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El último unicornio

La hora del cuento  · 

El último unicornio

Por Maria Mercedes McLean

Hoy os traemos un nuevo cuento de María Mercedes McLean, El último unicornio. Es algo más largo que de costumbre, pero nos ha gustado tanto que hemos querido compartirlo con vosotros. ¿Qué mejor manera de pasar esta soleada mañana de sábado que contando cuentos?

El resoplido profundo se perdió entre el ruido del agua y el golpe de la cascada.

Era una hermosa yegua baya, dando a luz, sola en el lago.

Jadeaba. El sudor cubría su hermosa grupa. Después de un esfuerzo apareció la cabeza del potrillo. Pasaron largos minutos antes que apareciera el resto del cuerpo. El animalito cayó al suelo y Serena comenzó a lamerlo dejándolo limpio y brillante como madera encerada. Lo animaba con el hocico para que intentara pararse. Despatarrado trató de ponerse de pie pero se doblaban sus frágiles patas de recién nacido y se quedó echado, mirando a su madre con aire desvalido mientras ella relinchaba saludando al sol. 

Ella volvió a animarlo hasta que en la ridícula posición del que está a punto de caerse, quedó tembloroso sobre sus patas. Enseguida buscó ansiosamente la ubre para alimentarse.

Con paso suave pero seguro la yegua se acercó a la caída de agua que, húmeda y espumosa, cerraba la entrada a la cueva. Dejó que el agua fresca limpiara su grupa, barriera el polvo que enredaba y oscurecía sus crines y separara el flequillo que cubría en su frente un hermoso cuerno dorado. Era una hermosa ejemplar de unicornio, quizá la última.

Un prolongado relincho la llamó desde la cima del acantilado. Ella sacudió la cabeza y cuando la crin volvió a cubrirle el cuerno, levantó la cabeza para responder, para confirmar el nacimiento. Entonces un blanco corcel, grueso y seguro comenzó el descenso por un camino de cornisa que más bien se adivinaba en el acantilado.

Serena levantó nuevamente al potrillo que se había echado, lo revisó cuidadosamente y vio con tranquilidad que una hermosa estrella dorada se incrustaba en la frente como un hueso, ningún cuerno adornaba aún la cabeza de su hijo, pero poseía el germen.

Lo empujó suavemente cerca de la cortina de agua, y éste retrocedió asustando por el ruido ensordecedor. Pero frente a la frescura y a la sed volvió a adelantarse y más seguro siguió a su madre que salió al encuentro del compañero.

Los bellos animales se reunieron en la orilla del lago. Madre e hijo mojados aún y el semental seco y lustroso. Refregó la cabeza contra las crines de Serena y luego olfateó cuidadosamente al potrillo, hijo suyo sin ninguna duda, ya que poseía la absoluta claridad de su pelaje.

Lanzó a los aires un sonido de triunfo, corcoveó e intentó que madre e hijo lo siguieran. Serena firme en su lugar, con el potrillo entre sus patas traseras, hundido bebiendo el tibio calostro que salía de la ubre sacudió la cabeza negativamente, relinchó alto y largo y retrocedió hacia el lago.

Allí él la había encontrado y de allí no pensaba irse.

La noche llegó casi enseguida y salvo para mordisquear algunas matas de pasto fresco y tomar agua no se detuvo.

Dirigió suavemente al potrillo por el costado de la entrada, donde la cascada de agua dejaba un paso seco y entraron.

El macho, en largo galope, se alejó hacia lo alto del acantilado antes de que la noche se cerrara sobre el bosque.

Traspuesta la cortina de agua la cueva era, inesperadamente, una sala tapizada de hermosos cobertores de colores y diseños árabes. Las paredes de piedras estaban prolijamente cubiertas de gruesos tapices. Un lecho enorme envuelto en seda ocupaba el costado más alejado de la entrada y del agua. Una cítara, desde algún lugar lejano, traía una música suave. La yegua permaneció de pié con el potrillo alimentándose de ella, pero una figura, como de una ninfa, pareció desprenderse de su cuerpo animal. Una hermosa joven que se dejó caer cansada sobre el lecho.

