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Tharo y la loba

La hora del cuento  · 

Tharo y la loba

Por Alberto Guaita Tello

Descubre las aventuras del joven Tharo del clan de la "Roca blanca". Un cuento infantil sobre lobos y aventuras.

Una cálida mañana de mediados de verano, el joven Tharo, del clan “Roca Blanca”, se levantó temprano y cogió su cesta de juncos para ir al bosque.

Quería ir a por las deliciosas fresas silvestres llamadas mayuetas.

Vivía en un buen sitio, al pie de un acantilado en la orilla de un río, que más tarde se llamaría Río Miera, repleto de salmones y truchas arco-iris.

Sus tataratataratataraabuelos habían llegado al valle desde muy lejos, muchos años después de “La tormenta de las lenguas” que separó a los descendientes del padre Noé en diferentes pueblos.

Al principio habitaron en las cuevas del acantilado, pero después fueron haciendo casas de piedra redondas con tejados de paja seca a los pies de éste, en las que se estaba mucho más caliente en invierno.

El valle era precioso. Si subías a las montañas que lo rodeaban, a lo lejos veías cómo se abría sobre “La gran agua de sal”, de donde otros grupos les traían en ocasiones pescados que intercambiaban por pieles, carne ahumada o tortas de bellota.

Cerrando el valle, en el extremo más cercano al poblado, se encontraba “El gran azul”, un enorme glaciar del que surgía el río, y que en tiempos de sus abuelos llegaba casi hasta la entrada de las cuevas, pero iba retrocediendo un poco cada año, dejando a la vista piedras afiladas como cuchillos.

Salió de la cabaña que compartía con otros chicos de su edad y se acercó a la de sus padres para recoger una torta y carne salada, mientras saludaba rápidamente a su madre y a su hermano. Su padre ya se había marchado de caza con los demás adultos del grupo, igual que haría él cuando fuera mayor.

Se dirigió a realizar su trabajo de recolección.

Era un camino que a sus nueve inviernos había recorrido cientos de veces. No solía ir solo, pero Mako, su hermano, se había torcido un pie el invierno pasado y aun le costaba bastante caminar. Así que se quedó en casa con su madre para aprender a ahumar la carne y el pescado tan necesarios en los largos inviernos.

Se encaminó en dirección a la imponente mole de hielo del glaciar, trepando con agilidad por las escarpadas rocas.

 

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Tharo era muy especial. Siempre le había gustado más escuchar que hablar.

Le encantaba sentarse junto a la hoguera con su abuelo, que se empeñaba en seguir viviendo en la cueva, para que le contase historias de los tiempos antiguos de antes del gran diluvio y de los seres que habían dibujado los abuelos de su abuelo en las paredes; algunos de los cuales hacía tanto tiempo que no los veía nadie que ni su abuelo los habían llegado a conocer.

Pero lo que más le gustaba del mundo, era observar a los animales. Sabía cómo se encontraban o qué tal se sentían solo con oírlos o por cómo se movían.  Era capaz de imitar el sonido de todos los seres del valle y de hacer que sonasen como si estuviesen cerca o lejos y fueran pocos o muchos. De hecho, alguna vez les había gastado pequeñas bromas a sus padres, haciéndoles creer que su casa estaba llena de murciélagos chillones o que se acercaba una bandada de abejas.

Mientras caminaba por el camino pedregoso y despejado que dejaba el glaciar al retirarse lentamente, se entretuvo a practicar el trino del petirrojo, que aun no le salía bien del todo.

El sol, ya alto, hacía que el hielo, casi tan azul como el cielo, crujiera como si fueran enormes ramas al partirse. No convenía acercarse demasiado, ya que en ocasiones se desprendían trozos grandes de hielo y caían con fuerza al suelo, haciéndose añicos.

En invierno el glaciar volvería a crecer, pero siempre menos que el año anterior.

Al poco de pasarlo, llegó al joven bosque. Ya no quedaban tantas mayuetas como hacía unas semanas, así que tuvo que adentrarse cada vez más en la espesura para buscarlas. Los pájaros y los caracoles se habían comido ya muchas, pero también encontró arándanos.

Solo recolectaba las frutas que le habían enseñado a recoger sus mayores, ya que algunas podían sentarte muy mal.

Y así, agachadito, iba buscando sus frutas del bosque.

