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La cueva de Sara

La hora del cuento  · 

La cueva de Sara

Por Anna Estela

Acompaña a Sara en este hermoso cuento sobre la amistad.

Para ser día de excursión en el cole, la verdad que Sara estaba disgustada. No es que no le apeteciese ir en autobús, aunque se mareaba un poco, es que su amiga Ainoa llevaba un par de días muy extraña.

Ni siquiera había querido ir sentada junto a ella en el trayecto que la profesora de ciencias había programado a las Cuevas.

El paisaje resultaba hermoso a esa hora de la mañana. Apartando la cortinilla que frenaba la luz del sol, Sara contaba los troncos de los árboles para distraerse e intentaba ensayar sin éxito una sonrisa de “no me pasa nada”.

En un revuelo del camino, el conductor frenó la marcha para bajar una pequeña pendiente.  El vehículo se zarandeó como una barca en el río provocando la risa exagerada de los alumnos.  La carretera sin asfaltar y los continuos baches hacían del autobús una atracción de feria en toda regla.  Una media hora más tarde, por fin cesó el estruendo del motor.

Recordad que hay que bajar en orden, chicos. Deja pasar a tu compañera, Sebas…  La profesora parecía intentar recobrar el color en sus mejillas.

Sara esperó su turno en la fila para bajar. Pero no pudo evitar mirar hacia atrás hasta dar con los ojos de Ainoa. Su mejor amiga bajaba la mirada. ¿Qué le pasaba? No se habían peleado… para Sara, ese rechazo no era normal.

Cinco minutos de caminata sobre las hojas húmedas y musgosas bastaron para llegar a las grutas. Ante los muchachos se alzaba una masa de piedra impresionante.  Aparentemente se trataba de un macizo calcáreo como muchos otros. Pero no era así.  Habían sido madrugadores y la naturaleza les recompensaba con ser  los primeros del día en descubrir el trabajo que la madre tierra llevaba 20.000 años elaborando bajo la roca.

Después de un arco natural inmenso del que colgaban gotitas de agua perfectamente alineadas como perlas, la voz de la guía se hizo un eco que un techo infinito rebotaba. Atravesaban la frontera entre la luz del día y lo desconocido. En el interior de la gruta, todo mutaba. La temperatura se volvía gélida y los chavales veían como su nariz se enrojecía. Todo eran bromas en torno al aliento helado que salía de sus bocas.

La poca luz que quedaba abandonada a la espalda de los visitantes  les abandonó en un suspiro y se recomendó no hacer ruido. Hasta Sebas sustituyó sus bromas facilonas por la admiración que le merecía aquel paisaje. Aquello era fascinante. Era lo más parecido a viajar a otro mundo. El juego de sombras que proyectaban los alumnos se fusionaba con aquella piedra, testigo de otro tiempo.

Si miráis hacia allí arriba veréis unos huecos de formas redondeadas. Iba explicando la guía.
Durante mucho tiempo, esa especie de celdas fueron el refugio de las mujeres perseguidas y acusadas de brujería durante la Inquisición…

 

El camino que pisaban era la huella fría y resbaladiza de lo que fuera un río. Las angostas paredes  se volvían casi un  pasillo y serpenteaban caprichosamente hacia la oscuridad.  Sara tocaba la roca que parecía querer venirse abajo  sobre su cabeza.  Sus dedos adivinaban la silueta de lo que fueron pequeños moluscos hace miles de años. Era fácil dejar volar la imaginación en ese lugar y dejarse llevar a través del tiempo.

De repente,  un grito puso en alerta al grupo. La guía enfocó con su linterna y recibió un “lo siento, me he resbalado” como respuesta. Era Ainoa.  En su intento de acercarse a importunar a un murciélago que parecía contemplarles desde una brecha lateral, había acabado cayendo al suelo.

Sara se acercó a su amiga y sin dudar un segundo  le alargó la mano.

¿Estás bien? Cuidado que esto resbala que no veas. Sara intentaba subir a su amiga sin perder su propio equilibrio.
Ya está. ¡Arriba! Para eso estamos las amigas, respondió Sara. Envuelta su sonrisa en la magia de ese  lugar.

Ainoa pareció desprenderse de una sombra pesada y triste y abrazó a Sara. Las dos amigas quedaron un rato juntas en silencio. Avanzaron por el sendero labrado por las aguas hace milenios y se sintieron espectadoras de una parte importante del mundo.

La visita anunciaba su final conforme sus ojos iban abandonando la oscuridad  y adaptándose a la marea de troncos verdes que les esperaba a la salida.

Ainoa y Sara acordaron que se trataba de un escenario mágico capaz de descubrir los tesoros que la naturaleza oscura y antigua podía esconder. Y capaz también, de cambiar los estados de ánimo y la manera de ver las cosas.

Las chicas se sentaron juntas en el trayecto de vuelta a casa.

Esa sería desde  aquél día su cueva. La cueva de Sara.

 

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Palabras clave de este post: cuento infantil, cuento para niños, cuentos con valores

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Francisco P

Estupendo. Me ha gustado mucho sobre todo el aspecto descriptivo, la magia de la cueva que las envuelven. Me gusto mucho gracias