Blog by Boolino

Mucho más que cuentos infantiles

Boolino es más que una web de cuentos infantiles y novela juvenil. Encuentra en nuestro blog consejos de lectura.

Me encanta mi planeta, mamá

La hora del cuento  · 

Me encanta mi planeta, mamá

Por José María de Arquer

Una madre apilaba una última bala de paja para los animales en invierno. Estaba agotada. Cerca de ella, su hijo se entretenía limpiando el granero con una escoba. 

Entonces, observándola, se quedó quieto y le preguntó:

–¿De verdad es preciso almacenar todo eso? Quiero decir: ¿tanto?

Ella suspiró, se secó el sudor con la manga de la camisa y descansó sobre un taburete.

–¿Y tú me lo preguntas? ¿No acabas de repasar un maravilloso cuento que tienes que contar en la escuela?

–Será mañana. ¡Y me dan diez minutos!

–¡Pues cuéntamelo!

Él pequeño apoyó la escoba en la pared. Luego, alzó la mirada y observó el viejo nido de paja de una golondrina, justo sobre su cabeza. Llevaba mucho tiempo abandonado. Buscó las palabras más adecuadas para comenzar el relato cuando su madre le recordó:

–Tienes diez minutos.

La tierra donde vivimos es un privilegio.

–¡Ya va, mamá!

Nuestro planeta, digo. Y hoy os hablaré de otro tiempo, cuando los bosques eran frondosos, los campos fértiles y los ríos lo atravesaban como las venas a mis brazos. Las cosechas eran abundantes. 

Claro está que había gente que trabajaba más y otros que menos. Vamos, como tú y yo ahora, tú rompiéndote la espalda y yo moviendo una escoba…

–Esto no hace falta que lo digas –lo interrumpió su madre–. No te hagas el gracioso, sólo tienes diez minutos.

El niño se limitó a sonreír. 

La Tierra parecía hecha para que todo fuera siempre bien; nada hacía pensar en una opción peor ni tampoco nadie se planteó la posibilidad de un cambio. Todos disfrutaban de tanta buena suerte que nadie se preocupó en reforzarla.

Levantó las palmas de las manos e hizo una mueca.

Porque, digo yo, que el dedo de la mala suerte puede señalarte y…

–Eres muy teatrero –le cortó su público–. Deja que los demás deduzcan si “el dedo de la mala suerte” puede señalar sus propias narices; no lo hagas tú por ellos.

El comentario le pareció razonable y suspiró.

Vaaale. Quedamos entonces en que su vida era de lujo.

 

Hasta que llegó “el castañazo” y toda la cosecha se echó a perder. Eso pasó un invierno y sin previo aviso. Nadie supo de dónde vino aquella tormenta, el caso es que llegó y fue devastadora. Todo se congeló y nadie tenía suficiente grano, circunstancia, por otro lado, casi lógica: ¡nunca fue necesario almacenarlo! Entonces los sabios se echaron la culpa los unos a los otros; se sacudían el polvo –señaló su escoba– y bla, bla, bla. El hielo desesperó a la gente y enseguida falló cualquier recurso a su alcance. ¿Debo decir que cayó hasta Internet… o no había entonces Internet?

Sigo. Sólo las aves lograron escapar y volar rumbo a lo desconocido. ¡Pero una se quedó!, porque estaba dormida cuando las demás partieron. Resultó ser una pequeña golondrina que vivía en un pajar como este, y no tuvo más remedio que arroparse en su nido para no perder calor.

Fuera, el hielo terminó por congelar los campos. ¡Hacía un frío terrible! Y en aquel pajar donde la golondrina se refugió, un niño rebuscó algo de comida que llevarse a la boca. No sería la única vez que lo hiciera. La golondrina lo veía a menudo, pálido y cabizbajo. Como ella misma, el pequeño esperaba la llegada de un rayo de luz que rebajara el frío. Quemaba mucha leña y se cubría con mantas, pero muy pronto se quedó sin nada que quemar.

¡En este “mundo de no pasa nada” sí podía pasar algo! Porque el planeta es frágil y hay que cuidarlo, ¿verdad, mamá? ¿Quién sabe por qué ocurrió aquello?

 

La mujer afirmó con la cabeza.

–Imaginación no te falta… ¿De dónde has sacado eso del “mundo de no pasa nada”?

–¡Ha sido una ocurrencia genial! En fin, vuelvo al tema.

 

El niño no fue el único que pasó hambre; ninguno de sus vecinos se libró. Tiendas, centros comerciales, farmacias, colegios –¡uauu!–, ¡todo cerrado! Ya ni siquiera los más sabios se atrevían a hablar.

Normal, tanto bla, bla, bla es demasiado “bla”.

Un día la golondrina, que apenas sacaba la cabeza, vio caer al niño sobre el suelo de su granero. Entonces voló hacia él y se arrebujó en su abrigo. ¡Era preciso resistir! ¡Resistir! Pensó que juntos podían hacerlo.

–¡Porque las cosas siempre pueden mejorar, mamá!

