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La Hora del Cuento: Arlet, la estrella real

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La Hora del Cuento: Arlet, la estrella real

Hoy en nuestra Hora del Cuento os traemos Arlet, la estrella real, de nuestra amiga Eva, autora del blog La cafetera de Sant Cugat. 

Arlet, la estrella real, por Eva de La cafetera de Sant Cugat.

Si quieres aparecer en nuestra Hora del Cuento escríbenos a info@boolino.com.

Había una vez, en el cielo oscuro y frío de invierno, una estrella pequeña y alegre, llamada Arlet. Arlet, era una estrella divertida, con una sonrisa gigante, y lo que más le gustaba era ser la mejor de las estrellas: estiraba bien las puntas, brillaba muchísimo y cada noche asustaba las pesadillas de los niños con sus rayos potentes.

En Navidad, todas las estrellas ayudaban a los Reyes Magos recogiendo todas las cartas que recibían y visitando a los niños que se habían llevado mal, para ver cuánto carbón les debían dejar.

Durante todas las fiestas, las estrellas iban recibiendo las cartas que los miles y miles de niños enviaban a los Reyes y las separaban en tres sacos. Cada vez que una carta caía a manos de una estrella, ésta hacía un ruido y así sabían a qué saco tenía que ir.

Al saco más pequeño iban las cartas que hacían una risa burlona, eran las de los niños que se habían llevado tan bien que no tendrían ni una miga de carbón, sólo juguetes. Al saco más grande iban las cartas que hacían un silbido largo y triste, las de aquellos niños que hacían travesuras, por lo que tendrían algún juguete pero también carbón. Y tenían un tercer saco donde no había cartas, sólo nombres. Eran de aquellos niños y niñas que se habían llevado tan mal que no recibirían regalos, sólo carbón.

Arlet se tomaba muy en serio ese trabajo de clasificar cartas. - Una risa saco pequeño, dos silbidos en el saco grande, una risa al saco pequeño, un nombre al saco del carbón... - iba diciendo en voz alta mientras las cartas desfilaban por sus manos. Sabía que si lo hacía bien conseguiría ser una estrella real, una de esas poquitas estrellas que acompañarían a sus majestades la noche de Reyes.

Era por todas las estrellas sabido, que los Reyes elegían las estrellas más trabajadoras y eficientes para ser sus estrellas reales, y éstas los acompañarían por todas las casas, iluminándolos toda la noche, para repartir los regalos. Ser elegida por sus majestades era el sueño de Arlet y, entre carta y carta, se imaginaba con una cola larga y brillante y una corona de estrella real.

Pero pensando en aquella corona, y en lo bonita que estaría la noche de Reyes, se despistó y una de las cartas fue al saco que no tocaba.

- ¡Una risa en el saco de los silbidos!- Gritaron asustadas las otras estrellas.

Pronto aparecieron las estrellas más viejitas para arreglarlo, pues no podía ser que un niño bueno acabara recibiendo carbón.

Buscando y buscando en el saco de los silbidos encontraron la carta de la risa burlona y la volvieron al saco que le correspondía. Todas suspiraron alibiadas, pero aquel era un descuido muy grave y la estrella más vieja de todas se dirigió a Arlet.

- Arlet, eres muy buena estrella, pero también eres muy despistada- le decía mientras Arlet escuchaba con atención- así que dejarás de ordenar cartas e irás a vigilar a los niños del saco de carbón.

- ¡Pero si cuento carbón no podré ser estrella real! - Exclamó toda preocupada.

- No seas impaciente, hay muchos años para serlo, pero este no será- le dijo la estrella vieja mientras le daba una libreta, un lápiz y la dirección de los niños a los que debía ir a vigilar.

Arlet estaba muy triste, pues era tan despistada que cada año le pasaba alguna cosa que le impedía ser estrella real. Ahora tenía una nueva misión por cumplir, una misión que le parecía de lo más aburrida, saber cuántos trozos de carbón debían dejar en aquella dirección, donde dos niños se habían portado muy mal.

Arlet con las puntas caídas, preparó una mochila, y puso rumbo hacia la dirección que había escrita en el papelito.