 

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Una fresa, dos fresas, un arándano, otro arándano….cien fresas…la cesta ya empezaba a pesar un poquito.

Solo cogía las que no tenían agujeritos de gusano o estaban mordidas por algún animalito.

Llegó a un pequeño claro al pie de un peñasco, y vio un arbusto de arándanos que estaba lleno de frutas tan grandes como un dedo gordo del pie. Entusiasmado por el hallazgo, se agachó para recogerlas.

¡Volvería con la cesta llena!

Escuchó un ruidito, y levantó la cabeza. Unos ojitos azules como los suyos lo observaban con curiosidad.

Era un lobezno de no más de cuatro semanas.

Tharo los había observado alguna vez desde lo alto de un árbol, cuando se acercaban al agujero donde tiraban los restos de curtir el cuero y la basura, para buscar restos.

Sabía que si había un lobezno, su madre no estaría lejos.

Sintió que se le erizaban los pelos de la nuca, y se giró muy despacito. Detrás suyo, a menos de diez pasos, estaba una joven loba gris con otros tres lobeznos correteándole entre las patas. Sus ojos de un amarillo dorado se clavaron en los de Tharo, que seguía medio agachado.

Era como si la loba pudiera verle por dentro.

Estaba seguro de que si se ponía nervioso estaba acabado; mantuvo la mirada de la loba, que le enseñaba los dientes.

Pero mientras se miraban a los ojos, algo extraño ocurrió.

Todo el bosque, siempre lleno de los cantos de cientos de pájaros, del susurro de los árboles y del sonido de las ardillas saltando de rama en rama, quedó en total silencio.

Parecía que hasta las mismas nubes hubiesen dejado de moverse y que la hierba no se meciera con el viento.

La cara de la loba pasó de reflejar amenaza a mostrar miedo.

Algo no iba bien.

Entonces, escuchó cómo se partía una rama gruesa y al girarse vio varias parejas de unos ojos enormes, verdes y rasgados entre los árboles.

La loba salió corriendo hacia las rocas. Tharo, sin pensarlo, cogió de la piel de la nuca al lobezno que tenía a su lado y que parecía estar paralizado por el miedo, y salió corriendo tras ella sin ni siquiera girarse primero, a la vez que escuchaba cómo algo muy grande se lanzaba velozmente hacia ellos.

Lanzó hacia atrás sin mirar su cesta llena de frutas y le pareció que había acertado con ella a algo en la cara, ya que escuchó un rugido de enfado a su espalda.

Siguió corriendo mientras veía que la loba se metía por una pequeña oquedad entre las rocas y se lanzó de cabeza en ella, justo en el momento que sentía un fuerte golpe en un costado.

Pasó muy justo por la abertura, a pesar de ser más bien delgadito.

Al caer dentro, se puso a cuatro patas y se alejó lo más rápidamente posible de la entrada. Mientras, una gruesa pata blanca, tan larga como él mismo y terminada en unas imponentes garras, se colaba tras él.

 

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Se pegó al fondo y a la derecha de la cueva, abrazando fuertemente al lobezno.

La pata se retiró, y escuchó que algo de gran tamaño olfateaba la entrada.

Cuando lo que fuera aquello se retiró de la puerta y entró algo de luz, se miró el costado donde había recibido el golpe. Lo único que había salido herido era su zurrón, que tenía tres largos arañazos, y la torta de bellotas que se encontraba en él, que estaba hecha pedazos.

En el otro extremo de la cueva, de unos pocos pasos de largo, estaban la loba y los otros lobeznos, acurrucados como él contra la roca.

Al cabo de un rato, la loba miró hacia la entrada, se levantó y se acercó con suspicacia a Tharo, que aun tenía abrazado al lobezno.

Lo miró de arriba abajo, y le acercó el hocico a la cara para olerlo, mientras Tharo, muy flojito, empezaba a hacer los mismos ruidos que hacían los lobeznos cuando algo los asustaba.

Luego olfateó a su cachorro, y vio que estaba bien.

Otro de los cachorros se acercó y le mordisqueó una oreja hasta que lo despertó y empezaron a jugar a las peleas entre las piernas de Tharo.

La loba continuó observando a quien parecía haber salvado a uno de sus cachorros. ¿Quién sería este ser que olía en parte como uno de sus cachorros y gemía como ellos?

