verd-Oso.

 

3

 

Le preguntaron a Juko, por si sabía algo de otro musgoso con el que su buen amigo pudiera estar enfadado.

-Debe seeeer su hermano, de eso hace muuuucho, era yo por entonces pooooco más que un piedracuajo.

-¿Recuerdas que ocurrió?

-Vaaaagamente, Grig, sé que tuvo una gran disputa con su hermaaaano pequeño, segurameeeente por alguna estupidez, y éste abandonóooo el bosque de la Zamina, para viviiiir en Aguasal, cerca del nacimieeeento del río Paaaas.

-¿Recuerdas cómo se llamaba?

-A ver, no me acueeeerdo bien, Pat-Oso…Mel-Oso, no. ¿Can-Oso?. No, no, noooo… ¿Apest-Oso?

-Me parece que nos estaremos todo el día así, dijo la nubiluz con impaciencia.

-Azar-Oso…Pomp-Oso… ¡Ya lo recuerdo! ¡Grandioooooso!

-Hombre, grandioso, grandioso no sé, que solo has recordado un nombre, no es que hayas inventado el zumo de arándanos.

-No Cámia, ¡diiiigo que se llamaba Grandi-Oso!

Agradecieron la información a Juko y los dos se fueron a casa de Grig para trazar un nuevo plan.

 

4

 

-Bueno, ya sabemos qué regalarle a Verd-Oso. Le traeremos a su hermano de vuelta.

-Ya, ¿pero y si siguen enfadados? Podría ser el peor regalo de cumpleaños de la historia.

-Creo muy poco en las casualidades, Cámia.

-La verdad es que el retrato no era fácil de encontrar.

-Y sabemos su nombre, y dónde vive. Lo único es que yo no llegaré a tiempo para el cumpleaños, y tengo que organizar el banquete, buscar la orquesta, enviar invitaciones.

-No te estreses, Grig, sé a quién enviar.

-¿En quién pensabas?

-En Liso y Laso.

-A ver, los quiero un montón, pero solo piensan en jugar, no se puede contar con ellos.

-Sé cómo hacer que se esfuercen.

-Pues ya me dirás.

-Fácil, les diré que como no salgan pitando hacía Aguasal hoy mismo y convenzan a Grandi-Oso para que vuelva, ninguna nubiluz les volverá a fabricar una pelota luminosa para jugar a bola de luz.

-Creo que eso los convencerá para que muevan las alas.

-Ya ves, lo más importante es siempre motivación, motivación, motivación.

 

5

 

A regañadientes, los dos gemelos zamihos salieron ese mismo día en dirección al valle del Pas, sobrevolando primero los Picones de Sopeña, donde vivían los siseadores de fuego, y avanzando hasta llegar a la cumbre del Castro Valnera, desde la que descendieron en picado siguiendo la altísima catarata de la que nacía el río que le daba nombre al valle.

Lo siguieron un par de kilómetros, siempre rodeados de enormes cascadas y giraron hacia su izquierda, hasta donde se encontraba el pequeño y saltarín riachuelo de Aguasal, o Aguasaltas como también lo llamaban.

Descendieron y le preguntaron a unos trompetillos que vivían escondidos entre las setas de un tronco podrido de haya, apenas distinguibles de éstas salvo por sus pequeños bracitos y sus ojos como dos perlitas negras. Éstos les contaron que efectivamente un enorme oso verde habitaba en la cueva negra que estaba justo en la falda del monte que cerraba el pequeño valle de Aguasal, y que no solía estar de muy buen humor.

Lo de cueva negra no les sonó nada bien a los zamihos, y lo de que el oso musgoso tuviera tan mal humor aún menos.

Temerosos, se acercaron a la entrada de la cueva, en la que el oso parecía estar durmiendo, ya que sus ronquidos se escuchaban desde mucho antes de entrar en ella.

Se posaron en el suelo y avanzaron por la casi total oscuridad de la cueva.

-Parece que ha dejado de roncar, susurró Liso.

-Se habrá girado, a veces si cambias de posición dejas de roncar.

De pronto, como si se tratase de un eclipse, la luz que entraba por la apertura de la caverna se desvaneció; ya no veían ni las puntas de sus narices respingonas.

-Si quémecambiau de posición, tronó una voz aterradora a sus espaldas.

El oso se había colocado de tal manera ante la entrada de la cueva que no dejaba pasar casi la luz del sol.

-¡Lo hemos despertadoooo! Chillaron. Empezaron a aletear en la oscuridad hasta que chocaron con unas estalactitas y terminaron por los suelos.

-Estarsus quietos de volar a ciegas como dos “murciégalos” bajo el sol o sus haréis daño de verdad, retumbó de nuevo la voz, mientras el enorme oso se apartaba para dejar pasar la luz.

Los dos hermanos se abrazaron mientras un tembleque recorría sus espinazos.

-¿Qué querís? ¿Sus parece buena idea entrar en casa d’uno sin llamar?

-¡Por favor, no nos coma! ¡Solo veníamos a buscarle, señor Grandi-Oso!