- Marc y Ona, calle Plana del Hospital n º 10, Sant Cugat - se dijo en voz alta, y antes de que se hiciera de día llegó y se sentó en una de las ventanas del comedor.

Las estrellas que espiaban a los niños lo hacían de día, pues durante la noche todos vemos las estrellas, pero de día son invisibles y se pueden esconder donde quieren. Se esperaban en una de las ventanas o puertas, y cuando alguna se abría se colaban para ver cómo se llevaban los niños. De día contaban fechorías, de noche se escondían en cualquier armario para que nadie las viera brillar, y así hasta que sabían cuántos trozos de carbón les habían de dejar.

Arlet entró en la casa y con la libreta en la mano fue observando aquellos dos hermanos y tomando nota de todo.

- Una palabrota, trozo pequeño. No hacer caso a los padres, pedazo mediano. Jugar con la comida, trozo pequeño. ¡Una mentira muy gorda! ¡Dos trozos grandes!- No lo podía creer, realmente estaban hechos unos buenos demonios ese par de niños.

Marc, de 5 años era un hermano mayor travieso, que se divertía haciendo rabiar a sus padres. Ona, la hermana pequeña de 3 años, parecía un angelito pero, tomando ejemplo de su hermano, se llevaba muy mal. Los padres estaban muy preocupados porque en lugar de jugar juntos y pasarlo bien, siempre debían estar regañando y poniendo castigos.

Se acercaba la noche de Reyes, una noche mágica para todos los niños, y aunque Marc y Ona se portaban mal, sus padres no querían que se la perdieran.

- Marc- le dijo la madre poniendo sobre la mesa un papel muy bonito y un lápiz - escribe una carta para ti y para Ona. No os habéis llevado nada bien, pero quién sabe si los Reyes os dejarán algo aparte de carbón.

Marc, que era un niño muy mentiroso, sonrió, se subió a la silla y se puso a escribir, dispuesto a engañar a los Reyes.

- Queridos Reyes Magos, me he portado muy bien y quiero pedir un barco pirata, un disfraz de caballero... - pero ¿Qué pasaba? El lápiz no escribía. Cambió de lápiz y volvió- Quiero un... y un...

¡Era imposible! Cambió de lápiz cuatro veces, pero cada vez que intentaba escribir el juguete que quería, los lápices dejaban de pintar. ¡Lo escribían todo menos los juguetes! Y si no podía escribirlos, ¿cómo sabrían los Reyes lo que le debían llevar?

Arlet los observaba, viendo como Marc se desesperaba mientras Ona le pedía que escribiera también sus juguetes.

- Peppa Pig , Mickey grande…- decía toda ilusionada.

- Espera Ona que no puedo escribir, los lápices no me dejan- decía mientras intentaba escribir lo mismo en otro papel, sin lograrlo.

La madre, que pasaba por allí, pensó que Marc le tomaba el pelo a su hermana. Otra mentira como las que inventaba cada día, ¿qué haría con un niño tan mentiroso?

- Marc, ¡Con la carta de Reyes no se juega! ¡Qué mentira más grande! ¿Cómo quieres que crea que no puedes escribir los juguetes? Si no escribes la carta no tendréis juguetes, ni tú, ni Ona. - Le dijo muy enfadada.

Ona empezó a llorar y Marc no se quería quedar sin juguetes, pero aquella vez no estaba mintiendo. No tardó mucho en pensar que realmente eran los Reyes quienes, de tan mal que se había portado, no le dejaban escribir la carta. Pero cuanto más se lo decía a su madre, más la hacía enfadar. Le había dicho tantas mentiras que, ahora que decía la verdad, ya no le creía.

Marc sabía lo que tenía que hacer y se lo contó a su hermana:

- No sufras Ona, últimamente nos hemos llevado muy mal, pero los hermanos mayores sabemos que hay que hacer para llevarse bien. Tú haz lo que yo haga y quizás los Reyes lo ven y nos dejan escribir la carta.

Durante los dos días siguientes Marc hizo caso de lo que le decían sus padres, y sus abuelos, hizo los deberes de la escuela, leyó, ordenar los juguetes, no dijo mentiras... y Ona hacía lo que veía hacer a su hermano. No hubo castigos, e incluso lo pasaron mejor que cuando hacían travesuras.

