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Bubo y Roxy se pierden en las cavernas de Barra Honda

La hora del cuento  · 

Bubo y Roxy se pierden en las cavernas de Barra Honda

Por Luis Eduardo Vivero

Extrañamente, el pequeño Bubo y su hermana mayor Roxy se levantaron temprano esa mañana, ya que saldrían de paseo a un lugar increíble, las cavernas de Barra Honda, en Guanacaste, Costa Rica.

Roxy, una pequeña lectora empedernida, había estado leyéndole cuentos y mitos de la zona su hermano de tres años, Bubo. Los dos estaban muy animados y junto a mamá y papá tenían todo listo desde el día anterior. Había que salir muy temprano debido a que el horario de visita a las cavernas era de siete de la mañana a la una de la tarde solamente, por un asunto de seguridad.

Por otro lado, el lugar quedaba a casi tres horas de camino en jeep desde su casa, por lo cual partieron apenas salió el sol.

Mientras los papás conversaban animadamente adelante, Roxy entretenía a Bubo en los asientos de atrás:

- A ver Bubo, si tienes un helado y yo te doy otro, ¿cuántos vas a tener?

A lo que el pequeño respondió mostrando dos dedos.

- ¡Muy bien, estás aprendiendo a sumar! - dijo Roxy.

Iban sorprendentemente tranquilos, sin pelear por nada y observando el bello paisaje y sabiendo que tenían una gran aventura por vivir. Sin embargo, Roxy no se imaginaba ni una pizca de lo que les traería el día más tarde...

Roxy llevaba varias tiras de Mafalda en su bolso, pero prefería no leer en el viaje porque se mareaba. Por su parte, Bubo tenía un bolso pequeño en donde transportaba las galletas orgánicas de cacao que habían preparado entre todos el día anterior; era su tesoro más valorado y no les sacaba un ojo de encima.

Un par de horas después estaban adentrándose en la península de Guanacaste, una provincia de las más grandes del país, como también más secas y calurosas... Los niños comenzaron a tomar agua fría tanto como se los permitieron sus cuerpos, para luego echársela sobre la cabeza, y es que simplemente no podían más del calor. Los papás sabían que tendrían que detenerse en algún lugar para descansar, por lo cual comenzaron a fijarse si veían un negocio local a la orilla del camino.

Luego de un rato encontraron una sodita, que es como les llaman a los negocios con comida tradicional en Costa Rica. Fue algo afortunado, porque los niños ya no aguantaban más las ganas de hacer pis...

El lugar era muy lindo y sencillo; tuvieron la suerte de encontrar hamacas, aunque quienes las disfrutaron más fueron los papás, ya que tenían una para cada uno. En cambio, Bubo y Roxy estuvieron todo el rato intentando acomodarse los dos en una hamaca, pero ustedes ya saben cómo son los niños pequeños...

Cuando llegaron los jugos de mango, papaya y guayaba todos se sentaron en un dos por tres y comenzaron a sorber como si no hubieran tomado agua en todo un día. Por supuesto, tener una mañana totalmente tranquila es difícil en casos como estos... De pronto se escuchó un golpe de un vaso sobre la mesa:

-¡Hermanito, qué hiciste, diste vuelta tu jugo! - exclamó Roxy.

- ¡Buuuáaaaa! - el llanto de Bubo no se hizo esperar, ya que había perdido su preciado batido de mango que tanto le gustaba.

- Pero Bubo, porqué no tienes cuidado, te pasó lo mismo ayer en la mañana cuando estábamos en la casa, tienes que aprender – lo reprendió Roxy.

-¡Tú fuiste, Roxy, ahora me tienes que dar tu jugo! - respondió Bubo, como siempre solía suceder cuando pasaba algo de este tipo...

Los papás se miraron sorprendidos porque ellos no le habían dicho nada al pequeño y su hermana sí. De todas formas no importaba, era un jugo solamente – y no un jarro chino del siglo XV – por lo cual pidieron otro. Luego de eso, la calma volvió a la sodita y todos terminaron la bebida natural de forma satisfactoria, y estando totalmente satisfechos, retomaron el camino hacia las cavernas de Barra Honda.