-¿A buscarme a mi pa que? ¿Y cómo esquesabis el nombre d’uno?

Entonces, entre castañeteos e interrumpiéndose continuamente el uno al otro, Liso y Laso le contaron al enorme oso el motivo de su visita.

Grandi-Oso, tras esforzarse por entender lo que esos dos manojillos de nervios le explicaban con suma torpeza, les dijo:

-A ver si susentiendu. Es el cumple de mi hermano mayor, Verd-Oso; también se celebra una gran hazaña d’el, y querís que uno susacompañe a la Zamina pa-ir a los festejos en su honor, en los q’abra docenas de platos quisitos pa comer.

Los dos, que seguían abrazados y medio cubiertos por sus alas para protegerse, asintieron a la vez, haciendo chocar sus cabezas de chorlito en el proceso, produciendo un pequeño y seco ¡Cloc!.

-Pues si sus digo verdad, solo recuerdo que estaba enfadau con él, pero mesolvidó el por qué hace muchos lustros. A lo mejor fue por un salmón que no repartió conmigo, o a lo peor por un panal de miel del que no m’avisó, ¿O fue uno el que no l`avisó a él? Qué más da, hace siglos de eso. Sus acompañaré.

Y añadió con una media sonrisa burlona.

-Más sus vale q’haya de toos esos platos quisitos y liciosos que m’habéis prometío, o a lo mejor sus como a vosotros, muscardones.

 

6

 

Todo estaba listo, y como cada año, Verd-Oso se haría el despistado para poder fingir sorpresa cuando acabase en la hondonada donde se celebraría la fiesta y empezasen a salir tras los árboles y bajo las piedras sus amigos gritándole ¡Feliz cumpleaños!

Pero cada año que pasaba estaba un poco más triste que el anterior, echaba de menos a su hermano menor, que a pesar de ser más joven que él le sacaba casi una cabeza.

Pero seguía enfadado con él, no sabía tampoco por qué, pero si le había durado tanto tiempo debía de ser por algo.

 

Seguro que Grig había montado una buena fiesta, y la verdad, es que casi iba a ir a ella por no decepcionar al bueno del brillete y al resto de sus amigos.

A la hora señalada, se dejó caer por donde sabía que se le esperaba, como si simplemente pasase por ahí, y efectivamente, esperaba ser asaltado en cualquier instante por todos sus amigos, muchos de los cuales se habrían escondido tan mal que tendría que hacer un gran esfuerzo para parecer sorprendido.

Pero nadie apareció, al menos nadie que él esperase.

De tras una gruesa haya que apenas podía ocultarle, salió su hermano, Grandi-Oso.

¿Qué hacía éste aquí?, pensó.

Ambos avanzaron hasta quedar a pocos metros y entonces, de detrás del resto de los árboles y de entre sus propias ramas, aparecieron cientos de habitantes del bosque gritando cosas como ¡Sorpresa! y ¡Felicidades! y ¡Que cumplas muchos más!

Pero ambos enormes osos musgosos se habían quedado quietos y se miraban fijamente, en clara postura de provocación a la pelea.

Todos los invitados a la fiesta quedaron en silencio, observando aterrados cómo ambos hermanos se mostraban los colmillos, y tras un gruñido que hizo caer la mayoría de las hojas de los árboles sobre todos ellos, se lanzaron en una furiosa carga el uno contra el otro.

Los zamihos y zamihas se chocaban entre sí y contra las nubiluces, despavoridos como los demás presentes, que intentaban refugiarse de la ira de los dos verdes gigantes, mientras los demás osos musgosos del bosque no se atrevían a intervenir.

Justo cuando las dos moles se alcanzaron, ambas se pusieron en pie y chocaron con un estruendo que sonó como si se hubiese partido una montaña en dos. Muchos de los asistentes quedaron de pronto sentados en el suelo o salieron despedidos.

Pasteles, galletas, hojaldres con nata y refrigerios volaron por los aires brevemente, para aterrizar sobre todos por igual.

El pobre brillete, Grig, se tiraba de las antenas ante semejante desastre.

Nadie tuvo el valor de mirar durante un rato por temor a contemplar el horrible resultado de una batalla entre dos seres tan grandes y poderosos, pero cuando la gravedad puso las cosas en su lugar.

Las hojas y los hojaldres cayeron, y todos pudieron ver a los dos hermanos fundidos en un abrazo y llorando de felicidad.

A ninguno de los dos le importaba ya que era aquello tan supuestamente terrible que el uno le había hecho al otro o el otro al uno. Habían sido cerca de cuatrocientos años sin verse ni hablarse, sin quedar en la fiesta de las ascuas ni para la luna azul.

Y aunque fue el cumpleaños más desastroso en cuanto a comida y bebida de toda la historia de las fiestas de cumpleaños de la Zamina, fue el mejor cumpleaños de la vida de Verd-Oso y de su hermano Grandi-Oso.

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Palabras clave de este post: cuentos infantiles, cuentos para niños, cuentos de animales

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loli

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Mjose

Esta muy bonito

Judith

me encanta el título, oso musgoso