La madre y el padre, se miraban a Marc y la Ona boquiabiertos, sin acabar de saber qué había producido tal cambio, pero estaban muy contentos.

Fueron a la Cabalgata y, entre caramelo y caramelo, Marc pidió con todas sus fuerzas que no se quedaran sin regalos, con la promesa de portarse tan bien como supieran. Cuando fueron a casa, Marc hizo un último intento de escribir la carta, pero no funcionó, los lápices seguían sin escribir juguetes.

Arlet ya no encontraba esa misión tan aburrida. Dentro de su cabecita brillante se preguntaba:

- ¿Y qué pasaba si un niño del saco de carbón se empezaba a portar bien? ¿Se debía quedar sin regalos? ¿Y si le llevaran uno, por haberse esforzado?

Decidida a ayudar a aquellos dos hermanos volvió a estirar las puntas y sonrió. Ella no era un Rey Mago, sólo una estrella que hacía listas de carbón, pero creía que si habían conseguido contentar a sus padres bien merecían un regalo, aunque fuera uno pequeñito.

Cuando los niños ya estaban en la cama, Arlet salió de su escondite y, toda brillante se colocó sobre el cojín del Marc, delante de su nariz.

- Marc, soy Arlet, me gustaría ayudarte con la carta- le dijo intentando no asustarlo.

- ¿Te envían los Reyes?- Le preguntó Marc con una chispa de esperanza.

- En verdad había venido a apuntar todo el carbón que te habían de traer, pero estos dos días os habéis portado muy bien, y he pensado que podríamos hacer un trato- le decía Arlet mientras Marc la miraba con los ojos bien abiertos- Yo escribiré un juguete en la carta, y la llevaré a los Reyes, pero me tienes que prometer que intentaréis portaros bien, no decir más mentiras y, sobre todo, hacer como si nunca me hubieras visto.

- ¡Trato hecho! - Exclamó contento - Si sólo puedo pedir un juguete pediré...una Peppa Pig para Ona.

Arlet, se quedó sorprendida, no sólo se estaba llevando bien sino que era un buen hermano mayor, no quería que Ona se quedase sin regalo. Rápidamente se despidió, debía darse prisa si quería llegar hasta los Reyes.

Cuando llegó ante los sacos, escribió en la carta el juguete para Ona y, como recompensa por su elección, decidió añadir un barco pirata para Marc. Ya tenía el sobre con la lista de carbón y los juguetes dentro y sólo tenía que entregarla a las estrellas de los sacos. Pero cuando una de esas estrellas cogió la carta, ésta hizo un ruido diferente, no era una risa burlona, no era un silbido, era una bocina, alertando de que no era una carta normal.

- Arlet, ¿cómo es que vuelves con una carta? ¡Si los niños del saco de carbón no pueden escribirla!- Le decían las otras estrellas.- ¿Cómo puede ser que te hayas vuelto a despistar?

Pero de pronto los tres Reyes Magos, que ya estaban listos para salir a repartir regalos, aparecieron ante las estrellas.

- Arlet, como sabrás los Reyes todo lo vemos, y sabemos que esta vez no te has despistado. Hoy has ayudado unos niños, y lo que has hecho es digno de una estrella real. Por eso nos complace entregarte esta corona y esta cola para que nos puedas acompañar en una noche tan especial.

Arlet no lo podía creer. Con la cola y la corona puestas comenzó a gira sobre sí misma de la alegría y se dirigió hacia su sitio, con el resto de estrellas reales.

Aquella noche brilló como nunca, ayudó a los Reyes a repartir muchos regalos, entre ellos, los de Marc y Ona, entre algunos trozos de carbón.

A la mañana siguiente, Arlet se acercó hasta aquella ventana de Sant Cugat. Ona sonreía abriendo su regalo mientras Marc descubría un barco pirata inesperado, bajo una montaña de carbón. En medio del papel de envolver encontró dibujada una estrella y mirando hacia la ventana susurró.

- ¡Gracias Arlet! Este año cumpliré nuestro trato y, para Reyes, conseguiré escribir los juguetes de mi carta.

 

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Palabras clave de este post: hora del cuento

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