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¿Un libro o una peonza?

Educación  · 

¿Un libro o una peonza?

Por Andrea Pérez Latorre.

Entro a una librería y llama mi atención un libro de tamaño mediano, cubiertas recargadas y calidad corriente, con una estética juvenil y desenfadada. Pero no es todo eso lo que hace que repare en él, lo que realmente hace que fije mi atención es la peonza que acompaña al libro y que han colocado bajo el plástico protector cubriendo la portada. ¿Es la peonza la que acompaña al libro o es el libro el accesorio?

No he leído el libro, no sé si la peonza es un objeto elemental para entender la historia, si al accionarla se despliega una suerte de historia paralela esencial o un acto mágico que da sentido a la novela, pero lo dudo. Antes acude a mi cabeza la idea de que lo que se está vendiendo es la peonza y que el libro es un mero objeto de acompañamiento: una peonza que, además, viene con un libro de regalo, mira qué bien.

El libro no importa, queda oculto por el objeto de regalo que lo acompaña, no sabemos de quién es o de qué trata. Todo lo que el niño ve en un primer momento es una peonza, las palabras ya vendrán después, lo primero es remarcar, ante todo, el carácter lúdico del objeto.

Pero, ¿necesita la literatura infantil y juvenil “seducir” al niño con peonzas, cromos, calendarios, juguetes de plástico, libretas e incluso purpurina y lentejuelas? ¿Necesita, como a menudo vemos, todos estos elementos para hacerse atractiva y llamar su atención? Si realmente precisa de todos estos componentes ajenos al libro, que apelan directamente al carácter accesorio y lúdico de la literatura, es que algo no estamos haciendo bien.

Y el problema, evidentemente, no es la peonza, que no tiene nada de malo. Ni los cromos, ni el diario, ni la libreta con purpurina, ni siquiera el espejo y el set de maquillaje para niñas. El problema es constatar que un libro necesita desesperadamente de ello para poder venderse o para poder hacerse visible. ¿Subestimamos tanto la aptitud lectora de los niños y niñas y su gusto por la palabra escrita que necesitamos adornar la lectura para hacerla atractiva y amena?

¿Realmente un niño no puede maravillarse con unas simples y elementales páginas? ¿Con una bella ilustración o un prólogo sugerente? A menudo se nos olvida -y vaya olvido el nuestro- que los niños tienen gustos, inteligencia y sensibilidad.

A veces tratamos de meter la lectura con calzador porque es lo que se debe hacer, porque nos dicen que es bueno. Y en vez de dar tiempo a los niños, de permitirles que descubran el gusto por la literatura por sí mismos y a su ritmo, sentimos la necesidad imperiosa de atiborrarles con libros de todo tipo porque “lo importante es que lean” proyectando en ellos nuestras inseguridades, nuestros vicios sociales y culturales.

Pensamos que un libro recargado, lleno de purpurina, con cromos y que visualmente no puede dejar indiferente a nadie, no por su calidad sino por la violencia oculta que proyecta su estética de lo inmediato, será el mejor reclamo para que el niño lea. Y así conseguimos el efecto contrario al que buscábamos; que conciba la literatura como algo accesorio y frívolo y no como algo inherentemente relacionado con la capacidad humana de comunicarse, de conocer historias. Convertimos los libros en objetos de merchandising y le negamos al niño la oportunidad de descubrir buena literatura, anticipándonos a sus gustos, a sus inquietudes, anulando de antemano su capacidad de acudir a los libros para descubrir y descubrirse. Les acostumbramos a entender la literatura como algo que necesita añadidos para ser interesante o divertida.

Si verdaderamente es esencial para la historia que el lector evoque una peonza, su imaginación puede crearla, si en cambio le damos la peonza, la necesidad de evocarla y proyectarla mentalmente desaparece. El lector no necesita representarla mentalmente, con todos sus matices, porque la tiene entre las manos.

Y es que la literatura debería ser capaz de evocar la peonza y aún diría que esa es su verdadera función; la de sugerir, la de traer a la mente a través de las palabras. El problema no es la peonza, el problema es que nos impidan imaginarla.

 

Ilustraciones de Miguel Ángel Díez y Ana Juan.

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Palabras clave de este post: haciendo grandes lectores, literatura infantil, literatura

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