Se contaban muchas historias al respecto; que consistían en una serie de cuevas que se conectaban con otras tanto en Sudamérica como en Norteamérica, y más enigmático aún, que ahí vivían unos seres provenientes del inframundo, quienes raramente se dejaban ver. Pero Roxy era una aventurera por naturaleza y tenía esperanzas en que algo maravilloso sucedería.

La mamá, quien era de lo más incrédula, le decía que no se hiciera ilusiones, que esas cosas no existen y que más bien son cuentos de las abuelas solamente. El papá – un barbudo que gusta de meditar – le comentó a Roxy que el planeta estaba lleno de vida sorprendente que todavía no ha salido a la luz, por lo cual no le extrañaría si se encontraran con seres desconocidos e impresionantes.

A los pequeños les brillaban los ojos e iban de lo más entusiasmados, sin siquiera recordar el episodio del jugo derramado.

De pronto el localizador dejó de funcionar – como suele suceder cuando vas a un paseo de este tipo – y tuvieron que internarse varios kilómetros por un camino polvoriento. Subieron las ventanas para que no se llenara todo de polvo, pero les dio un calor infernal. El papá prendió el aire acondicionado y todos comenzaron a toser luego de un par de minutos, por lo cual lo apagó, bajaron las ventanas y aceptaron llenarse de polvo...

Finalmente llegaron al Parque nacional Barra Honda, en donde fueron muy bien recibidos por los guías. Luego de haberse lavado la cara y desempolvado las orejas, todos estaban listos para sumergirse en uno de los sistema de cavernas más grandes de Centroamérica. Pasaron lista de todas las cosas importantes antes de bajar: linterna solar resistente al agua, cantimplora con agua fría para cada uno, botas bien amarradas y una mochila con ropa de cambio en caso que fuera necesario (cuando se viaja con niños puede ser muy útil).

Todos estaban formados con una sonrisa de oreja a oreja en frente del guía turístico. Éste les comentó una serie de precauciones a tomar en cuenta y les habló acerca de la historia del lugar; que las formaciones rocosas se habían desarrollado a lo largo de setenta millones de años (cosa que no importa porque quién se imagina una cantidad de años tan grande) y que no tuvieran miedo de los murciélagos que encontrarían en el interior...

En ese preciso instante los niños levantaron una ceja, ya que era algo que no habían previsto...

- ¿Vamos a ver a la familia de Batman? - preguntó Bubo.

- Este... ¿cuántos metros miden los murciélagos más grandes? - inquirió Roxy.

- No se preocupen niños, no muerden, pican ni hacen nada. Hay muchas especies en las cavernas, desde unas pequeñitas a otras como gaviotas – explicó el guía.

Roxy pasó saliva y Bubo saltó de alegría. Los papás se dispusieron a pasar un día muy entretenido en familia, ¡qué mejor que eso!

- Eso sí, lo más importante es que nos mantengamos todos juntos durante la expedición – recalcó el experto.

Antes de comenzar, Roxy cerró sus ojos y dijo lo siguiente:

- Seres de lo profundo de las cuevas, les pido permiso para que podamos entrar en paz, estar protegidos y sobre todo para que nos muestren las maravillas secretas de este lugar.

Entonces comenzaron a bajar por una escalera, de forma muy segura, pero definitivamente significaba un desafío para los niños no entrar en pánico en tal actividad. Una vez que todos llegaron abajo se quitaron el equipo de seguridad y se dispusieron a caminar.

Los papás comentaron entre ellos que estaba todo mojado, que hacía mucho calor, que el aire estaba seco, etc. Mientras los niños miraban con sorpresa todo lo que estaba a su alrededor y buscaban murciélagos.

Caminaron un montón por una ruta fácil que el guía solía usar para familias con niños. Todos estaban asombrados por las estalagmitas y formaciones rocosas con formas de papaya y palomitas de maíz.

De pronto los papás se quisieron tomar una foto para mostrarles a los amigos, cuando Bubo se dio cuenta que había perdido el bolsito con las preciadas galletas, entonces se devolvió a buscarlas. La única que lo notó fue Roxy, quien siguió a su hermano sin pensarlo dos veces. “Galleta, galleta”, decía Bubo y Roxy le indicaba que se detuviera, cosa que por supuesto no hizo...

