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La Hora del Cuento: Vivir en la luna

La hora del cuento  · 

La Hora del Cuento: Vivir en la luna

Hace unos días os recomendábamos Cuentos diferentes para niños diferentes de María Bautista y Raquel Blázquez, encargadas de la fantástica web de cuentos y literatura infantil Cuento a la vista. Hoy en nuestra Hora del Cuento os traemos uno de sus maravillosos cuentos a dos manos -escritos por María e ilustrados por Raquel- que nos ha encantado y con el que inauguramos su rincón en esta sección. 

Vivir en la luna, por María Bautista, ilustrado por Raquel Blázquez.

Susana vivía en la luna. Eso decía Mamá cuando volvían en coche de sus clases de teatro y su hija no hacía caso a lo que le decía. Eso decía Papá cuando por las noches le contaba un cuento y Susana le interrumpía a la mitad con alguna pregunta extraña que nada tenía que ver con la historia. Eso decía la profe Marisa cuando le preguntaba por el significado de una palabra y Susana le contestaba la solución de un problema.

- Susana, niña, ¡estás en la luna! ¿Quieres bajar a la Tierra de una vez?

Y Susana, que era despistada, soñadora y alegre, de tanto escuchar aquello comenzó a pensar que quizá todos le decían que estaba en la luna porque era de allí de donde venía, y porque era allí adonde tenía que ir. 

- ¿Cómo se llaman los que viven en la luna, Mamá? ¿lunáticos?cuentos1
- No, hija, qué va. Se llaman selenitas.
 - Entonces ¿yo soy una selenita?
- ¡Qué tonterías dices, Susana! ¿Cómo vas a ser una selenita?
- Como siempre decís que parece que vivo en la luna…
- Pero eso es una expresión… ¡cómo vas a vivir en la luna! Tú vives aquí en casa, con nosotros. ¿Te parece a ti que nuestra casa sea la luna?

En eso Mamá, tenía razón: su casa no se parecía en nada a la luna. Era un primer piso con una terraza llena de plantas por donde entraba el sol desde por la mañana hasta por la tarde. Pero tan convencida estaba Susana de que tenía que vivir en la luna, que las siguientes navidades, en vez de pedir una bicicleta, como llevaba todo el año deseando, se pidió un telescopio. Total, en bicicleta jamás podría marcharse hasta la luna, y con el telescopio podría observar su futura casa.

Mirar por el telescopio era divertido. Susana no solo observaba las misteriosas manchas de la luna, también las estrellas, el polvo que se expandía entre las constelaciones, los planetas que brillaban con más intensidad incluso que las estrellas. De repente, Susana tenía ante sus ojos el universo. Y aquello sí que era maravilloso.

Decidió que de mayor sería astronauta. Tendría su casa en la luna: una preciosa casa con vistas a la Tierra, desde la que observar con su telescopio a Papá en su terraza cuidando de las plantas. Y en el garaje de su casa en la luna no tendría un coche, para qué, tendría un cohete espacial con el que viajar de una estrella a otra y recorrer el universo.

- Haré fotografías y las mandaré a la Tierra y seré la astronauta más famosa del mundo –explicaba a Mamá en el coche de vuelta a casa.
- ¿Nos mandarás una postal desde la luna? – preguntaba Mamá divertida.
- Pues claro. Y desde Marte. Y desde Saturno. Y desde mucho más allá.
- ¿Y no te sentirás un poco sola allá en la luna?
- Tal vez…pero vendré a veros siempre que pueda. Pero Susana nunca llegó a ser astronauta.

Un día, mirando el cielo desde su telescopio comprendió que aquel universo, tan misterioso e inabarcable, era fascinante precisamente por eso: porque nadie lo conocía demasiado. Susana entendió que no necesitaba viajar sola por el universo para poder disfrutarlo: le bastaba con mirarlo desde su telescopio.  

Pero aunque Susana jamás se construyó una casa en la luna con vistas a la Tierra,  nunca dejó de vivir en la luna. Nunca dejó de soñar despierta.

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