Su trufa estaba posaba en la mejilla del joven humano, mojándola. En la poca luz de la cueva, parecía que sus ojos dorados tuvieran la suya propia. De pronto, Tharo empezó a notar como la loba le lamía la cara como hacía con sus crías.

Era extraño que no hubiese un macho con ella, o quizás había huido al ver a los seres que había fuera o había sido su víctima.

Empezó a sospechar de qué tipo de animal se trataba, y de ser lo que creía, tenía que avisar a los del pueblo.

La loba cogió al lobezno con sus dientes de la piel de la nuca con mucho cuidado, y se lo llevó hacia el otro extremo de la cueva, mientras los otros tres la seguían manteniéndose instintivamente lo más alejados posible de la entrada

Tharo, al cabo de un rato y sabiendo que la loba no representaba un peligro para él, cogió unas pequeñas piedras y las lanzó por la puerta hacia el exterior, por si lo o los que fueran esas cosas enormes seguían allí fuera.

Esperó un poco antes de repetir la operación.

Escuchaba unos gruñidos provenientes del claro ante la cueva, así que con mucha cautela, se arrastró por la salida hasta asomar un poco la cabeza.

Allí, tumbados, jugando entre ellos como si de unos enormes gatos se tratara, estaban los seres que él sospechaba. Solo los tenía vistos de las pinturas de la cueva de su abuelo, y ni éste mismo los había conocido en persona.

Eran cuatro enormes tigres de dientes de sable, con sus pelajes blancos como la nieve; salvo al que le había estampado su cesta de frutas, que tenía media cabeza manchada de rojo y azul por las fresas y los arándanos que ésta contenía.

¿Qué hacían aquí? ¿Por qué conservaban su pelaje invernal en verano?

En el suelo, casi entre sus manos, vio entonces uno de esos enormes colmillos; el de la cara manchada lo había perdido al golpear violentamente contra la entrada de la cueva. Lo recogió, media casi dos palmos. Si salía de ésta sería un prueba de lo que había visto, sino a lo mejor no le creería nadie.

Lo de salir de esa situación de un pieza sería difícil; necesitaba pensar un plan.

Volvió arrastrándose de nuevo, de espaldas esta vez, con lo que se llevó más de un chichón en la cabeza, y se sentó de nuevo en su rincón a pensar.

No podía dejar ahí a la madre loba y sus cachorros. Los tigres no se cansarían de esperar, y dentro de la cueva no había comida, y lo más importante, tampoco agua. Al final tendrían que salir.

Para eso, la loba debería confiar del todo en él.

 

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Se fijó en la loba. Definitivamente, no había ningún macho cerca. Sus costillas estaban muy marcadas, con lo cual nadie traía la comida a casa.

Normalmente, lobos y lobas se repartían el trabajo, y a los lobos les tocaba traer comida a las lobas para que pudieran producir leche para los cachorros.

Sacó algo de carne seca de su maltrecho zurrón, y avanzando a cuatro patas, lo acercó a la loba, dejándolo en el suelo a unos palmos de ella y empujándolo después con la cara hacia ella.

Los lobeznos, que aun mamaban, se acercaron con curiosidad y con ganas de jugar, ajenos a la terrible situación en la que estaban.

Tharo sacó otro trozo, y lo mordisqueó ante ella, que olió el trozo del suelo y se lo tragó de un bocado.

Esa noche hizo bastante frío para ser verano. Siempre hace más frío en las cuevas, y Tharo amaneció cubierto de lobeznos y con la loba apoyada sobre su costado.

Ahora era uno más de la manada; era casi como en los tiempos milagrosos del gran jardín que su abuelo le contaba, en los que las fieras y los hombres, y los demás seres, vivían en paz, antes de que llegase el mal al mundo.

No quería ni pensar en lo preocupados que estarían sus padres, y temía que pudieran venir a buscarle ellos dos solos y se toparan con los tigres.

Tuvo  una idea, era muy arriesgada, pero a lo mejor funcionaba.

Antes tenía que solucionar otra cosa. Tenía mucha sed, y seguro que la loba también. Los lobeznos, nada más despertarse, se lanzaron ávidos a mamar de su madre.

