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Medo

La hora del cuento  · 

Medo

Por Juan Carlos Ordás Coria

Algo extraordinario le sucede a Medo, ¿crees que se puede hablar con los animales?

Hubo una vez un domador de leones, solitario y extraño, que dejó de creer en jaulas.

Habitó desde pequeño en una diminuta isla que ya nadie recuerda y en un poblado que algunos, incluso, dudan de su existencia.

Le llamaron Medo y nació de espaldas a la luz.

Su abuela le conjuró protección y su madre le arrulló con la nana con que la arrullaran a ella y a su madre y a su abuela hasta que se durmió por primera vez.

A su padre nunca lo conoció. Su madre le decía que huyó cuando él era tan solo una chispa de vida.

Creció al refugio del hogar y de la aldea. Nunca conoció la soledad pero siempre quiso estar solo.

Le fascinaba quedarse mirando el quehacer de las hormigas, la recolecta de las ardillas, la caza de los gatos.

Un día, por el camino, llegó una caravana de carromatos desvencijados y ruidosos. Instalaron sus casetas a las afueras y erigieron una carpa con un letrero de colores rojos y amarillos con grandes letras que ponía «CIRCO GRANDE».

Medo no quedó, como todos los niños de la aldea, demasiado impresionado. No le gustaban las aglomeraciones ni los ruidos fuertes.

Sin embargo, una tarde, oyó un extraño sonido que provenía de uno de los carromatos. Era el rugido de un león. Nada más ver a aquel poderoso y enigmático animal, supo que tenía que seguir a esos animales allá donde fueran.

Consiguió convencerles para unirse a ellos y partió con la caravana dejando lágrimas y amargas promesas de vuelta.

Limpiaba y cargaba cosas de allá para acá todo el día, pero en cuanto tenía la menor ocasión se acercaba al carromato donde encerraban a los leones y se quedaba mirándoles fascinado.

Aprendió a descifrar sus comportamientos; a anticiparse a los gestos de advertencia o de amenaza. Conoció sus hábitos; conoció sus músculos y sus huesos. Logró conocer todo sobre ellos; sin embargo, Medo se olvidó de sí mismo.

Una noche de lluvia acabó por morir el antiguo domador. Por supuesto, nadie discutió que fuera Medo quien le reemplazara.

Se convirtió en un hombre extraño. Se paseaba entre peligrosos leones como si fueran gatos de angora pero había desarrollado un pavoroso temor a todo lo que tuviera que ver con las atracciones y el griterío de los feriantes. Cada vez que observaba el girar de la noria a su garganta, de súbito, le subían unas fuertes nauseas. Cuando olía el algodón de azúcar, inmediatamente tenía que taparse la nariz.

Así, tras terminar cada actuación, siempre se refugiaba en su carromato. Huidizo y amargo. Su mundo solo consistía en sus leones y su carromato. Y así hubiera seguido hasta el fin de sus días, sino fuera porque sucedió algo extraordinario…

Los leones comenzaron a hablar.

Aturdido, se sentó sobre el fondo de paja, sin importarle que se encontrara a merced de los seis leones.

Uno de ellos se acercó lentamente.

«¿Por qué haces estallar el aire?» pronunció en baja voz. Y Medo no supo qué decir.

«¿Por qué no podemos recostarnos sobre la corteza de un árbol?». Y Medo tampoco supo qué contestar.

«¿Por qué no podemos ver el cielo sin barreras?». Y Medo agachó la cabeza y se quedó sin palabras.

Quedó así durante largo rato. Pensando. Se le hizo la noche recostado en el fondo de paja. Los leones dormían recostados esperando una respuesta. Al fin, cuando brotó el alba, levantó la cabeza y se dirigió a la leona.

«Hago estallar el aire porque os tenemos miedo». «No podéis recostaros sobre un árbol porque os arrancamos de ellos cruel e injustamente». «No podéis ver el cielo sin barreras porque somos seres egoístas y sin alma que cree capturar la belleza de lo salvaje colocándola tras unos barrotes».  La leona asintió y le dio las gracias.

Los leones no volvieron a hablar y no supo si acaso no fuera más que un sueño.

El resto es historia…

Liberó a los leones y marchó al horizonte. Y comprendió, al fin, que aquel miedo pavoroso le surgía porque no se encontraba en su medio natural. Ahora se encontraba en paz.

Se volvió a su aldea para terminar allí sus días, sin contar jamás aquella extraña conversación. No fuera que alguien pudiera llegar a creerle.

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Palabras clave de este post: cuentos infantiles, cuentos para niños, cuentos de animales

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