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Euclides

La hora del cuento  · 

Euclides

Por Alberto Guaita Tello

Euclides es el sexto cuento del libro Cuentos de la Zamina, escrito por Alberto Guaita Tello. Un total de quince cuentos que un hada y un solitario anciano se cuentan mutuamente en los albores del invierno

Euclides, el caracol, había nacido hacía poco tiempo en el monte de los liuunes.

Observaba cómo todos los caracoles de su camada caminaban y caminaban para buscar brotes tiernos en el ralo monte, día tras día, y pensaba para sus adentros

-Esto no es para mí ¿Por qué andar todo el día, cada día, buscando mi sustento para después refugiarme bajo un viejo tronco? Estos caracoles no piensan, no son muy listos, me iré a buscar otra vida, mejor y distinta, al este, en el bosque de la Zamina.

Y así, sin decirle nada a nadie, sin siquiera comentárselo a ninguno de los caracoles más ancianos, se dirigió hacia el bosque, que tan verde se veía desde su monte natal.

Según se iba acercando, el bosque le parecía más verde y lleno de apetitosas hojas que comer.

Tardó muchos días y muchas noches en atravesar el monte, pero silencioso como era, al menos no despertó a ningún liuun, y fue una suerte, ya que cada vez que salían de sus agujeros le hacían tantas preguntas al que los había despertado que este perdía uno o días en responderlas todas antes de que le dejasen seguir tu camino.


Los enormes árboles que se alzaban como infinitos hacia el cielo fueron lo que más le impresionaron.

Sus hojas parecían verdes y tiernas, y decidió trepar al más alto de todos para ver lo que le rodeaba.

A su alrededor, como un enorme manto verde, crecía el bosque de la Zamina, así llamado por sus habitantes más antiguos; las zamihas y los zamihos, que protegían a los numerosos seres fantásticos que lo habitaban: como los sapopiedras, tronzones, bobosas, osos musgosos, chispaverdes, nubiluces, friiils, brilletes y muchos más. 

Desde arriba pudo ver, hacia el este, la llanura desde la que provenía; y hacia el norte, el gigantesco laberinto de piedras puntiagudas en el que vivían los friiils de piedra; los malhumorados primos de los liuunes, con sus cabezas duras como la misma piedra de la estaban hechos y siempre discutiendo con las zamihas sobre las lindes de sus tierras.

La Zamina terminaba al sur en los misteriosos Picones de Sopeña, en cuyas cavernas vivían los zumbadores de fuego, y a donde nadie en su sano juicio se acercaba salvo que estuviera lloviendo.

Al oeste acababa en las faldas del Pico de Monje, antes llamado el Alto del Druida, donde nace el Río Miera, en cuyas aguas viven las zahiguas, que son zamihas acuáticas; y las raguas, pequeños roedores anfibios de cola plana muy inteligentes, que construyen sus casas con los palos que trae la corriente; junto a luciones, zapadores de fondos, ardas y brilias.

Para cuando Euclides se empezó a acostumbrar a la belleza que estaba a su pie, el sol estaba ya muy bajo y decidió quedarse en las ramas a pasar la noche, por no bajar a oscuras el enorme árbol.

Las hojas de la gran haya eran más duras de lo que parecían desde abajo, con lo que se tuvo que meter en su caparazón sin cenar; y al estar tan alto sobre el árbol, el frío aire de la noche que se le colaba por la puerta de baba seca de su caparazón, le hizo recordar lo calentito que estaba entre docenas de los suyos bajo el tronco viejo que compartían.

Al amanecer, mientras descendía, se cruzó con varias pequeñas nubiluces que volvían para dormir de día en las ramas de los árboles, y a las que no había visto descender al caer la noche por estar ya metido en su cascarón.

Parecían pequeñas formaciones de vapor de agua con chispas de colores danzando en su interior.

Contento por el espectáculo, a pesar del ruido que hacían sus tripas por no haber casi cenado, Euclides llegó hasta el suelo húmedo por el roció de la noche y se dedicó a buscar un nuevo sitio donde vivir en el que estuviera calentito y seguro.

Se dirigió hacia el norte, y poco antes de llegar al laberinto de los friiils, mirando hacia arriba, vio en una roca un hueco que parecía ser perfecto para un caracol de su tamaño, como si lo hubiesen hecho a propósito para él.

