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¡Hemos perdido un peluche!

La hora del cuento  · 

¡Hemos perdido un peluche!

Por Octavi Franch

Luis tenía siete años y medio y lo que más le gustaba en este mundo era jugar con su colección de peluches. De hecho, eran los hermanitos y hermanitas que nunca tendría; su madre estuvo muy enferma después de que él naciera, y tanto el padre de Luis como ella misma decidieron que no volvería a quedarse embarazada.

Así pues, tal y como íbamos diciendo, los casi cien peluches que había conseguido reunir Luis formaban su otra familia, compuesta únicamente por animales de todo tipo, desde los feroces de la selva como tigres, panteras y leones, pasando por los protagonistas del belén como ovejas, cabras y patos, e incluso de otros mucho más estrafalarios, los cuales pertenecían a los llamados MPA (Muy Probablemente Alienígenas). El único requisito que debían cumplir todos ellos es que estuvieran muy limpios, ya que Luis sufría de alergia y el polvo le hacía estar siempre un poco malito.

Pero de todos ellos, sólo uno era el favorito de Luis: Siúl.

Este bicho de mil colorines y que nadie sabe de dónde salió tenía el honor de dormir en la cama con Luis, cada noche, sin excepción; aunque estuviera enfermo, aunque se hubieran enfadado, aunque hubiera llegado un peluche nuevo a la pandilla. Tanto daba: ellos dos siempre compartían la camita y soñaban juntos con guerreros del espacio.

Siúl no era de los más viejos pero tampoco de los más nuevos. Eso sí: era un peluche muy extraño. Muchos de los amigos de Luis le decían al niño cuando veían al muñeco:

—-¿Cómo te puede gustar un peluche tan feo?

Y no es que fuera feo, es que era diferente. Iremos por partes: podía parecerte un ave de la Amazonia con pinzas de cangrejo y trompa de oso hormiguero, pero, según cómo te lo miraras, te podías creer que era una especie de pingüino enano, pintado a rayas de rotulador y con pelo de ardilla. Por lo tanto, lo único que estaba claro es que sólo le gustaba a él: lo quería como a ninguno.

Cuando Luis llegó a casa acompañado de Olga, la canguro, había corrido, como cada día, hasta la habitación de los juegos y había buscado, como siempre, a su peluche preferido: Siúl. Pero, mira por dónde, no estaba.

Comenzó a buscar en la supercaja de cartón donde lo guardaba con el resto. Los sacó uno por uno y los fue colocando encima de la alfombra. Seguía sin aparecer. Como siempre lo dejaba encima de todo, para verlo enseguida, le extrañó y mucho que no estuviera. Pero pensó que quizás la caja se había volcado y Siúl había cambiado, involuntariamente, de lugar. Una primera lágrima avisó de lo que supondría haberlo perdido de verdad.

Entonces entró Olga y le preguntó qué le pasaba.

—He perdido a Siúl…

—No hace falta que llores —intentó calmarlo la canguro—: Entre los dos lo encontraremos, ¡ya verás!

Pasaron dos horas y media y Siúl aún no daba señales de dónde se había escondido. Todos los peluches, absolutamente todos, la casi centena, estaban extendidos sobre la alfombra que cubría el parqué de la habitación de los juguetes. Uno por uno los habían ido sacando. Nada de nada. Siúl, definitivamente, no estaba; al menos donde debería estar.

El siguiente paso fue empezar a registrar el resto de la casa.

—Bueno, Luis, hay que repartirnos el piso: tú ve a tu habitación y el comedor, que yo miraré en la habitación de tus padres, en la cocina y el lavabo.

Y así lo hicieron. Pero no encontraron a Siúl ni debajo de la cama, ni en la bañera, ni dentro del microondas. Incluso miraron en el cubo de la basura, y tampoco estaba.

Desesperado como nunca lo había estado delante de aquella pérdida irreparable, Olga intentó consolarlo, en vano, con abrazos y besos en el sofá. Lo único que le pararía el llanto sería el encuentro con su peluche favorito de todos-todos, Siúl.

Cuando los padres de Luis llegaron del teatro, se asustaron mucho al comprobar que a su hijo le pasaba algo malo. Olga se apresuró a explicarles la tragedia y luego comprendieron el estado de angustia de su único hijo, pobrecito.

—No te preocupes, hijo —le dijo su madre muy preocupada: esta noche aparecerá. ¡Te lo prometo!

