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La hora del cuento: María Pataleta

La hora del cuento  · 

La hora del cuento: María Pataleta

Hoy os traemos un cuento divertidísimo y con un trasfondo muy práctico de Susana Sánchez-González, experta en animación a la lectura en inglés y castellano y autora de la web The Travelling Librarian.

María Pataleta, por Susana Sánchez González.

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María Pataleta era una enana chinchosa, caprichosa y rebelde a la que no le gustaban nada las judías con tomate.

Tampoco le hacía gracia peinarse las coletas; se negaba en rotundo a bañarse los martes por la noche y nunca se sonaba la nariz con pañuelo.

En realidad, se llamaba María Cristinita de los Remedios Chimpón y era de familia elegante pero tras tres largos años (para sus padres) de gritos, lloros a moco tendido, tiradas al suelo en caída libre y cientos de pues-ahora-no-respiros todo el mundo la conocía por María Pataleta y ya nadie la invitaba a fiestas (a sus padres, tampoco).

La Señora de Chimpón, la mama de María, había contratado a las mejores niñeras del mundo para acabar de una vez con semejante comportamiento pero ninguna lo había conseguido:

Ni la estricta, moñuda y pati-larga niñera traída en exclusiva de la orilla derecha del Rin, Frau  Borenheimer.

Ni la regordeta y afable, siempre pegada a una taza de té, Mrs Twinglepots, quien venía recomendada por la mismísima reina de Inglaterra, ¡ni más ni menos!

Tampoco pudo con ella  el gurú  flacucho, engafado y con pañal taparrabos, tranquilote y transcendental, traído desde la India.

Ni siquiera la domadora de leones de un circo americano que pasaba por allí, con sus medias de licra roja, su capa azul de estrellas y su látigo de piel de cocodrilo, consiguió convencer a María Cristinita de que una pataleta no era la mejor forma de comportarse.

Un día la Señora de Chimpón tuvo una idea. Decidió pasarse por la biblioteca porque alguien le dijo que este era el mejor lugar para ir  en busca de respuestas. Se acercó al mostrador y con una sonrisa de oreja a oreja pidió a la bibliotecaria un manual para niñas chinchosas, caprichosas y rebeldes, con cierta tendencia a la pataleta constante.

Y he aquí que lo había: estantería numero 4, ala 3A, al fondo a la izquierda, justo después de los libros de dinosaurios y de pastelería a la crema.

Era un libro gordísimo, con tapas de cuero marrón y una cinta roja alrededor para mantenerlo cerrado. Parecía que nadie lo había abierto en mucho tiempo…

Al abrirlo, entre una nube de polvo grandísima, la señora de Chimpón descubrió que en el libro no había más que páginas en blanco. Confundida, cogió el libro del derecho.

Cogió el libro del revés.

Lo abrió por el medio, por el final y de medio lado. Luego intentó abrirlo por la página 14, por la página 67 y por  la página 586.  Después probó la 139, la 678 y  la 14. ¡Nada!. Allí no había escrito nada de nada…Y de repente, comprendió.

Al día siguiente, María Cristinita de los Remedios Chimpón se levantó dispuesta a batir su record. Para empezar era martes y tocaba baño. Para seguir, era el día en que la tía Emilina les regalaba con su visita mensual – la tía Emilina era gorda y bigotuda, con unos pelos rizados enormes y  la costumbre de dar unos abrazos apretujadísimos que le dejaban a uno hecho una Zeta.

Desde que su marido se marchara al Congo convencido de que aún había nuevas especies de  caracol gigante por descubrir, la tía Emilina les visitaba una vez al mes para contarles durante horas lo mucho que avanzaba su investigación en la selva (tanto, que ni las postales que seguro le enviaba, llegaban a casa), lo buenísimo que era su marido como explorador y lo mucho que ella estaba dispuesta a sacrificarse por la ciencia y bla, bla, bla, bla bla bla bla bla… Aquello no habría sido un problema muy gordo para María (que se sentaba en el patio a dibujar palotes y no escuchaba nada) si no hubiese sido porque la comida favorita de la tía Emilina eran judías con tomate con acompañamiento de tostadas.

