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La Hora del Cuento: El pececito de madreperla

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La Hora del Cuento: El pececito de madreperla

De nuevo os traemos un cuento de nuestra amiga Maria Mercedes MacLean, El pececito de madreperla, una bonita historia de amor y confianza.

El pececito de madreperla, por Maria Mercedes MacLean

Encontró el pececito en la arena, cerca del mar, donde muere la ola, entre caracoles y conchillas.

No era uno de ellos. Era un pececito de madreperla, pero correspondía a un dije, uno de esos colgantes de viejos contadores o ábacos para niños. Tenía un orificio y por él pasaba una pequeña arandela que, por su estado limpio y brillante, sin duda era de oro.

Lo recogió y admiró su transparencia, su tallado, la perfección del nacarado, el detalle de las aletas.

¿Qué hacía ese dije en la resaca de la orilla?... Buscó la explicación más fácil: alguien que nadaba lo perdió y el agua que lleva y trae, lo devolvió a la playa.... Se pierden tantas cosas jugando con el mar.

Lo que le llamó la atención en realidad fue la extraña sensación que sintió al sostenerlo en la palma de la mano. Se sintió raro, especial.

Alzó la vista y miró a ver si alguien en la playa buscaba algo. Nada. Muy poca gente andaba por allí a esa hora y en esa fecha tardía del verano.

Él estaba porque no tenía que volver a Buenos Aires hasta fines de marzo. La Universidad empezaba tarde. Y amaba el mar, las olas y la tabla. Era la mejor época para practicar, para salir y disfrutarlo.

Se sentó en la playa vacía. Miró las ávidas gaviotas que buscaban de comer entre los desperdicios.

Seguía con el pececito en la mano. Ya estaba tibio, lo sentía vivo.

Con la mano tocó la cadenita que colgaba de su cuello con la medalla de su bautismo. Hacía 23 años que la llevaba. Se la quitó e hizo un nudo con ella en la arandela del pez; su cadena no tenía broche, era maciza y cerrada. La medalla quedó para atrás y el pececito fosforescente y anudado sobre su pecho. La extraña sensación persistía, más fuerte quizás. Trató sin embargo, de no darle importancia.

Recogió la tabla, el traje de goma mojado, las zapatillas, y ya empezaba a irse cuando la vio saliendo del mar. Las últimas olas de la rompiente le dificultaban un tanto la salida. Le daban a la altura de las rodillas y además se ocupaba de apretar y escurrir el pelo negro, larguísimo, que sin duda le molestaba.

No supo porqué pero esperó que saliera totalmente. Era alta y fina. El traje de baño de un color un tanto metalizado, cerrado, del tipo competición. Le extrañó, pero a esa hora estaba bastante fresco.

No se dirigió a ningún montoncito de ropa, no se veía ninguno. Camino directamente hacia él.

-Hola, ¿no tenés frío? -apenas atinó a decirle.

Ella le sonrío y clavó sus ojos en el pececito que brillaba sobre el pecho de él.

-Menos mal, lo encontraste. Salí a buscarlo. No me gusta perderlo.

-¿El pececito? ¿Es tuyo?

-Sí, claro, salí a buscarlo y bueno...lo encontré

Rodrigo comenzó a sacarse la cadena, desenganchó el dije y alargó la mano para que ella lo tomara.

La mano de ella se extendió abierta sobre la palma de la de Rodrigo y sobre el pez. Una sensación cálida y extraña, a pesar de la mano fría, recorrió todo el cuerpo del muchacho. Quedaron así, con las palmas unidas apresando entre ellas al pez. La mano de ella empezó a entibiarse.

Sonrieron. Ella retiró suavemente su mano ya seca y tibia y girando sobre sus pies comenzó a volver al mar. Rodrigo se le adelantó rápidamente y la enfrentó. Ella llevaba el pececito en su cuello, balanceándose. El sol a su espalda le daba reflejos extraños pero ensombrecía sus facciones. Igual se la intuía hermosa, brillante, un tanto fosforescente...

-¿Adónde vas?. Es tarde para salir a nadar de nuevo.

-Vuelvo. Encontré mi pez. Lo había perdido mientras nadaba hace un rato cuando salí a verte en tu tabla. Me gusta salir a verte. Este año te quedaste más días, ¿no?.