Lo amaban tanto, que sus padres habrían hecho cualquier cosa por devolverle aquel amigo de peluche tan especial. Lo primero que pasó por la cabeza de su padre fue que, si no aparecía, al día siguiente iría a comprar uno de igual: seguro que no le encontraría ninguna diferencia. Inmediatamente, la madre de Luis le recordó a su hijo que Siúl, aquel peluche tan extraño, lo habían encontrado por casualidad en un viaje a la India y ¡que ya podían esperar a encontrar a otro igual! A los pocos minutos, los cuatro volvieron a la busca de Siúl.

Cerca de la medianoche, lo dejaron correr.

Luis no paraba de llorar y sus padres le convencieron para que se metiera con ellos, esa noche, en la cama.

—Cuando te despiertes, seguro que te estará esperando sobre la almohada —le prometió su padre, muy preocupado por el disgusto de su hijo.

Cuando toda la casa dormía, en la habitación de los juegos y los juguetes se convocó una reunión de emergencia. El líder de los peluches, Bledo —un puercoespín con mucho carácter—, habló flojo pero lo suficientemente claro para que el resto de peluches de aquella caja le entendieran a la primera:

—Compañeros, ¡tenemos que encontrar a Siúl! ¡Luis está muy triste y eso es intolerable!

—¡Tienes razón, Bledo! Es necesario que lo encontremos enseguida —bramaron todos los animales variados pero de pelo suave y carne blanda.

—¡Estamos contigo! —gritó uno de los más atrevidos, Fux, un tricornio, es decir, un unicornio de tres cuernos.

Todos juntos se encaminaron hacia la oscuridad que llenaba la noche. En brigadas de diez, se arrastraron por el parqué de la casa de su amo sin hacer ningún ruido.

Cuando ya había pasado una hora larga, el grupo que lideraba Bledo escuchó un lamento en la galería.

—¡Por aquí, colegas! —les alertó el jefe de la banda de peluches.

Todo estaba muy oscuro, así que Volti, el peluche con forma de duende con farol, iluminó el camino hasta que Bledo descubrió el motivo de aquel misterioso sentimiento. Provenía de la lavadora. La puerta ya estaba medio abierta, así que entre todos terminaron de abrirla del todo. Dentro estaba Siúl, empapado y muy limpio. Olía a flores del bosque, a fresa y a helado de albaricoque.

—Siúl, chico, ¿qué haces aquí dentro? —le preguntó Bledo, todo intrigado.

—Nada... Que ayer nuestro dueño estornudó cuando me dio el beso de buenas noches, y como ya sabéis todos, sufre alergia al polvo. Por lo tanto, he entendido que era por mi culpa, porque estaba sucio, y he decidido meterme en la lavadora con el resto de la ropa de Luis y de sus padres.

—¿Y?

—No lo sé exactamente... Pero esta mañana a primera hora, cuando la madre de Luis ha tendido la ropa limpia y húmeda, a mí, no sé aún por qué, no me ha sacado de la lavadora y aquí me he quedado, esperando a que alguien me viniera a socorrer.

—Pues la has hecho buena... —le riñó Bledo.

—¿Por Qué? —preguntó Siúl, que no entendía nada.

—Luis lleva toda la tarde llorando porque se piensa que te has perdido, ¡tú dirás!

—Cuánto lo siento... ¡Ahora mismo voy a su habitación y me meto en su cama!

—Espera, no vayas tan deprisa —le detuvo Bledo—. Está durmiendo con sus padres, en la otra habitación.

—Pues entonces me pondré encima de la almohada de su cama, y ​​mañana por la mañana cuando vaya a vestirse le daré una buena sorpresa. ¿Qué os parece?

—Una idea brillante, Siúl —reconocieron todos los demás peluches.

Al día siguiente la normalidad volvió a la caja de los peluches, y Siúl decidió que no se volvería a lavar hasta que no fuera del todo necesario.

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Octavi Franch  ·  Octavi Franch

Escritor y periodista. Ha publicado 50 libros y ganado 100 premios literarios. Es licenciado en filología, literatura, periodismo, magisterio y comunicación audiovisual. Actualmente, colabora con una docena de medios de comunicación a nivel estatal, predominando los artículos de opinión sobre literatura. Desde 2009 vive en un pueblecito de la costa de Tarragona.

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