Dispuesta estaba ya a dejar de respirar después de haber llorado a moco tendido durante cinco minutos gritando ¡Yo no quiero judías! ¡No me gustan las judías! ¡Que noooooooooooooooooo! ¡Que te las comas tú!, cuando de repente la señora de Chimpón, se levantó de la silla y apuntando a la ventana, exclamó:

- ¡Mira, María, mira!

- ¿El quéeee? – dijo María con los ojos cerrados y sin dejar de respirar.

- ¡Allí, al fondo! Acaba de pasar un perrito rarísimo con un sombrero de copa y una capa negra. ¡Parece el perrito de un mago!

-¿Dónde? – preguntó María, a quien le chiflaban la magia y más aún los perritos disfrazados, pero sin abrir nada más que un ojo y muy disimuladamente porque aquella pataleta le estaba quedando estupenda y no quería echarla a perder así como así.

- ¡OOOOOh, te lo has perdido! ¡Qué pena! Con lo gracioso que era…pero claro, como tenías los ojos tan cerrados y estabas tan enfadada…

María Pataleta entonces decidió que ante semejante injusticia lo mejor era lanzar otra pataleta aún más grande y aún más sonora, lo que extrañamente dejó a la señora Chimpón con una sonrisa en la boca y a la tía Emilina medio sorda de una oreja.

Aquella noche tocaba baño.

Sunita, la cocinera, ya había buscado a la niña por toda la casa. Tres veces.  Por lo general, Sunita era capaz de encontrar a la cochina de María en los lugares más obtusos gracias a una nariz alargadísima a la que había adiestrado para distinguir los olores de las más de mil especias indias con las que cocinaba pero aquella noche le estaba costando. Fue entonces cuando de repente oyó a la señora de Chimpón decir en voz alta:

- ¡María, María! ¡Ven, corre!

- ¡No! – contestó María desde su escondite.

- ¡Que sí, boba, ven, ven, corre!... ¡Mira…! ¡Que te lo pierdes!

-¡Que no! ¡Que me metes en la bañera!

-¡Que no, que mira!... Vale, ya te lo has perdido.

María salió entonces mirando curiosa a su alrededor. Se había metido en el cesto de la ropa sucia (para disimular olores) y aún tenía un calcetín en la cabeza que no le dejaba ver bien. Se lo quitó de un manotazo y con muy malos modales, preguntó:

-¡¿Qué me he perdido?!

- Pues he visto como pasaba un ratoncito de la cocina al salón montado en una bicicleta roja tan pequeña como un botón. Se metió por debajo de la alfombra persa y desapareció.

María miró la alfombra persa de reojo. Allí no parecía que hubiera nada pero lo cierto es que en una esquinita se veía un pequeño bultito ahuecado por el que sí que parecía que pudiera haber salido un ratoncito montado en una bicicleta roja tan pequeña como un botón.

- ¿Y dónde está ahora? –preguntó esta vez con un tono más suave. ¡Quiero verlo! – volvió a patalear enseguida.

- Te lo he dicho. Se ha ido. Estabas tan escondida y has tardado tanto en venir…

María se puso a llorar entonces como una madalena mientras su mamá aprovechaba para meterla en la bañera, sonarla los mocos con pañuelo y lavarla despacito por detrás de las orejas.

A partir de ese día, daba la casualidad que cada vez que María se pillaba una rabieta, algo extraordinario pasaba a su alrededor y ella era la única que no conseguía verlo. Tan harta estaba de que esto pasara (pues el sofoco exigía entonces una pataleta doble de lo más cansina) que poco a poco empezó a pensárselo dos veces antes de lanzarse en picado al suelo, cerrar los ojos y dejar de respirar.

Y tanto tardaba en decidir si aquel era el momento oportuno para enfadarse o no, por si acaso volvía el perro del mago o el ratón de la bicicleta o el elefante toca-trompetas o el oso con gorro de plumas, o la gallina engafada que hasta se le olvidaba el motivo de su enfado y seguía tan campante a otra cosa, mariposa.

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