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La Hora del Cuento: La bruja Baba-Yaga

La hora del cuento  · 

La Hora del Cuento: La bruja Baba-Yaga

Hoy en nuestra Hora del Cuento os acercamos un famosísimo cuento popular ruso, La bruja Baba-Yaga. Una historia del folclore eslavo llena de magia.

La bruja Baba-Yaga

Vivía en otros tiempos un comerciante con su mujer. El hombre enviudó y se volvió a casar, pero de su primer matrimonio le había quedado una niña. La madrastra, envidiosa de la niña, la maltrataba y siempre estaba pensando en cómo deshacerse de ella.

Un día en que el padre tuvo que hacer un viaje, la madrastra dijo a la niña:

—Ve a casa de mi hermana y pídele hilo y aguja para hacerte una camisa.

Pero la hermana de la madrastra era la bruja Baba-Yaga pata-de-hueso, y como la niña era muy lista, fue primero a ver a otra tía suya, hermana de su padre.

—Buenos días, tía.

Muy buenos, sobrina querida. ¿Qué te trae por aquí?

—Mi mátushka me ha dicho que vaya a pedir a su hermana hilo y aguja para hacerme una camisa.

La tía le advirtió:

—Allí, un álamo blanco querrá pincharte los ojos: átale un lazo a sus ramas para adornarlo. Habrá un portón que rechinará y se cerrará con estrépito para no dejarte pasar: échale un poco de aceite en los goznes. Los perros te querrán despedazar: tírales un poco de pan. Habrá un gato que intentará arañarte los ojos: dale un pedazo de jamón.

La niña tomó un trozo de pan, aceite, jamón y una cinta, y se marchó a casa de la bruja. Finalmente llegó. Baba-Yaga pata-de-hueso estaba tejiendo.

—Buenos días, tía.

—¿A qué vienes sobrina?

Vengo de parte de mi mátushka a pedirte hilo y aguja para coserme una camisa.

—Está bien. Mientras los busco, siéntate y teje un poco.

Mientras la niña se sentaba ante el telar y se ponía a tejer, la bruja salió de la habitación, llamó a su sirvienta y le dijo:

—Calienta el baño de prisa y lava bien a mi sobrina, porque la quiero de desayuno.

La pobre niña escuchó a Baba-Yaga, y muerta de miedo, cuando la bruja se marchó, le pidió a la sirvienta:

—Por favor, no quemes mucha leña; mejor es que eches agua al fuego y lleves el agua al baño con un colador. Y le regaló un pañuelo.

Luego de un rato, Baba-Yaga, impaciente, se acercó a la ventana y preguntó:

—¿Estás tejiendo, sobrinita? ¿Estás tejiendo, querida?

—Sí, estoy tejiendo tía.

La bruja se alejó de la cabaña y la niña, aprovechando aquel momento, le dio jamón al gato y le preguntó:

—¿Hay alguna manera de escapar de aquí?

El gato le dijo:

—Sobre la mesa hay un peine y una toalla; tómalos y echa a correr lo más de prisa que puedas, porque la bruja Baba-Yaga correrá tras de ti. De vez en cuando échate al suelo y arrima a él tu oreja, y cuando notes que la bruja está cerca tira al suelo la toalla, que se transformará en un río muy ancho. Si Baba-Yaga lo pasa a nado y te va a dar alcance, arrima otra vez al suelo tu oreja, y cuando notes que está cerca, tira el peine, que se transformará en un bosque frondoso que la bruja no podrá cruzar.

La niña tomó la toalla y el peine, y echó a correr. Los perros quisieron despedazarla, pero ella les tiró un trozo de pan, y los perros la dejaron pasar; el portón quiso cerrarse, pero ella le echó aceite en los goznes, y el portón la dejó pasar; un álamo blanco quiso azotarle los ojos con las ramas, pero ella lo adornó con un lazo, y también el álamo la dejó pasar.

Mientras tanto el gato se sentó al telar y quiso tejer; pero no hacía más que enredar los hilos. La bruja, acercándose a la ventana, preguntó:

—¿Estás tejiendo, sobrinita? ¿Estás tejiendo, querida?

—Sí, tía, estoy tejiendo —respondió el gato con voz ronca.

Baba-Yaga se precipitó dentro de la cabaña, vio que la niña se había marchado y que el gato la estaba engañando, se puso a pegarle, diciéndole:

—¡Ah, viejo goloso! ¿Por qué has dejado escapar a mi sobrina? ¡Tu deber era quitarle los ojos y arañarle la cara!

—Llevo mucho tiempo sirviéndote —dijo el gato—, y nunca me has dado ni siquiera un hueso. Ella, en cambio, me dio jamón.

Baba-Yaga arremetió contra los perros, contra el portón, contra el álamo y contra la sirvienta, golpeándolos y regañándolos.

—Te hemos servido muchos años —dijeron los perros—, y nunca nos has dado ni siquiera una corteza de pan quemado. Ella, en cambio, nos dio pan fresco.

—Te he servido mucho tiempo —dijo el portón—, sin que a pesar de mis chirridos me hayas engrasado con sebo. Ella, en cambió, me echó aceite en los goznes.

—Te he servido mucho tiempo —dijo el álamo—, y no me has adornado ni con un hilo. Ella, en cambio, me ha engalanado con una cinta.

—Te he servido mucho tiempo —dijo la sirvienta—, sin que me hayas dado ni quiera un trapo. Ella, en cambio, me regaló un pañuelo.

Baba-Yaga se subió al mortero; arreándole con el mazo y barriendo con la escoba sus huellas, salió en persecución de la niña. Ésta arrimó al suelo su oreja para escuchar y oyó acercarse a la bruja. Tiró al suelo la toalla e inmediatamente se formó un río muy ancho.

Cuando Baba-Yaga llegó a la orilla, hizo rechinar los dientes de rabia, volvió a toda velocidad a su casa, agarró a sus bueyes y los condujo hasta el río. Los bueyes bebieron toda el agua y la bruja continuó la persecución de la muchacha.

La niña arrimó otra vez su oreja al suelo y oyó que Baba-Yaga estaba otra vez muy cerca; arrojó el peine y éste se transformó en un bosque espesísimo y frondoso.

La bruja se puso a roer los troncos de los árboles con sus afilados dientes; pero a pesar de todos sus esfuerzos no lo consiguió, y tuvo que volverse furiosa a su isba.

Mientras, el comerciante regresó a su casa y preguntó a su mujer:

—¿Dónde está mi hijita querida?

—Ha ido a ver a su tía —contestó la madrastra.

Al poco rato, con gran sorpresa de la madrastra, regresó la niña.

—¿Dónde has estado? —le preguntó el padre.

—¡Ay, bátiushka! —le contestó—. La mátushka me mandó a casa de su hermana a pedirle hilo y aguja para hacerme una camisa. Pero la tía es la mismísima bruja Baba-Yaga, que quiso comerme.

—¿Cómo has podido escapar de ella, hijita?

La niña le contó todo como había pasado, y cuando el padre se enteró de la maldad de su mujer, la echó de su casa.

El padre y la hija vivieron muchos años felices y contentos, sin que les faltara nada. Yo estuve allí, comí, bebí, el hidromiel me corrió por el bigote, pero no me entró nada en el gañote.

 

Ilustración de Ivan Bilbin.

 

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