Trepó por la roca y se metió en el agujero casi perfectamente redondo. Le encajaba como un guante, y con solo estirar el cuello podía llegar perfectamente a la abundante y tierna hierba que crecía a su lado. Además, por la mañana, el rocío cubría la hierba; no tenía que salir de su hueco ni para beber.

Estaba muy feliz, había encontrado el refugio ideal; con comida, agua y perfectamente protegido por la gruesa roca que lo rodeaba.


Pasó días y semanas disfrutando de su nueva casa y sacando sus cuernos para que les diese el sol, pero empezaba a sentirse algo solo. Le encantaba disfrutar del espectáculo de las nubiluces recorriendo el bosque por las noches, mientras los brilletes se juntaban por docenas para atraerlas con el brillo morado de sus antenas y tocando su música para hacerlas brillar.

También le gustaba mucho poder ver a las zamihas volando de árbol en árbol por el día y a los demás habitantes del bosque haciendo su vida. Pero no tenía a nadie a quien contarle lo que estaba presenciando, y cada vez se aburría más.

-Mañana, pensó, mañana me iré de vuelta a mi llanura, y les contaré a todos mis aventuras y lo que mis cuatro ojos han visto, y les dibujaré en el suelo con mi rastro las criaturas que he conocido.

Pero estaba muy cómodo en su refugio mientras continuaba diciéndose, mañana, mañana, mañana, llegó el invierno. Así que cerró la puerta de su caparazón y se puso a dormir hasta que llegase la primavera.


Mucho nevó ese año. Las zamihas, ya perdidas sus alas como cada invierno, se habían refugiado en sus troncos ahuecados, bellos por dentro como palacios, para disfrutar de todo lo que habían recogido e intercambiado el año anterior. Mientras, el resto de los habitantes del bosque hibernaban o se desplazaban hacia el sur. Durante esos tres meses, Euclides soñó con su llanura; hasta que un día, los rayos de sol recalentaron su caparazón despertándole de su letargo.

Se despertó con la misma idea en la mente que se había dormido al principio del invierno, volver a su tierra.

Sacó la cabeza del caparazón, estiró sus cuatro ojos y puso su pie en movimiento. Pero algo no iba bien, estaba encajado en la piedra que lo cobijaba. Para colmo, la hierba aun no llegaba hasta la altura de su refugio, y sus tripas, vacías desde hacía meses, rugían feroces.

¡Estaba encasquillado, bloqueado, atrapado, aprisionado!

Intentó moverse hacía un lado y hacia otro, empujó, se estiró, todo fue inútil.

El cascarón le debía haber crecido antes de que llegase el invierno y ahora le era imposible escapar a lo que había parecido ser el refugio perfecto.  Ni siquiera el ver a las zamihas salir de sus palacios ocultos con sus nuevas alas de primavera le animaba, jamás saldría de allí.

Desesperado y hambriento, empezó a llorar.

Euclides


Un joven friiil de piedra estaba pasando por debajo de la piedra en la que el pobre caracol Euclides estaba prisionero, cuando unos enormes lagrimones le cayeron sobre el musgo que le crecía en la cabeza. Éste, extrañado, miró hacia arriba, hacía sol y no tenía sentido que le estuviera lloviendo. Mientras miraba hacia el cielo, le cayeron más lágrimas del caracol sobre el rostro. Esta vez sí que lo vio.

Un caracol lloraba a moco tendido desde un hueco en una roca.

-¿Qué te pasa, caracol?

Euclides dejó de llorar, y miró hacia abajo, pero solo vio el musgo que cubría la cabeza del friiil.

-¿Quién me habla? ¿Me habré vuelto loco y oigo voces?

-¡Estoy aquí abajo, caracol!, dijo el friiil mirando hacia él y agitando los brazos.

-¡Un friiil!

-Bueno, un fril, en realidad, lo de decirlo con tantas “ies” es porque la gente siempre lo dice gritando cuando nos ven, no dice, mira, un fril, sino que gritan ¡Un friiil!, o incluso ¡Un friiiiiiiiiiiiil!. Tampoco somos tan malos, solo que no nos gusta que nos confundan con piedras vulgares y nos pisen, o nos tiren; a nadie le gusta eso.

-¡Estoy acabado, atrapado y descubierto por un friiil!

