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La hora del cuento: Las galletas, ¡también se disfrazan!

La hora del cuento  · 

La hora del cuento: Las galletas, ¡también se disfrazan!

Hoy os traemos una Hora del Cuento muy especial en colaboración con nuestros amigos de La Cafetera de Sant Cugat. Eva Bielsa nos ha hecho llegar este original cuento de Carnaval que hemos querido publicar el día de la llegada del Rey del Carnaval.

¿Queréis saber de qué se disfrazaron las galletas de la pastelera Montserrat? Seguid leyendo y  descubriréis la historia de Lia y Mel, las galletas de té.

Las galletas, ¡también se disfrazan! por Eva Bielsa de La Cafetera de Sant Cugat.

Había una vez, en un pueblo llamado Sant Cugat, una pastelería muy antigua conocida en todo el mundo por sus delicias. La dueña pastelera, la Montserrat, se pasaba las mañanas elaborando variadas magdalenas y, por las tardes, hacía galletas de té y pasteles redondos cubiertos de chocolate, rellenos de diferentes sabores.

Algunos días la pastelera se cerraba en su cocina durante horas y cuando salía llevaba en las manos pasteles y galletas de todas las formas y colores posibles: coches, barcos, animales, muñecos de nieve... Todo el mundo en el pueblo se preguntaba cómo podía hacer pasteles y galletas con aquellas decoraciones tan bonitas, y sospechaban que aquella cocina guardaba un secreto que le permitía hacer todo lo que ella imaginaba.

La gente de la calle, atraída por aquellas formas y colores tan golosos, se acercaban a la pastelería:

- ¡Oh! ¿Has visto qué pastel en forma de castillo? ¿Y aquellas galletas que parecen flores? – comentaban mientras se les hacía la boca agua.

Pero en aquel escaparate, había unas galletas muy tristes porque, aunque estaban muy buenas, nadie se fijaba en ellas. Eran redondas, de color marrón clarito, y a diferencia de otros pasteles o galletas, no llevaban ni dibujos, ni colores.

Cada mañana la Montserrat, viéndolas tan tristes, les decía:

- Vosotras sois galletas de té, estáis buenísimas, la gente os compra para acompañar el café y ésta es una misión muy importante para una galleta.

Entonces, las galletas de té, se animaban y sonreían a la gente de la calle esperando ser compradas para acompañar un buen café. Pero más tarde, cuando la pastelera ponía en el mostador las últimas galletas decoradas que había creado, se volvían a entristecer. ¿Quién podía competir con aquellas galletas en forma de muñeca, de bicicleta, de pelota de fútbol...

Una tarde de febrero, Lia y Mel, dos de las galletas de té vieron como unos personajes extraños se acercaban al escaparate. Por su altura podrían ser niños pero uno parecía un indio, con plumas de colores en la cabeza y rayas pintadas en la cara, y el otro parecía un caballero, con espada y armadura plateada.

- ¡Mirad! ¡Mirad! ¡En el escaparate!- gritó Mel al resto de dulces.

- ¡Un indio y un caballero!- Exclamaba Bru una magdalena de frambuesas.

- Qué decís si son niños disfrazados- dijo Tor el pastel en forma de barco.

- ¿Qué quiere decir disfrazados?- preguntaron todos sorprendidos.

- Estos días se vive una de las celebraciones más divertidas y coloreadas del año. Son las fiestas del Rey del Carnaval y grandes y pequeños se pueden disfrazar de lo que quieran, como estos niños que habéis visto. En los diferentes pueblos, se hace un pregón, que marca el inicio del festín, y éste se acaba con la quema del Carnaval que dice adiós hasta el año próximo- explicaba Tor mientras Mel y Lia, dentro de sus cabezas de galleta, no hacían más que preguntarse si ellos también se podrían disfrazar.

Cuando Montserrat cerró la tienda todos dejaron sus posiciones, como cada noche, y mientras unos jugaban y otros corrían por la pastelería, Mel, Lia y unas cuantas galletas de té, ya habían ideado un plan para ir hasta la cocina a investigar de donde podían sacar sus disfraces. Silenciosamente entraron en la cocina, a oscuras, y cuando estuvieron sobre la mesa, donde la pastelera trabajaba, escucharon una voz:

- ¿Qué hacen por aquí estas galletas?

- Venimos a descubrir el secreto de la cocina, para pedirle que nos disfrace - dijo Lia hablando en la oscuridad.

- ¿Disfraces? ¿Por qué se querrían disfrazar unas galletas?- Les dijo la voz.

- Somos galletas de té y estamos tristes porque no podemos llevar colores. ¡Es Carnaval, y nos hace tanta ilusión!- dijo Mel intentando convencer a la voz.

Al oír sus motivos vieron como se les acercaba una bola de colores, muy bonita pero igualmente triste.

- Yo os podría ayudar, soy Fondant y os puedo hacer todos los colores y disfraces que queráis. Puede ser divertido y aquí sola estoy tan aburrida... Pero si debe ser esta noche necesitaremos ayuda...

- ¡No sufras! ¡Tenemos muchos amigos!- gritó Mel mientras corría hacia la tienda.

En un momento todos los dulces hacían cola para ayudar a aquellas galletas a cumplir su ilusión. Fondant no podía evitar sentir algo de envidia al ver todos aquellos amigos, ella era un secreto y no podía tenerlos, pero se alegraba mucho de poder ayudar aquellas galletas. Al instante, las luces de la cocina se abrieron y Fondant se puso manos a la obra, contenta de ver tanta vida en la cocina. Con la ayuda de todos, ojos, narices, bocas, sombreros y bigotes, se fueron pintando sobre las galletas de té, hasta que todas estuvieron disfrazadas.

- ¡Soy un pirata!- Gritaba Mel con un pañuelo rojo y un ojo tapado.

- ¡Y yo una princesa!- se miraba al espejo Lia, con unos cabellos rubios y una corona brillante.

Cuando acabaron de recogerlo todo volvieron a sus posiciones en el escaparate, y donde había las galletas de té ahora se veían piratas, princesas, caballeros y cocineros.

Lia, saliendo la última de la cocina, vio como Fondant se escondía en un rincón y borraba la sonrisa de su rostro, realmente no debía de ser demasiado divertido ser un secreto para todo el mundo, siempre sola en la oscuridad.

- ¡Fondant!- gritó Lia- Cuando Montserrat cierre ven a jugar con nosotros, nos has ayudado y ahora eres un secreto con muchos amigos- y pudo ver como sonreía.

Al día siguiente cuando llegó la pastelera y vio el escaparate abrió los ojos como platos.

- ¿Pero cómo puede ser, si sois galletas de té?- se decía cogiendo a Mel para mirarlo de cerca.

- No se asuste, sólo nos hemos disfrazado, ¡es Carnaval!

La Montserrat se las miró y, viendo como sonreían y lo divertidas que habían quedado, les dijo:

- ¡Estáis espectaculares!- Y guiñándoles el ojo puso un cartel a el escaparate que decía “Hoy galletas disfrazadas”

Al abrir la pastelería una cola de gente se apelotonaba en la acera y entraba en la tienda para comprar las galletas de té, que al final del día habían sido todo un éxito.
A partir de entonces, cuando llega Carnaval, Montserrat y Fondant disfrazan todas las galletas de té, que se pasean por Sant Cugat de la mano de los niños que las han comprado, celebrando el Carnaval.Galetes de conte

¡Y así es como quedaron Lia y Mel tras disfrazarse!

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