La cuestión es que nadie sabe cuánto tiempo estuvieron así, abrazados. La golondrina sabía que sin el calor del niño moriría. Y quiso pensar que también el niño estaría muerto sin su compañía. ¡Porque ella le transmitía todo su calor con sus patitas! Y se sintió muy importante. Aquel niño es todo cuanto tenía en la vida y se juró cuidarlo y protegerlo.

–¿Por qué sonríes, mamá?

Ella parecía emocionada.

–No pares, hijo, lo estás haciendo muy bien. Sigue.

Pues bien, de alguna forma lo consiguió porque llegó el deshielo y los encontró juntos en aquel granero. ¡Tenían un hambre infinita! Sin embargo, ya no quedaba nada que llevarse a la boca. La golondrina supo que debía marchar, volar lejos, más allá del horizonte del mar y de la tierra. Así que, con sumo esfuerzo, alzó el vuelo y desapareció.

Voló y voló hasta perder casi el aliento y, cuando tomó tierra para descansar, la suerte quiso que encontrara un grano –¡un grano!– que podía alimentarla y aligerar su cansancio. Lo tomó con su pico y su dulzor la estremeció.

Tragárselo hubiera sido razonable.

Pero no tenía tiempo que perder. En un último esfuerzo, se elevó y tomó el camino de vuelta a casa. El peso del grano en su boca era insoportable, mientras volaba, pero no quería desprenderse de él. Se aliviaba recordando aquellos bosques verdes de otros tiempos, aquellos campos con delgadas espigas elevándose al sol, los ríos y sus peces; o imaginando todos los animales de la tierra… y la sonrisa de aquel niño al que tanto había cuidado, abrazados sobre el suelo de un pajar.

Y entonces…

–¡Mamá! He preparado una versión poética para el final. Supongo que esa golondrina se merece las estrofas que he compuesto en su memoria.

Ella asintió.

–No lo supongas. Recita la poesía, por favor.

El niño tragó saliva.

–Comenzaré la historia desde el principio. Suena así:

Cuentan que una bandada de aves sobrevolaba una tierra preciosa cubierta de pastos y rica simiente. Habitada por hombres y mujeres siempre preparados para recoger cosecha y disfrutar de su presente.

Pero un invierno tempranero diezmó traidoramente la bandada, cubrió la tierra de nieve y hielo y la hizo volar a mejor lugar.

Cuentan que una golondrina quedó atrapada en su nido en un pajar, en casa de un niño huérfano  que pronto iba a cosechar.

El niño gemía desconsolado, igual que cualquiera de sus amigos y amigas, y la golondrina, pequeña golondrina, lo miraba adormecida protegida entre las vigas.

El tiempo fue un tormento y muchos perecieron por falta de alimento. Solo en casa y descuidado, el niño enfermó; no tenía comida y nadie acudió en ningún momento.

Salvo la golondrina. Que exhausta posada sobre su pecho, y temiendo su muerte en aquel lecho, siendo huérfana como aquel, su hermano, le dio compañía y calentó su mano.

Con la primera luz de una primavera que desplazó el frío y el  hielo, voló desde su tierra asolada hacia un país distante, hasta ganar suelo y encontrar grano, aunque no bastante.

Un único grano, suficiente para salvarla, que no comió por causa de su amor. Lo tomó con su pico y comenzó a volar.

Golondrina que llegaste al final de tu camino, posaste sobre la palma de aquel niño la simiente y moriste inmediatamente. Yo te cuento que la simiente rodó al suelo y muy pronto en derredor creció la vida.

Golondrina ese prodigio fue por ti, porque sabemos, los que conocemos el cuento, que tú y el niño estáis ahora en algún lugar del cielo, velando –y no te miento– por otros niños, por otras golondrinas.

 

Fin.

 

La madre se levantó del taburete y caminó hacia el pequeño. Le brillaban los ojos.

Él aguardaba impaciente cualquier cosa que tuviera que decirle.

–¡Lo has hecho muy bien!

Lo abrazó, mientras su hijo fijó la vista en el vuelo de una golondrina perdida que revoloteaba en aquel momento bajo el techo, cerca del viejo nido. Sonrió y dijo:

–Me encanta mi planeta, mamá.

También te puede interesar:

Palabras clave de este post: cuento infantil, cuento de carnaval, la hora del cuento

José María de Arquer  ·  @JmdeArquer

Autor de la novela juvenil CUSTODIOS y de la colección de cuentos infantiles POL AVENTURER. Colabora habitualmente en la página de fomento de lectura infantil y juvenil Boolino, con la aportación de cuentos breves. Como profesión, realiza trabajos de investigación técnica en el mercado asegurador y es también colaborador de algunos proyectos sociales de desarrollo de los más jóvenes.

Comentar post

Maria

Cuento entrañable y tierno.

LAURA

Vale la pena leerlo.

Sonia

Algo muy importante que aprender a traves de un cuento.

Ángels

Precioso... gracias!

Ángeles Bodi Marrahi

Me encanta

Ferran

Genial!!!

Dulce Victoria

Precioso compañero