Tharo desgarró del todo un trozo de su zurrón, y se dedicó a empapar con él la humedad de las paredes y del techo de la cueva, para después escurrirlo sobre un hueco del suelo y bebérselo a lametones.

Luego se echó algo de agua en el cuenco de la mano, y se lo ofreció a su amiga la loba, que la lamió con la misma avidez que demostraban sus crías.

Ya no le quedaba carne, pero la torta le supo más buena que nunca, y también pareció gustarle a la loba.

Le rascó tras la orejas cuando ésta acabó de comer.

-Si salimos de aquí, tendré que ponerte un nombre. Creo que te llamaré Niebla.

Tragó el último trozo de torta, bebió un poco más y se dirigió despacio hacia el exterior de la cueva.

 

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La luz le hacía daño en los ojos, y se los cubrió un poco con la mano.

En el centro del claro, dormidos los unos sobre los otros, los gigantescos depredadores ronroneaban sonoramente y parecían inofensivos.

El que había perdido su colmillo izquierdo seguía teniendo buena parte de la cara manchada de azul, ya que aunque al parecer se la lamió algún compañero, el color de los arándanos tardaba mucho en irse. Te dejaban la lengua azul durante días si comías demasiados.

Empezó a escalar las rocas, siempre manteniendo tres puntos de apoyo a la vez e intentando no hacer rodar ni una sola piedrecilla para no despertarlos, mientras les lanzaba rápidas miradas según ascendía para ver si giraban sus grandes orejas hacia él.

¿Éstos también dormían antiguamente en el gran jardín, junto a las ovejas?, se preguntó.

Llegó a la cima del pequeño risco, y se tumbó pegado al suelo.

Si no le salía perfecto, no tendría tiempo de volver a la cueva, y tanto él como la loba y los lobeznos estarían perdidos.

Se colocó una mano a cada lado de la boca para acentuar el efecto, y lanzó hacia una montaña lejana, con sus picos cubiertos por nieves perpetuas, una voz que imitaba a la perfección a la de una cabra montesa herida.

Su voz viajó hasta la montaña, rebotó y volvió amplificada y multiplicada, sonando como un gran coro de cabras desesperadas, hasta el llano donde dormían los enormes felinos, que enderezaron sus puntiagudas orejas al unísono.

Repitió la llamada de socorro de la cabra. Si le escuchaban a él ahí arriba en vez de al eco, todo terminaría en segundos.

Pero los gigantescos tigres tenían sus agudos sentidos centrados en la dirección de donde había venido el primer quejido de cabra; y en cuanto les volvió a llegar ese sonido, que era promesa segura de un gran festín, salieron veloces hacia la montaña de donde parecía provenir, olvidándose del pequeño humano, la delgada loba y sus cachorros.

Tharo descendió a toda velocidad mientras observaba a los tigres alejarse. Entró en la cueva, recogió su zurrón, sacó el último trozo de torta, y se lo ofreció a la loba, para después alejarlo de ella hasta que los atrajo a ella y a sus lobeznos  fuera de la cueva.

Niebla miró a su alrededor, aun asustada por si estaban los temibles tigres.

Tharo le dio el trozo de torta, pero Niebla lo ignoró y se puso de pie sobre sus cuartos traseros y lo derribó, llenándole la cara de lametones de agradecimiento.

Debían irse rápido de allí, antes de que los felinos se dieran cuenta de su treta y volvieran a por ellos.

Así fue como Tharo volvió a su casa seguido de una loba y cuatro lobeznos, siendo ahora a la vez miembro de dos familias, una humana y una lobuna.

Miró una última vez hacia atrás, a tiempo de ver como los pelajes de los tigres desaparecían en la nieve de la alta montaña al confundirse sus pelajes con ella.

Siempre conservó su cuchillo de diente de sable.

Con el tiempo, y tras correr numerosas aventuras con su manada de lobos, Tharo llegó a ser el jefe de su tribu, y de otras muchas más, a las que unió bajo el nombre de “los hijos del lobo”.

 

 

 

 

 

 

 

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Alberto Guaita Tello

Crecí rodeado de cuentos clásicos y leyendas locales en Camerún. Vivo con mi esposa en los mágicos valles de Cantabria. Pronto publicaré “Cuentos de la Zamina” y “El Corazón de la Montaña”.

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Marta

Me ha encantado. Muy, muy bonito y bien narrado. Gracias