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Bzzzzzzzzzz, o Biz como la solían llamar

La hora del cuento  · 

Bzzzzzzzzzz, o Biz como la solían llamar

Por Alberto Guaita Tello

En una bonita y soleada mañana, Bzzzzzzzzzz, o Biz como la solían llamar, se disponía a salir de su colmena para ir a buscar comida para sus hermanos y hermanas.

Biz era una hembra de abejorro, del gremio de las pecoreadoras, y tenía la importantísima misión de explorar buscando campos de flores llenas de néctar y polen.

De vuelta a la colmena, mediante un baile muy especial, explicaba a las recolectoras dónde encontrar sus preciados alimentos.

El néctar que traían las recolectoras en sus depósitos especiales se usaba para fabricar miel, y el polen que portaban en sus patas se cocinaba para hacer el delicioso pan de las abejas. Luego, sus hermanas del gremio de las nodrizas mezclaban la miel y el polen para dárselo de comer a las crías.

Las pequeñas y blancas larvas, bajo la continua vigilancia de la madre de todos, la gran reina Bombus, crecían en sus redondos capullos de seda encerada de color naranja, hechos por sus hermanos constructores.  En total, eran unos doscientos hermanos y hermanas, cada uno con una importante tarea que realizar.

La colmena estaba instalada en un nido de ratón abandonado y oculta bajo una gruesa capa de musgo que los mantenía fresquitos en verano.

Había desayunado una buena ración de miel, que le proporcionaría la justa y necesaria cantidad de energía para hacer su trabajo del día.

 Biz se acercó a la salida de la colmena, donde saludó a unos zánganos hermanos suyos antes de empezar a batir y rotar sus alas, aparentemente demasiado pequeñas para hacer volar su corpachón cubierto de pelos a franjas negras, amarillas y blancas.

Los músculos que movían sus alas empezaron a zumbar por lo rápido que se movían, y zumbando salió a sobrevolar los campos en busca de alimento.

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Cruzó un arroyo a ras del agua, y después tomó altura para evitar una de esas extrañas franjas oscuras, que rompían la continuidad de los bosques y a las extrañas cosas de ojos enormes que por ellas circulaban echando un humo negro por su parte trasera. Su humo, aparte de ser pestilente, dificultaba encontrar el rastro de las flores. Si chocaban contigo, te hacían papilla de abejorro.

Tras pasar varios prados, sintió una delicada mezcla de aromas y cambió de curso hacia el norte.

Bajo sus patas se extendían una gran cantidad de flores de todos los colores.

Sus favoritas eran las azules y las amarillas, sobre todo las que te marcaban justo dónde buscar el polen con líneas o puntos enormes, como la equis en un mapa del tesoro.

En este campo de flores había unas nuevas que parecían deliciosas.

Al principio le parecieron extrañas, porque tenían como una puerta que tenía que abrir para meterse en ellas. Fijándose en cómo lo hacían sus primas las abejas aprendió enseguida cómo entrar para poder llegar al fondo de las "Bocas de león" y conseguir el preciado botín. No les costaría nada a sus hermanas hacer lo mismo cuando vinieran en enjambre.

Era un favor mutuo que las plantas les hacían a las abejas y las abejas a las plantas. Las flores las alimentaban, y a cambio, ellas al pasar de flor en flor transportando el polen que recogían de unas y otras, hacían que las plantas pudieran dar sus frutos sin tener que depender solo del capricho del viento.

Tendría que hacer un buen baile al volver a casa para explicarles bien como encontrar este maravilloso campo de flores.

Cuando se disponía a volver a su colmena con las buenas noticias, notó un aroma poderosísimo Se separó del macizo de flores para distinguirlo mejor; siguiendo el rastro, entró por una enorme abertura de lo que parecía ser una gigantesca colmena cuadrada hecha de piedra.

Había muchos olores extraños en ella que no supo nombrar, pero por encima de todos ellos seguía notando el que le había llamado tanto la atención. Aterrizó sobre una superficie redonda y en la que cabían una media docena de abejorros. El aroma provenía de ahí, parecía miel de abeja, y miró por si veía a alguna. ¿Cómo podía haber miel de abejas en un lugar sin abejas?

Buscó algún resquicio en la extraña cosa que parecía contener la miel, pero por muchas vueltas que dio, no encontró manera de entrar ni de meter su larga lengua por ningún lado.

