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La soledad de quien contempla

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La soledad de quien contempla

Por Héctor Mellinas

Thomas Bernhard (1931-1989) se ha convertido en uno de los autores constantes en Boolino (confieso ser el culpable). Lo he citado como autoridad para hablar de la bajeza del nazismo o como parte del boom editorial centroeuropeo que vivimos desde hace un tiempo en nuestro país. Ya es hora pues de dedicarle una relación crítica a una de sus obras: Alte Meister (1985), la última novela del catalogado como maestro de la exageración por Marcel Reich-Ranicki que nos llega en formato de novela gráfica gracias al sobrio e irónico Nicolas Mahler.

Uno de los conceptos sobre los que Bernhard reflexiona de un modo evidente en Maestros Antiguos es la necesidad del hombre de la rutina, del circuito diario que le permite vivir, es decir, aquel conjunto de acciones que le dan sentido a la vida. El autor lleva al extremo la rutina diaria de su protagonista, el crítico musical de The Times Reger que pasa la mayor parte del día en la Sala Bordone del Kunsthistorisches Museum de Viena: «Otros van por la mañana a una taberna y se toman tres o cuatro vasos de cerveza, yo me siento aquí y contemplo a Tintoretto. Una locura quizá, como debe de pensar usted, pero no puedo evitarlo». Por supuesto, la rutina cultural compulsiva no deja de ser una crítica a una sociedad vienesa que, pese a la exaltación cultural, está internamente vacía. ¿Por qué, sin embargo, necesita Reger de un circuito tan estricto si otros personajes, Irrsigler el guardia de seguridad del museo, por ejemplo, se resignan (de un modo optimista) con aquello que han logrado?

alteBernhard nos recuerda que la vida rutinaria obedece a la necesidad de escapar de una vida desafortunada porque «todo hombre tiene necesidad de una costumbre así para sobrevivir»; y los Maestros Antiguos se convierten en el objeto de vida de Reger pese a la animadversión que siente por ellos, artistas incapaces de crear arte en su totalidad y solamente excelsos en la fragmentación: «Solo cuando tenemos la suerte de convertir en fragmento algo entero, algo acabado, sí, algo terminado, obtenemos un gran placer y, llegado el caso, el mayor de los placeres».

Esta concepción obedece a una determinada manera de ver la realidad, a un determinado pensamiento que visualiza la existencia como incompleta y subjetiva, absurda y sin sentido en última instancia. Hay, todavía, otro concepto que explica la consideración de Bernhard: el arte de Estado. Los Maestros Antiguos que «se congraciaron con el Estado ―y el gusto― y se vendieron a él» son víctimas recurrentes del veneno bernhardiano, que ya en Holzfällen (1984) denunció el talaje (el exterminio de raíz) de los talentos culturales, la sumisión del arte a la subvención de un Estado que provoca la desaparición del fondo de la superficialidad (Bernhard demuestra de un modo divertido en esta novela que se pueden poner a la misma altura los retretes de Viena y la música de Mozart, dice Xavier Albertí).

Bernhard nos presenta grandes personajes esenciales para la cultura occidental de un modo caricaturesco (que, como él dice, no deja de ser un método de estudio) para que solamente unos pocos inteligentes sean capaces de discernir el mensaje exagerado y burlón, e incluso enfadado (una característica común de los protagonistas bernhardiano) como cuando Reger muestra la ridiculez de la rutina sin sentido de Heidegger.

Maestros Antiguos es una crítica mordaz a la cultura canónica, de masas. Pero, ¿hay algún texto de Bernhard que no lo sea? Es reduccionista e injusto hablar de esta novela como una verborrea contra la cultura europea establecida. Tras estas críticas se esconde una reflexión más personal que justifica la necesidad humana de la cultura:

Nos confiamos toda la vida a los Grandes Ingenios y a los, así llamados, Maestros Antiguos y nos vemos luego mortalmente decepcionados por ellos, porque no cumplen su finalidad en el momento decisivo.

Dedicar la vida a la cultura está bien, sí, pero ésta no es recíproca. Solamente otro ser humano es capaz de dar justificación a nuestra existencia. Y Maestros Antiguos nos habla de lo que ocurre cuando perdemos a esa persona brillante que nos ha salvado, a nuestra alma gemela: «no nos matamos porque […] las gestiones del entierro no nos dejan tiempo alguno para matarnos». De modo que hay que seguir viviendo y así es como volvemos a la cultura esperando encontrar algo que nos llene el vacío que nos ha dejado la muerte.

Sin embargo, y forma parte de la condición humana, el amor está por encima del arte y los Maestros Antiguos no nos permiten el autoengaño, nos han abandonado y somos incapaces de apartarnos de una visión subjetiva que no hace sino buscar la realización física de la necesidad humana de compañía:

Y uno comprende que no son esos Grandes Ingenios ni esos Maestros Antiguos los que lo han mantenido vivo durante decenios, sino que se trataba solo de ese ser único, de ese mismo ser al que quiso más que a ningún otro.

meisterY, pese a no ser ya ese alguien único perdido, Reger encuentra a la persona capaz de comprenderle y compartir su rutina: Atzbacher, su único amigo. Toda la novela es el discurso circular y reiterativo que Bernhard pone en boca de Reger, que no se atreve a pedirle a su amigo que le acompañe al tan criticado Burgtheater. Y es que aquello que se encuentra en el fondo de Maestros antiguos no es otra cosa que la amistad, la resolución de la necesidad del hombre de no estar solo.

Nicolas Mahler ha comprendido el mensaje del autor contra la soledad del hombre y por eso mismo la sobriedad característica del ilustrador potencia sobremanera la conciencia individual de Reger en el mundo: las ilustraciones en fondo blanco, pintadas de amarillo evocando los márgenes de los cuadros y a tinta negra agarabatada delimitan el espacio real del museo, emulan bocetos de las obras de arte de las que se habla y, como el texto de Bernhard, son reiterativas y acumulativas. Y, para sorpresa de todos, el arte sobrio y casi esquemático de Mahler potencia de un modo extraordinario la exageración conceptual y retórica de Thomas Bernhard ofreciendo nuevos matices a la novela y potenciando la pequeñez del individuo, que solo tiene a sus compañeros como soporte ante la grandilocuencia vacía de la cultura estatal.

 

Imágenes de la novela gráfica de Mahler (publicada en español por Sins Entido) y del montaje de Xavier Albertí de Mestres Antics (prod. Teatre Romea).

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Palabras clave de este post: Thomas Bernhard, amistad, cultura, Nicolas Mahler

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