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La ladrona de calcetines

La hora del cuento  · 

La ladrona de calcetines

Por Andrea Barreira

Son mucho más que trozos de tela para abrigarnos: soportan y cubren nuestros sueños durante todo el camino para llegar a ellos. ¿No crees que son maravillosos?

Cuando el despertador sonó, Izan dormía bajo una montaña de mantas. Estiró el brazo para buscar sus calcetines de lana, pero sólo encontró uno y, con él, un chichón. Al llegar a la cocina, su padre vio su pie desnudo y le explicó, entre risas, que la lavadora se lo habría tragado de un bocado. Izan no pudo evitar mirar al electrodoméstico con ganas de desmontarlo de un pestañeo.

Estuvo enfurruñado hasta que vio a Candela. Jugaba con su trenza pelirroja que le llegaba a unos calcetines que nunca repetía y siempre estaban desemparejados. Izan no entendía cómo alguien tan caótica lo tranquilizaba, pero ella siempre deshacía sus días más sombríos. Ese recreo, al verlo tan serio lo invitó a ir a su casa, pero Izan confesó que antes tendrían que convencer a su padre.

– Fácil solución. De padre a padre se entienden mejor. – Así, tras una llamada paterna, a las seis en punto Izan cruzaba la puerta del hogar de Candela por primera vez. Sus ojos se abrieron al mismo tiempo que su boca al descubrir que todo estaba cubierto de botones de todos los colores, formas y tamaños imaginables. La habitación de Candela era distinta, una isla hecha de calcetines: las mantas, la alfombra, las cortinas, incluso la lamparita que presidía su mesilla. Se escondieron debajo de la cama, donde en lugar de pelusas había trocitos de tela. Candela, con un sonrisa traviesa, le preguntó si quería saber cómo conseguía tantos calcetines, e Izan, que deseaba descubrir su secreto, no pudo negarse.

De puntillas, intentando que los botones del suelo hicieran el menor ruido posible, llegaron a la despensa. Allí, escondida, había una trampilla. Bajaron y bajaron por una escalera medio oxidada hasta las alcantarillas. Olían a detergente y todo estaba pringoso y oscuro, pero Candela brillaba como una luciérnaga. Izan la siguió a través de un laberinto de tuberías que se amoldaban a sus cuerpos haciendo más fácil el ascenso. Hasta que descubrieron una diminuta piscina en la que todo giraba, sin enredarse, entre pompas de jabón: jerseys, camisetas y… calcetines. Al llegar, ésta se ensanchó y Candela, ágil como una grulla, consiguió un llamativo calcetín de margaritas amarillas y otro de blancos muñecos de nieve.

Nada más regresar a la habitación, Candela le dio el botín. Pero Izan parecía triste y, sin atreverse a mirarla, le preguntó si sabía algo del calcetín que le había tejido su abuela. Las mejillas de Candela se volvieron del color de las cerezas, y empezó a quitarse decenas de prendas que cubrían sus delgadas piernas. Y allí, debajo de una de rayas y sobre otra morado reconoció las puntadas irregulares de la abuela.

– ¡Para un calcetín especial que tengo!- le reprochó. Pero Candela, tras pensar el tiempo necesario para recuperar su color, le respondió:

– Eso no es verdad. Todos los calcetines son especiales pues con ellos recorres muchos caminos, muy distintos. – Sentada sobre la montaña de calcetines empezó a quitarse los del pie derecho hasta llegar a uno deportivo azul ya descolorido. – Llevabas este puesto cuando encestaste tu primer balón y lo habías olvidado. Son mucho más que trozos de tela para abrigarnos: soportan y cubren nuestros sueños durante todo el camino para llegar a ellos. ¿No crees que son maravillosos?

Izan se echó a reír y le regaló el calcetín de lana a su mejor amiga. Candela lo puso de nuevo muy solemne mientras Izan le lanzaba el resto, enroscados, entre risas.

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