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Una chuche morada y llena de juguito

La hora del cuento  · 

Una chuche morada y llena de juguito

Por José María de Arquer

¿A qué niño no le gustan las chuches? Hoy os dejamos un cuento infantil muy goloso.

Mi amigo trajo bolsitas de chuches para toda la clase y las repartió. Por supuesto no podíamos comerlas hasta la hora del patio.

Normal.

La espera se hizo larga pero, como todo, al fin llegó el momento.

Nos sentamos y abrimos nuestras bolsitas para zamparlas.

¿Todos? No, “todos” no. Yo escondí la mía en lo más profundo de mi bolsillo con intención de comerlas después, en casa. ¡Me había propuesto disfrutar de una doble ración!

¿Cómo lo hice? Pues me bastó con decir que la había perdido para que los demás repartieran las suyas conmigo.

Me las vi y me las deseé para que nadie notara que llevaba mis chuches escondidas en el pantalón. Para evitar el bulto, las comprimí al máximo de tal forma que, si alguien sospechó, pude decir que ahí llevaba un pañuelo lleno de mocos, que por supuesto nadie quiso ver.

¡Lo tenía todo pensado!

Y es que, en general, todos mis amigos son muy generosos. Una de aquí, otra de allá, y al final del patio había comido casi tantas como cabían en una bolsita.

¡Y la mía aún estaba llena!

No digo que esté bien, pero no me pareció una mala idea.

Reconozco que en algún momento lo pasé mal. Mi amigo Javi me miró con cara de pena cuando estaba a punto de comerse la última de su propia bolsa. ¡Una chuche de color morado y llena de juguito de caramelo! La tenía casi dentro de la boca y yo la miraba… ¡No podía quitarle los ojos de encima! Qué suerte la de Javi, que posiblemente se había reservado la más rica para el final.

–¡Toma, para ti!

¿Cómo?

¡Javi me estaba ofreciendo su mejor chuche! Mi cara de pena debió de conmoverlo porque, justo antes de morderla, alargó su mano para ofrecérmela.

Debo reconocer que, por un instante, yo no supe qué hacer. Pero… no pude negarme. Sabía que él me la ofrecía de corazón.

Y me la comí.

–Está buena, ¿eh?

Yo asentí con la cabeza y le di las gracias.

Aquella tarde llegué a casa empapado: justo antes de alcanzar la portería, cayó un aguacero de esos que te dejan calado en menos de un minuto. Y claro, mi madre se apresuró en cambiarme para evitar que pillara una pulmonía.

Y con la ropa nueva, ni siquiera me acordé de mi bolsita de chuches.

Hasta la noche.

Mi madre se me acercó con el pantalón del colegio en las manos para preguntarme qué rayos era lo que había guardado en el bolsillo, que estaba tan pegado. ¡Mis chuches! Al parecer, yo había chafado tanto la bolsa en el patio que debió romperse. Y luego, dentro de la lavadora… ¡Podéis imaginar la porquería que se montó!

Me pasé media hora despegando las gominolas derretidas dentro del bolsillo.

Fue una pesadilla.

Pero lo peor es que, mientras lo hacía, no me quitaba de la cabeza la chuche de Javi, ni el recuerdo de sus ojos amigos cuando me la ofreció.

A la mañana siguiente, salí de casa dos minutos antes de lo habitual. Llevaba conmigo todos mis ahorros. Y en una de esas tiendas que no cierran en todo el día, compré todas las chuches que pude. Por fortuna, allí estaba la que Javi me había regalado. De esas, sólo me llevé una.

A la hora del patio, abrí la bolsa y las repartí con mis amigos. ¿Os imagináis qué contentos estuvimos todos? Pero aquella chuche morada y llena de juguito de caramelo… Aquella se la di a Javi.

 

Dibujo de Marían Seguí, Una chuche morada y llena de juguito.

Texto: José María de Arquer, autor de la novela juvenil CUSTODIOS y de la colección de cuentos infantiles POL AVENTURER.

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