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Sin problemas con las burbujas

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Sin problemas con las burbujas

Por Alex Nogues

Por Alex Nogués, de Problemas con las burbujas.

El pasado fin de semana fuimos a un cumpleaños de un amigo del colegio de mi hijo. Como el tiempo acompañaba, se festejó al aire libre. Al cabo de un par de horas los bocadillos empezaron a escasear; el calor apretaba. Apareció entonces un hombre con unos botes, unos palos y una sonrisa. Un ligero equipaje. Y tan ligero. En un par de minutos centenares de burbujas aparecieron. Imantados poderosamente por aquel fenómeno, treinta o cuarenta niños se arremolinaron alrededor del hombre y lanzaron al aire sus manos. Algunas gigantescas pompas de jabón lograban escapar al ataque desaforado de los niños y se elevaban al cielo. No obstante, la mayoría de ellas desaparecían a manotazos. Pero la materia no se destruye, se transforma. Y así, al explotar, las pompas se convertían en carreras, risas y gritos. Mi hijo y otro montón de niños mantuvieron durante más de treinta minutos una intensidad difícil de superar. Por unas simples burbujas. Pasión. Felicidad. Una extraordinaria demostración de cómo vivir de dentro para afuera. Un pequeño estímulo, tal vez un guiño de fantasía, y los niños sacan todo lo que llevan dentro. Los adultos nos quedamos mirando, embelesados. Felices también, pues la alegría es contagiosa, pero contenidos. A alguno se le escapó la mirada siguiendo alguna pompa volar y volar, mientras cambiaba ligeramente de forma en su viaje. Lo cierto es que, mientras los niños corrían asilvestrados detrás de aquellas promesas de diversión y se quitaban la ropa empapada sin el menor pudor, mientras los niños vivían y nos daban todo lo que llevan dentro, los padres nos limitamos a mirar. Ni siquiera el intenso estímulo que recibíamos pareció suficientemente poderoso para llevarnos más allá de una sonrisa. Ya ves, los adultos, al revés que los niños, vivimos de fuera para adentro. Utilizamos los estímulos del exterior para enriquecernos y después, el resultado, nos los quedamos bien guardadito. Y cada vez esos estímulos han de ser más y más intensos para provocarnos, porque se nos hace la piel dura y escamosa.

Acabo de leer un maravilloso libro de Estrella Ortiz titulado “Contar con los cuentos”. Trata sobre narración oral, una actividad que cada vez disfruto más, por su humanidad -en todos los sentidos posibles- y por demostrarse como un poderoso camino al momento presente. En un pasaje trata el tema de la emotividad y hace unas reflexiones muy interesantes sobre su pérdida en los adultos. Somos tan poco espontáneos y tan auto-castrantes. Asumimos por defecto que no somos buenos en prácticamente nada que no sea estrictamente aquello que conocemos bien. Según la autora, y estoy plenamente de acuerdo, en la infancia se nos imponen demasiadas contradicciones. Si un niño está contento y alborotado se le dice “No hagas el tonto”. Si está triste o siente timidez “es que es raro”. Si se hace daño “No ha sido nada”. Se va generando así un continuo minado de sus propias percepciones y emociones. Y llega así a su etapa adulta con un collar de inseguridades y una sola certeza: mostrarse espontaneo no es buena idea, como tampoco lo es hacerlo en cualquier actividad en la que uno no sea manifiestamente diestro.

Estas reflexiones a mí, como padre, me llegan en un precioso momento. No me gustaría cerrar el círculo. Me gustaría que mis hijos vivieran siempre sin problemas con las burbujas.

Ilustración de Kit Chase.

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Palabras clave de este post: hablamos con, infancia, imaginación, ingenuidad, espontaneidad

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