Entonces, escuchó unos fuertes ruidos y miró buscando su origen. No podía creer lo que veían sus dos ojos y sus tres ocelos.

Eran dos seres enormes, casi tan grandes como la abertura por la que había entrado a ese lugar tan raro y frío.

No parecía que supieran volar y solo tenían cuatro patas. Se movían muy lenta y torpemente por el suelo usando las dos extremidades inferiores y el menos gigantesco no paraba de mover sus patas superiores como ramas al viento mientras emitía unos sonidos horribles.

Biz, asustada por haber visto semejantes monstruosidades, se escondió tras el objeto  lleno de miel.

Desde ahí, vio a las grandes bestias dirigirse hacia la entrada, y como si de una flor de boca de león se tratara, la entrada se cerró tras ellos.

Estaba atrapada.

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Emprendió el vuelo y se acercó al hueco por el que había tenido la mala idea de entrar. Parecía estar cerrada por una gruesa capa hecha de restos muertos de árbol.

Decidida a encontrar una salida, giró en redondo y se dirigió hacía otra abertura, la mitad de grande, por la que parecía que entraba algo de claridad.  Pero estaba cubierta de una especie de seda tejida de manera antinatural. Al posarse sobre el tejido, vio que estaba formado por cientos y cientos de hebras que se cruzaban y por entre cuyos huecos se colaba la luz. Esos huecos cuadrados eran demasiado pequeños para pasar, pero pudo ver el exterior a través de ellos.

Debía volver, ya no solo por ella, sino porque si no indicaba a sus hermanas dónde estaban las flores, muchas de las larvas podrían no desarrollarse.

Tuvo que batir muy fuerte las alas, porque las hebras de ese extraño tejido verde se le quedaban cogidas a los ganchos de las patas.

Siguió explorando. Pronto llegó a un lugar donde la única luz provenía de un punto muy pequeño colocado en lo alto, era muy poderosa y producía mucho calor.

Varias polillas se arremolinaban alrededor de ella, y se acercaban tanto que parecía que se iban a quemar.

Estaba claro que no era una salida, pero las polillas no podían o no querían entenderlo, empeñadas en girar inútilmente alrededor de esa luz artificial.

Aunque se sentía misteriosamente atraída por esa luz, se alejó de allí. Ya sentía que andaba baja de combustible y prefirió usar el poco que le quedaba en buscar alguna luz de origen natural que indicase la salida.

Al poco, al fondo de la colmena de piedra, vio un hueco muy alto y estrecho por el que entraba algo de sol. Pasó casi rozando con sus alas los bordes del hueco, que parecían estar hechos del mismo material con el que había quedado cerrada la entrada principal.

El lugar en el que entró estaba lleno de luz, de buena y templada luz del sol, cuya posición tanto la ayudaba a poder explicar a sus hermanas dónde estaban las flores.

Tomó velocidad para escapar de ahí, y sintió un golpe muy fuerte en la cabeza que la derribó, haciéndola caer sobre la base del agujero rectangular por el que entraba la luz.

Aturdida, retomó el vuelo, esta vez más despacio, e intentó pasar de nuevo. Era imposible, veía el exterior, pero algo le impedía pasar. Quiso posarse sobre esa cosa invisible, pero sus patas no encontraron donde agarrarse.

Siguió probando durante horas, volaba esforzándose por atravesar esa cosa invisible, que dejaba pasar solo la luz, pero no al viento ni a los abejorros.

Empujó con todas sus fuerzas, una y otra vez.

Pero era infranqueable. Estaba tan cerca y a la vez tan lejos de poder volver a su hogar, que desesperada, empezó a lanzarse contra aquello a toda velocidad, una, dos, tres y cien veces.

Ya no le quedaba miel en el estómago.

Agotada y sin apenas poder moverse, se posó mirando hacia el tan ansiado exterior.

bizz

4

Carlitos y su madre Alicia entraron en casa.

El que más rápido lo hizo fue Carlitos, parecía tener mucha prisa. El camino de vuelta a casa desde la escuela se le había hecho muy largo, porque tenía muchas, muchísimas ganas de ir al baño.

Terminó, se lavó las manos, y cuando fue a dejar la toalla en su sitio, vio a un enorme abejorro posado en el alfeizar de la ventana.

-¡Mamá, mamaaaaa! ¡Tenemos un bicho enorme en la ventana del baño!

Alicia entro en el baño, y miró hacia donde le indicaba su hijo.

