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Cuentos infantiles: ¿Quién tiene más miedo?

La hora del cuento  · 

Cuentos infantiles: ¿Quién tiene más miedo?

Por Andrea Barreira

Hoy en La Hora del Cuento compartimos: ¿Quién tiene miedo? de Andrea Barreira.

Andrea Barreira Freije, vagabunda de las letras, camina entre el periodismo y la literatura. Participa en la colección gallega de relatos Contos Estraños, y en las antologías Tebras na Alma y Contos de Verán; además colabora en "Aire. Fanzine de Arte". También la podéis encontrar en enacovadolobo.wordpress.com.

Se acercaba despacio, con andar silencioso, aparentando tranquilidad. Intentó ignorarla, pero ese olor a chocolate, zumo, tierra y sudor se aproximaba con extraña firmeza. Rara porque, entre todo eso, podía oler la desconfianza que emanaba de cada parte de ese pequeño cuerpo.

Se sentó pegada a su guardián que seguía hablando como si nada sucediera. ¿Es que no veía el peligro que corrían? Definitivamente vivían en mundos distintos. Se arrimó más a sus piernas con la esperanza de que los tonos oscuros de sus sombras se solaparan con su pelaje, y así pasar desapercibida. Pero ese diminuto ser seguía caminando hacia ella con determinación.

Si por lo menos pudiera decirle algo, aunque fuera bajito. Algo como “vete, no estés aquí, ¿no ves que no quiero jugar contigo? Además, si quisiera podría comerte.” Y podría hacerlo, pero ni ella misma creía esas palabras. Sabía que si soltaba un mínimo bufido le reñirían, por lo que quedó callada, inmóvil, intentando encogerse más y más, mientras sentía como cada parte de su cuerpo comenzaba a temblar.

¿Por qué no se iba? Si al menos ella pudiera escabullirse… Pero ahí estaba, tan presa de una correa como de las largas conversaciones de su amigo. ¡Los atraparía! Y el seguía riendo. No entendía tanta tranquilidad… Después no habría escapatoria posible. ¡Y mira que tenían un montón de formas de huir! Ni siquiera sería necesario cruzarse con ese ser.

Comenzó a vigilar las docenas de caminos por los que podrían ir, pero sabía que sin deshacerse del collar toda vía de escape sería inútil, imposible de alcanzar. No le quedaba otra opción: tendría que reducir su tamaño hasta ser invisible, por lo que se fue encogiendo poco a poco.

Pero su plan no funcionó. La niña se aproximó hasta verse reflejada en los oscuros ojos de la perra, que bajó hacia el suelo en un último intento por pasar desapercibida. Pero Noa, con insistencia y curiosidad, acercó su mano temblorosa. Cala apartó el hocico.

Noa, pacientemente, se sentó junto a ella bajo la atenta mirada de sendos guardianes.  Ni se rozaban, pero se sentían temblar. Acercó los dedos hacia ella muy despacio, pero la perra se separó con disimulo. Noa, conteniendo la respiración, no se movió más. “Quizás se volvió de piedra”, la curiosidad pudo con Cala y acercó su hocico. Ya no olía a miedo, si no a barro y a hierba: estaba tan llena de tierra como ella. “Quién sabe, quizás, si también le gusta esconder y desenterrar tesoros es un ser de confianza”.

¡Y además tenía una pelota en el bolsillo! Cala la miró con una mezcla de sorpresa y expectación. Noa la pasaba de una mano a la otra, en una danza que para ella tenía todo el ritmo del mundo. La bola volaba alto y alto mientras Noa corría detrás de ella. Cala se levantó en un acto reflejo. Sintió como su guardián, ante las palabras del otro, la soltaba. Sus patas, que en un principio caminaban con cautela, no pudieron evitar correr con Noa. Las dos rieron entre volteretas y saltos hasta que la lengua les llegó a los pies, por lo que no les quedó otra opción que bañarse en la fuente bajo la mirada resignada de sus protectores. Cuando cayeron los últimos rayos de la tarde, se tiraron en la hierba a secar, sellando su amistad.

*Ilustraciones: Jess Golden

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Palabras clave de este post: la hora del cuento, cuentos infantiles, perros

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