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El cuento viviente

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El cuento viviente

Por Andrea Pérez

A menudo los narradores y escritores afirman que los cuentos y las historias viven en las personas que las cuentan, más de una vez hemos oído que los cuentos y las historias viven en la oralidad más que en ningún otro sitio, que se alimentan de variantes y de reinterpretaciones.

A veces, aunque lo sepamos, olvidamos que los inicios de la literatura no son escritos, que las canciones, villancicos, romances se cantaban al ritmo del trabajo, en las fiestas, en casa. En la Edad Media, lo escrito era un sucedáneo de la voz y los pocos libros de los que se disponían estaban al servicio de la palabra oral, de las lecturas en las que un narrador contaba las historias de viva voz a un público de todas las edades. La lectura individual era rara fuera de los monasterios y la lectura en silencio no existía. Los pocos lectores individuales pronunciaban aquello que leían como en una especie de rumiación, por eso, hasta la escritura quedaba sujeta a la voz de la persona que leía.archivo 801

Estas historias no quedaban fijadas como la escritura es capaz de fijarlas y viajaban a través de las personas, de las ciudades, de los países, de las voces. Hasta el punto de que, hoy en día, en países como Turquía, Bulgaria o Grecia, todavía pueden escucharse, en algunos pueblos, romances medievales en castellano que llegaron de manos de antiguos sefardíes cuando fueron expulsados de la península. Mensaje para los escépticos: hasta tal punto llega la fuerza de la oralidad.

Todos estos tesoros, como los cuentos e historias que las personas han ido transformando a lo largo de los siglos, se han ido haciendo grandes, han ido adquiriendo más significados, más variantes. Por eso decimos que un cuento oral nunca será el mismo hoy, que mañana, que dentro de cien años, ni en un lugar que en otro. Y por eso la narración oral es tan inmensamente rica: un cuento contado conservará todas las huellas de las personas que han ido contándolo y cantándolo, será un texto colectivo, cargado de matices, de capas, de símbolos.

Se trata de historias concebidas para la voz, para que pasen, se difundan entre las personas: cuentos vivientes. No debemos olvidar que la literatura oral pertenece a las personas por entero, es la única que escapa y ha escapado durante siglos de la oficialidad, de lo impuesto, la literatura oral es un espacio de libertad creativa, en el que las historias se transforman y mutan en paralelo a la gente que las cuenta. De ahí su importancia fundamental, de ahí el empeño por mantener en movimiento estas historias que precisamente por vivir en la esfera de la variante y la indeterminación están más vivas que cualquier otra.

El cuento viviente habita el enigma del tiempo, un enigma siempre en transformación y por tanto eterno e irresoluble. Precisamente por ello no tenemos de qué preocuparnos: mientras haya voz, los cuentos nunca morirán.

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