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La Hora del Cuento: El miedo de la funambulista

La hora del cuento  · 

La Hora del Cuento: El miedo de la funambulista

 

Os traemos un nuevo cuento de nuestras amigas de Cuento a la vista, hoy va de miedos y funambulistas.

Adela, la más joven de una familia de funambulistas tiene que seguir la tradición familiar. Pero tiene miedo de caerse y no quiere caminar por la cuerda, gracias a creer en sí misma consigue hacerlo. Todo va bien hasta que un buen día llega un simpático ventrílocuo al circo...

El miedo de la funambulista, de María Bautista, ilustrado por Raquel Blázquez.

Adela, la funambulista del Gran Circo Mundial La Ballena, era la más joven de una gran familia de funambulistas. Desde pequeña, su padre había querido enseñarla a caminar con precisión por la cuerda floja. Para ello, el padre de Adela ató una cuerda de árbol a árbol, tan cerca del suelo que era imposible hacerse daño. 

La pequeña Adela, sin embargo, tenía miedo a caerse y nunca conseguía llegar al final de la cuerda. Y por más que intentaba vencer ese miedo, no lo conseguía. Cada vez que Adela se subía a la cuerda, la sentía temblar a sus pies: no puedo hacerlo, no puedo hacerlo, no puedo hacerlo. 

Y tanto lo pensaba que al final, ¡zas! se caía. 

Un día, su padre perdió la paciencia y le dio un consejo que la cambiaría para siempre: 

- Tienes que quitarte el miedo… 

- ¡Pero es que me caigo todo el rato! Por eso me da miedo – se justificaba la pequeña. 

- No es cierto. El problema es justo el contrario: te caes porque tienes miedo. Es el miedo el que convierte la cuerda floja en peligrosa. Quítate el miedo y habrás conseguido ser funambulista. 

- Y cómo ¿haré eso? 

- Tienes que creer en ti. Creer que puedes conseguirlo. circo5

Así que Adela se subió una vez más a la cuerda, que volvió a temblar a sus pies: lo voy a conseguir, lo voy a conseguir, lo voy a conseguir. 

Y tanto lo deseó que al final, ¡zas! lo logró. 

Desde entonces, Adela no volvió a tener miedo a nada: ni al vacío que se abría ante sus pies cuando se subía a la cuerda floja, ni a los leones que gruñían en las jaulas del domador, ni siquiera al fracaso. Por eso, en el Gran Circo Mundial La Ballena la llamaban Adela Valiente. 

- Y con todos ustedes, Adela Valiente, la funambulista que no le tiene miedo a nada. 

Entonces la carpa del circo se quedaba casi a oscuras, iluminada solo por un foco de luz que mostraba la fina cuerda donde, con la precisión de un reloj suizo, Adela Valiente comenzaba a caminar. La funambulista caminaba con suavidad y decisión y nunca miraba al suelo. Esa era la clave: no pensar en que podía caerse. Si lo hiciera, si Adela Valiente mirara al suelo, vería lo lejos que estaba y sentiría miedo y si sentía miedo, sus pasos se volverían inseguros y podría caerse. Bien se lo había enseñado su padre. 

Y así fue durante mucho tiempo: Adela Valiente no le tenía miedo a nada y el resto de compañeros del circo la miraban sorprendidos y con cierta envidia. Sin embargo algo cambió cuando llegó al circo un chico con cara de despistado y una enorme maleta llena de marionetas: era el ventrílocuo. 

El ventrílocuo podía hablar sin mover los labios. Era capaz de imitar más de una docena de voces y sabía reírse de diez maneras distintas. A Adela Valiente le cayó bien desde el primer momento en que le vio hacer su espectáculo de muñecos. ¡Era tan divertido! 

Así que se hicieron amigos. Les gustaba comer helados las tardes libres del circo. Hablaban de sus cosas, se contaban secretos. Una tarde el ventrílocuo le contó que su principal miedo era quedarse sin ideas para su espectáculo.

- ¿Tú cómo consigues no tener miedo nunca? 

- Tienes que creer en ti. Eso decía siempre mi padre - y Adela le contó cómo su padre la había enseñado a caminar por la cuerda floja.

Pero un día, Adela Valiente se dio cuenta de no hacía otra cosa que pensar en aquel ventrílocuo despistado. Quería estar con él a todas horas. Escuchaba sus voces por todas partes. A veces creía oír su voz más profunda, otras su voz más aguda. Otras veces le parecía descubrir su risita nerviosa en una esquina, o su carcajada salvaje a los pies de su carromato. No había duda: Adela Valiente se había enamorado. Así que después de pensarlo mucho, decidió que era hora de decirle cuánto le quería. 

- Pero, ¿no te da miedo que él te rechace? – le preguntó asustada Felisa, la payasa. 

Adela Valiente negó con la cabeza: ella no le tenía miedo a nada. Sin embargo, cuando se acercó al carromato del ventrílocuo y escuchó sus carcajadas sintió un temblor de piernas y un escalofrío que la recorrió de arriba abajo. 

- Es cierto, ¿y si me rechaza? 

Y Adela Valiente sintió por primera vez en muchos años una sensación que tenía olvidada: el miedo. La funambulista se dio la vuelta y corrió hacia sucarromato: no puedo hacerlo, no puedo hacerlo, no puedo hacerlo. 

El miedo la paralizó por completo. No fue capaz de comer, ni de hablar y mucho menos de subirse a lo alto de la cuerda floja para realizar su espectáculo. Adela Valiente se había convertido en Adela Miedosa. 

Uno a uno, todos los miembros del circo fueron pasando por su carromato. Trataban de animarla, pero nadie lo conseguía. Finalmente, le tocó el turno al ventrílocuo. Pero la funambulista no quería que el ventrílocuo la viera en aquel estado: asustada, perdida, triste. No le dejó entrar. Así que el ventrílocuo comenzó a hablarle desde el otro lado de la puerta. 

- Tienes que quitarte el miedo – exclamó el ventrílocuo poniendo su voz más varonil. 

- ¡Pero es que me caigo todo el rato! Por eso me da miedo – imitó la voz de Adela. 

- No es cierto. El problema es justo el contrario: te caes porque tienes miedo. Es el miedo el que convierte la cuerda floja en peligrosa. Quítate el miedo y habrás conseguido ser funambulista. 

- Y cómo ¿haré eso? 

- Tienes que creer en ti. Creer que puedes conseguirlo. 

Al otro lado del carromato Adela escuchó aquella imitación del ventrílocuo con la boca abierta. Él, como su padre mucho tiempo atrás, tenía razón. El miedo se iría creyendo en sí misma. Así que Adela se sacudió todo ese miedo que la había invadido en los últimos tiempos y decidida abrió la puerta al funambulista.

De lo que allí hablaron los dos nadie en el circo supo nada. Pero al día siguiente, cuando la funambulista se subió a su cuerda volvió a ser Adela Valiente. 

Y nunca más dejó de serlo.

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