En el momento preciso en que Roxy logró tomar de la mano a su hermano, se resbalaron debido a la humedad del piso y salieron disparados por un túnel que los llevó hacia abajo, más allá de lo que estaba planeado. Los dos gritaron mientras caían y Roxy no le soltó la mano a Bubo en ningún momento. Afortunadamente cayeron sobre un cúmulo de barro, por lo cual no les pasó nada más allá de quedar totalmente embarrados. Rieron y saltaron de la emoción que les provocó, cuando de pronto escucharon una voz en sus mentes que dijo:

- Niños, siéntanse bienvenidos a las profundidades de la Tierra. Escuchamos tu mensaje, por lo cual hicimos lo necesario para que llegaran acá.

Era un ser pequeño y delgado, con orejas muy chicas y casi nada de pelo. Se veía divertido, amable y benevolente. Estaba acompañado por su familia, la que estaba atrás de él e iban mostrándose de a poco, de forma tímida.

Roxy estaba impresionada y sin soltar a Bubo, preguntó lo siguiente:

- ¿Por qué podemos hablar telepáticamente, sin decir palabras que suenan?

A lo que el ser respondió:

- Acá no sirve mucho hablar de esa forma, porque las cuevas son tan extensas que aunque gritáramos no nos escucharíamos. Es por eso que usamos la telepatía, debido a que de esta forma podemos enviar ondas mentales que son capaces de viajar largas distancias y así nos comunicamos.

- ¿Galleta? - preguntó Bubo.

- ¡Bubo, siempre pensando en comer! - agregó Roxy.

- Ahh, tienes hambre, ¡acá tenemos unas frutas deliciosas!

Entonces toda la familia de las profundidades se encargó de ofrecerles un banquete de frutas del interior; eran jugosas y dulces, ¡quién lo imaginaría! Conversaron y compartieron historias  animadamente.

Luego de estar ahí un rato, Roxy se acordó que tenían que volver con sus papás y que seguramente los estarían buscando. Los seres de las cavernas les dijeron que los llevarían por un conducto de aire, algo así como un ascensor y que no se preocuparan, que todo estaría bien.

Los niños se despidieron y les dieron gracias por la maravillosa experiencia que les habían regalado.

Una vez que estaban en la posición exacta, el mecanismo se activó y subieron como un cohete por el tubo de aire tibio, siempre tomados de la mano. Llegaron a unos metros de donde se habían perdido y al parecer todo estaba normal, tal como el ser del interior les dijo antes de partir.

Los papás recién habían terminado de tomarse la foto y se habían dado cuenta que los niños no estaban, como si para ellos hubiera pasado un abrir y cerrar de ojos. Al parecer, Bubo y Roxy no sólo habían visitado las profundidades del sistema de cuevas, sino que también un espacio-tiempo que corría a otra velocidad. Como resultado de lo anterior, su ausencia casi no se notó.

- ¿Dónde estaban? La idea era que permaneciéramos juntos todo el tiempo – sentenció el papá.

Bubo intentó explicar lo sucedido en su lenguaje, pero se le entendió poco. Roxy agregó:

- Definitivamente tendremos una gran historia para contar de vuelta a casa...

Todos se tomaron de la mano y comenzaron a salir de la cueva, muy felices e impresionados por lo vivido. Cuando se alejaban, vieron unos destellos; era la familia de la profundidad que les hacía señas con unos espejos, en forma de despedida.

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Palabras clave de este post: cuento infantil, cuento para niños

Comentar post

Marisa Alonso

Suerte Luis!! jajaja Un abrazo

Marisa

Suerte Luis , jajaja

Ana Salas

Lindo cuento. Saludos.

Miguel

Me encantó, Amira y yo queremos más historias de Roxy y Bubo! :)

Marisa

Bonita y entretenida historia la de Bubo y Roxy. Yo estuve en Costa Rica y no tuve la suerte de conocer este mágico lugar. Felicidades Luis.