-¡Vaya! ¡Un abejorro! Pobre, se habrá colado en casa y no puede salir.

-¿Está malito?

-Con suerte, solo estará cansado y hambriento. Son muy importantes; sin ellos y sus primas las abejas no tendríamos casi nada para comer ¿Quieres que te enseñe un truco para ayudarlo?

-¡Pues claro!

-Entonces acércate a la cocina. Coge el tarro de miel, el que no recogiste después de desayunar aunque te lo dije cien veces, y me lo traes. ¡Ah! y también una cucharita.

En cuanto Carlitos volvió, su madre sacó un poco de miel del tarro con la cucharita, después añadió unas gotas de agua del grifo y lo mezcló despacito con un dedo.

-Toma la cucharilla Carlitos, y con mucho cuidado para no asustarlo, le pones delante al abejorro la mezcla de agua con miel; cerquita pero sin que le toque. Luego abres la ventana y verás que pasa en un par de minutos.

 

5

Biz vio como entraba donde ella estaba, inmóvil e indefensa, uno de los seres, y después a otro aun más grande. Debían ser los mismos de antes.

Pensó en esconderse, pero las patitas ya no le respondían.

Les escuchó hacer esos ruidos con los que parecía que se comunicaban, y el más pequeño se fue para volver al poco tiempo con el extraño objeto que la había atraído hasta esa trampa mortal con su delicioso aroma.

Lo tenía cogido con una de sus extremidades, y en la otra llevaba una cosa brillante y alargada, con un extremo ancho en forma de hoja de fresno.

Le dio los objetos al mayor, que tenía lo que debía de ser la cabeza llena de largos pelos. El ser hizo unos extraños giros con sus brazos que debieron de abrir el objeto, porque le llegó de inmediato el delicioso olor hasta donde se encontraba. Luego, metió el objeto brillante en su interior, lo volvió a sacar, y tras hacer más gestos se lo devolvió al pequeño.

Éste, lo tomó con una de sus largas patas blanquinosas, que extendió para acercarlo a Biz muy despacio.

De pronto, a un centímetro escaso de su cabeza, cayeron unas enormes gotas de dulce miel.

Al principio no se fió, podía ser una trampa, como la de las plantas carnívoras, que te atraían con su dulzor para luego atraparte y devorarte.

Pero estaba tan cansada y tenía tanta hambre que decidió arriesgarse.

Estiró la lengua y la probó.

Estaba deliciosa.

Bebió y bebió hasta llenar su estómago.

Escuchó unos ruidos secos, y sintió una brisa cargada de los aromas del campo moverle todos los pelillos del cuerpo.

La energía de la miel llegó en instantes a todo su cuerpo y se sintió revivir.

Los dos seres seguían ahí, observándola en profundo silencio.

Quizás no fueran tan terribles después de todo.

Empezó a batir las alas, lo que arrancó un estridente sonido por parte de sus observadores, sobre todo del que le había dado la miel.

Despegó, voló unos centímetros y aterrizó de nuevo. Lo volvió a intentar, con todas sus renovadas fuerzas, y despegó del todo por fin.

A pesar de que el instinto le decía que saliera por alas de allí, no pudo evitarlo, y se acercó unos instantes como dándole las gracias a sus salvadores.

Después giró su cuerpo, tomó velocidad, y esperó que de verdad pudiera pasar esta vez. La fuerza invisible debía haber desaparecido, si no el aire no habría entrado, pero en ese lugar tan lleno de misterios, quién sabía.

Sintió un leve escalofrío cuando llegó justo al punto en el que tantas veces había chocado, pero no había nada contra lo que golpearse esta vez.

Biz volvió derecha a la colonia, dudando si contar o no su historia a las demás, ya que seguro que no se la creería nadie.

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Palabras clave de este post: cuento infantil, cuento para niños, cuentos de animales

Alberto Guaita Tello

Crecí rodeado de cuentos clásicos y leyendas locales en Camerún. Vivo con mi esposa en los mágicos valles de Cantabria. Pronto publicaré “Cuentos de la Zamina” y “El Corazón de la Montaña”.

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Maria Teresa de jesus

Me ha encantado. Gracias Alberto.

AnaMariaSava

Como siempre, me ha encantado. Gracias Alberto por hacernos partícipes de tus cuentos.

Carlos Catalán

Tito, eres de lo que no se puede repetir: genial, sensible y creativo. ¡Enhorabuena!