Rodrigo quedó desconcertado. No entendía nada. ¿A qué se refería con eso de que este año se había quedado más tiempo?. Está bien, era cierto, pero ¿cómo lo sabía ella?.

Cuando reaccionó las olas ya le daban en las rodillas, tuvo que correrla. La alcanzó dentro del agua,  entre las olas. Sintió frío. Volvió a enfrentarla.

-No entres. Es tarde, hace frío.

-No entro, vuelvo. Mañana si salís con la tabla nos vemos.

Cuando Rodrigo salió de su asombro ella ya no estaba. El sol casi desaparecía a sus espaldas, perfilando la Isla de Lobos.

Salió del mar aunque varias veces se dio vuelta y la buscó entre las olas.

Apenas llegó al albergue llamó a la aerolínea. Imposible, eran más de las 20:00 hs y nadie admitía tener la autoridad como para cambiar una reserva sobre un pasaje fechado para el día siguiente a las 7 a.m.

Quizás mañana en el aeropuerto... Esa noche después de solo picar unos bocados y de que la cuchara del café diera la vuelta número 1000 se fue a caminar por la playa. Se quemó los ojos mirando el mar, en silencio, no hubiera sabido que nombre gritar.

A la mañana llegó agotado al aeropuerto y no hubo nada que hacer. En la confusión subió como en un sueño al avión que lo trajo a Buenos Aires antes de que pudiera despertarse por completo. Todo ese año lo pasó con la cabeza en otro lado. En cuanto diciembre tocó a la puerta se vio embarcando en un avión que apuntaba para el otro lado. Esta vez el viaje fue eterno.

Ni bien llegó tiró todas las cosas en el albergue, tomó la tabla y salió para la playa.

Fue un día interminable... Las 18:00 lo encontraron sentado cerca de la orilla, la espalda hacia el mar tratando de hundir con la mirada al sol en el horizonte. Las 18:30 lo vieron empujando con la vista a los últimos rezagados a sus casas. Las 19:00 lo hallaron con los ojos a punto de quebrarse y clavados en un mar de cobre. Bajó la vista para estrujar un puñado de arena y cuando levantó la cabeza la vio, ya casi en la orilla, chorreando agua todavía, sonriente, el pececito brillaba furioso en su cuello. La alcanzó al borde del agua.

-¿Qué pasó?. Casi ni usaste la tabla. Te la pasaste sentado... –reprochó ella.

-Tenía miedo que no vinieras. El año pasado...-se le quebró la voz. Volvió a intentarlo. --No pude, no sabés, no pude decirte...tenía el pasaje para el día siguiente...te busqué esa noche... -se volvió a trabar-. Ella le acercó suavemente un dedo a los labios y lo hizo callar.

-No importa, me imaginé. Te esperaba este verano. Sabía que ibas a venir.

-No llegué ni a preguntarte tu nombre. Ni de dónde venís. ¿De dónde eres?.

-Ella le sonrío y se lo dijo.

La respuesta llegó a caballo de una ola que rompía, pero alcanzó a escucharla apenas.

-Ah, sí, ya conozco. Ahí cerca de Montevideo, pasando Pocitos.- Rodrigo no sonaba muy convencido. A ella se le escapaba la risa y cuando la soltó, él tampoco pudo contener la carcajada.

Cuando pudieron parar de reír ella le apoyaba una mano en el hombro. Le sonrío.

-No, no vivo en Atlántida, cerca de Montevideo, pasando Pocitos.

El sol era solo un recuerdo en un rastro rojo en el horizonte a sus espaldas.

-Es tarde. Tengo que volver. ¿Venís conmigo? - La sonrisa de ella tembló de incertidumbre en sus labios.

-Pero  ¿Adónde vamos entonces? Yo te sigo, pero no entiendo adónde.

-Mirá.....-se detuvo a pensar-. Si venís conmigo prometo explicarte todo. Cuando lleguemos.

Apoyó la otra mano en su otro hombro.

-Mi amado Rodrigo, tengo que pedirte que confíes en mí.....¿Leíste a Hans Christian Andersen?.....Porque tienes que tomar una decisión.

El le sonrío.

-Ya está tomada.

Ella le sacó cuidadosamente la cadena  por sobre su cabeza. Tomó el pez de madreperla, lo anudó y se la volvió a poner. Se miraron a los ojos y sonrieron.

Tomados de la mano caminaron hacia el mar calmo, brillante sin volver a mirar hacia atrás.

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