Se entrego al reposo durante un rato y luego, salió al lago adonde se zambulló y donde nadó largamente. Un techo oscuro de copas de árboles dejaban pasar, como hilos de fuego o serpentinas de oro, las luces de los astros.

Retornó a la cueva dejándose caer nuevamente en el lecho junto a la yegua echada y al hermoso potrillo que acurrucado dormía sobre el suave colchón.

Pasaron varios meses. Serena inició a su hijo en los secretos del bosque. Las mejores hierbas para alimentarse y aquellas peligrosas que podrían acabar con su vida. Le enseño a subir y bajar del acantilado, a reconocer los sonidos lejanos, los pasos de su padre, los pasos peligrosos del hombre y el movimiento rápido y majestuoso que debía hacer con la cabeza para cubrir con su flequillo el dorado pero aun incipiente cuerno que lo identificaba como un unicornio. Caído el sol, cuando la madre y el potrillo se entregaban al descanso, la otra Serena, salía a dejarse refrescar por el agua y por la noche. A veces un corto paseo sin acercarse a los claros del bosque. Breve, los días de la yegua eran largos y ella pagaba el cansancio del animal sintiéndose casi exhausta cuando terminaba la jornada. A veces en sus caminatas adivinaba, más que veía, la figura del caballo, del padre del potrillo, como cuidando la cueva, nunca demasiado lejos, nunca demasiado cerca.

Por fin llegó el día. Nadie dejo de advertirlo. El macho, quien solía acompañar a la yegua y al hijo parte del tiempo, no quiso esta vez separarse ni un instante. Cuando llegó la noche los siguió hasta el lago, y cuándo el potrillo y su madre se encaminaron hacia la cascada, supo que no podía ir más allá. Pero se quedó mirando largamente hacia el sitio desde donde la yegua le devolvió tristemente la mirada antes de perderse tras la cortina de agua.

Allí lo encontró la ninfa cuándo salió para su última recorrida nocturna. Acarició su suave pelaje, y murmuro quien sabe qué palabras de consuelo al oído del animal, que sin embargo parecía decidido a permanecer allí.

La muchacha lo acarició de nuevo, y luego lo montó en pelo. Lo llevó despacio hasta fuera  del bosque, hasta una amplia pradera  e iniciaron una feroz carrera. El instinto los trajo de vuelta empapados ambos en sudor y ya peligrosamente próximos a la salida del sol.

Llegados al linde del bosque y tras recobrar el aliento ella se apeó y dedicó el poco tiempo que le quedaba en despedirse por última vez. Después partió corriendo sin mirar atrás rumbo a la cascada, no le sobraba ni un minuto.

Llegó. Se arrojó al lago en un solo movimiento dispuesta a dirigirse a la entrada de la cueva. Pero al sacar la cabeza del agua para respirar sintió dos ojos clavados en su espalda y supo, sin necesidad de mirarlo, que el caballo la había seguido.

No necesitó escuchar los gritos de los pájaros para saber que el día ya estaba ahí, a unos instantes de distancia.

Ni necesitó tampoco desperdiciar ni un segundo en tomar una decisión.

Volvió prestamente sobre sus pasos, apenas palmeó al caballo y le dijo: -Apresúrate, ya no queda tiempo. -Toma mi lugar.

El potro la miró con duda pero ella lo apremió: -¡Rápido, o me estaré quedando en vano! ¡Corre!-.

Ya no dudó más, en un instante el caballo se perdía tras la cortina de agua, mientras la primera luz del día se abría paso a través de los árboles y la entrada a la cueva se desdibujaba y desaparecía.

Siguió mirando largo rato sin dejar escapar ni una sola lágrima.

Después, sin volver a mirar atrás emprendió un lento camino y se adentró en el bosque.

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Me llamo Sophie, Soy hija del alcalde de estados U- T

Pues me encantaría , Que pudieran hacer uno Pero de Pandicornios (Un panda unicornio) O Hicieran Algo mas Corto, Como un resumen O Algo mas corto para leer a Mis hijos,

tu mama

si hagan uno de pandicornios :3