-Que no te voy a hacer nada, caracol. Dime por qué llorabas.

-Es que me metí aquí buscando una buena casa, y ahora no puedo salir.

-Cualquiera de nosotros te diría que no te metas en un refugio con una sola salida.

-Ya, pero es la primera vez que hablo con uno de los tuyos y no he podido escuchar jamás dicho consejo.

-¿Has intentado empujar?

-Sí.

-¿Y estirar?

-También.

-¿Y rodar?

-Sí, sí, sí y sí a todo lo que me puedas preguntar; lo he intentado todo, llevo días intentándolo, y me muero de hambre.

-El hambre es horrible, sí, horriblemente horrible.

-Creía que no salíais de vuestro laberinto de piedra.

-Es que me han echado hasta que aprenda a discutir. Dicen que discuto poco, y eso entre los Frils es de mala educación. Tenemos que discutir siempre por todo y con todos; y a mi, la verdad, es que me cansa mucho estar todo el tiempo discutiendo. He decidido ir a visitar a mis primos los liuunes para ver si me enseñan a discutir un poco mejor.

-¿No necesitarás un guía? Yo viví en la llanura de lo liuunes mucho tiempo.

-Pues me vendría bien. Pero no sé dónde encontrar uno.

-¿Qué te ha parecido que quería decir cuando te he dicho que yo he vivido allí mucho tiempo y que si necesitabas un guía?

-¿Que habías vivido allí, quizás?

-¡No! Que si querías que te hiciese yo de guía, fril.

-¡Ah! Haberlo dicho antes, es que mira que los caracoles sois enrevesados hablando.

-Pero por mucho que querría acompañarte no voy a poder, estoy aquí atrapado.

-Vaya, una pena, ha sido un placer caracol ¡Que tengas un buen día!

-¡Nooooo! ¡No te vayas! ¡Solo quería saber si podías hacer el favor de sacarme de aquí para que te acompañe!

-¡Ah! Mira que me cuesta entenderte.

-Y a mi hacerme entender al parecer...

-¿Quieres que te saque?

-Sí, por lo que más quieras.

-Pues tendré que romper la roca.

-Con cuidado por favor.

-Lo tendré, pero no te creas que las piedras se rompen porque se lo pidas por favor. Métete en tu caparazón y no salgas hasta que te avise.

Euclides, asustado, pero con algo de esperanza por fin tras tantos días de encierro, se metió para dentro de su caparazón y cruzó los ojos para que le diera suerte.

Mientras, el friiil se apartó de la roca que tenía atrapado al caracol y subió una pequeña cuesta, desde la que se lanzó corriendo todo lo rápido que podía con la cabeza por delante, como si de un ariete se tratase.

Las cabezas de los friiils están hechas de la más dura de las rocas, y cuando golpeó la roca del caracol, ésta se desmenuzó en trozos muy pequeños, enterrando al caracol. El golpe le había despeinado el tupé de musgo, y se lo peinó con un rápido pase de sus pequeñas manos de piedra. Luego empezó a excavar hasta que encontró a Euclides de una sola pieza.

-Ya puedes salir, caracol.

-¡Has destrozado la roca!

-No ha sido para tanto.

-Muchas gracias, amigo fril, no nos hemos presentado debidamente, me temo. Soy Euclides.

-Y yo Cotocroc, que es el ruido que hice al nacer de la Roca Alta.

-Pues Coto, si quieres, te llevo hasta la llanura, pero a lo mejor eres más rápido que yo.

-Eso sí lo he entendido. ¿Eso es que quieres subirte encima de mi cabeza para guiarme? Pero no te comas todo el musgo y me dejes calvo.

-Trato hecho, Coto, trato hecho.

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Comentar post

Maria teresa

Me ha gusta mucho. Hay más? Muchas gracias

Maria teresa

Me ha gusta mucho. Hay más? Muchas gracias

eugenia

Muy bueno!!

Loida

A nuestro hijo le ha encantado, nos gustaría conseguir más. Gracias

AnaMaria

¡Me ha encantado! ¿Hay más? Estoy segura que mis alumnos disfrutarán de este cuento tanto como lo he hecho yo.

loli

Me a gustado mucho, gracias, no dejes de escribir

Mj

El cuento esta muy bonito. Enhorabuena al escritor

Mj

El cuento esta muy bonito. Enhorabuena al escritor