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El hacedor de sueños

La hora del cuento  · 

El hacedor de sueños

Por María Rosario Naranjo Fernández

Le habían dicho que se trataba de un anciano, un hombre tan sabio que apenas le cabía una pizca de conocimiento en el cerebro, y tan experimentado que la espalda se le había curvado con el peso de las vivencias acumuladas hasta hacerle parecer un ocho.

El hecho de que viviera en las montañas del Turmanchú no parecía constituir impedimento para los miles de visitantes que se acercaban cada año para ver de cerca a aquel prodigio de la naturaleza. Se rumoreaba que contaba con más de doscientos años en su joroba, pero esto no era lo más sorprendente. Lo que en realidad atraía a la gente hasta la cueva del hacedor de sueños era el don que los dioses le habían otorgado de convertir en realidad las ilusiones de los hombres.

Simplemente había que cumplir con dos requisitos para alcanzar la gracia anhelada: desplazarse hasta el lugar donde el extraordinario personaje habitaba al parecer desde hacía más de ciento cincuenta años, y sorprenderlo con algún regalo que nunca antes hubiera sido puesto ante sus ojos. Y aunque a simple vista ambas exigencias pudieran parecer la cosa más sencilla del mundo, sólo unos pocos osados habían coronado la cima del Vetsalí y, entre ellos, ni siquiera alguno de los más avezados había logrado despertar el interés del mago, viéndose obligados a regresar con las manos vacías y las ilusiones frustradas.

viejo sabioHacía una mañana tibia de sol, las nubes se enredaban entre ellas al paso del viento y el aire olía a limpio. Aquellas eran las señales que había esperado durante meses: había llegado el momento de partir. Se cargó la mochila a la espalda y emprendió el viaje con paso decidido. Le esperaba un duro trayecto y lo sabía, pero la determinación que lo empujaba superaba a la incertidumbre que se le había instalado en la boca del estómago, así que caminó durante noches y días a través del desierto de Guacaná, y una vez hubo alcanzado el lago Mititaco lo cruzó sin detenerse un solo momento. Los cocodrilos se retiraban a su paso y las aves miraban con curiosidad a aquel temerario que desafiaba a la lluvia y al viento. No parecía existir fuerza humana, natural o divina capaz de frenar su carrera hacia las montañas.

Al cabo de noventa y tres jornadas se hallaba frente a la cueva. Sólo entonces se detuvo para tomar aire. Dobló cuidadosamente el mapa y lo guardó en la mochila antes de atravesar el umbral. El mago estaba sentado sobre una roca. Tenía las piernas y los brazos cruzados en actitud meditabunda. Avanzó hasta él, y sólo cuando lo tuvo lo suficientemente cerca comprendió dónde tenían su origen aquella serie de fábulas sobre su persona. Resultaba casi imposible calcular su edad, pues hacía mucho tiempo que las arrugas le habían borrado el gesto. Tenía el tamaño de un duende y el cabello le arrastraba recogido en una inmensa trenza que se introducía en el interior de la cueva hasta perderse de vista.

- Rajmanet, Señor de las Montañas, me inclino ante ti- el anciano ni siquiera levantó la cabeza- Vengo desde muy lejos para pedirte por mi pueblo.

- ¿Qué traes?- exigió el sabio tras un silencio que le supo a eternidad. Resultaba evidente que el paso de los años y de las hordas de visitantes habían terminado por hastiarle.

- Quiero regalarte una historia- aquello captó la atención de Rajmanet que, por primera vez, abrió los ojos y lo observó con interés. Tenía el color del sol en su mirada- la historia de Bajsel, una aldea castigada por la miseria, sometida por la tiranía de los lampudjes desde hace más de cincuenta años...

Habló durante horas, exponiendo la situación que tanto le atormentaba, ilustrando su relato con los detalles más crueles de su vida cotidiana.

- Por eso estoy aquí. Necesitamos tu ayuda.

Rajmanet se limitó a asentir.

- Vuelve a tu hogar- aquella orden le hizo estremecer y temió haber hecho el viaje en vano- Tú eres la persona que llevo tanto tiempo esperando. Has pedido por los demás y no por ti. Con tu generosidad me has hecho libre. Vete en paz, tu deseo será cumplido…

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Palabras clave de este post: cuentos infantiles, cuentos para niños, cuentos inventados

María Rosario Naranjo Fernández  ·  ¿Quieres ser escritor?

Licenciada en Derecho, DEA en Literatura y Comunicación, Rosario Naranjo compatibiliza su trabajo en el Ministerio de Economía con la escritura creativa y la investigación literaria, siendo autora de seis novelas, dos libros de cuentos, numerosos relatos y piezas teatrales (algunas de ellas estrenadas). Acreedora de diversos premios y reconocimientos por su labor artística, cuenta con publicaciones en prestigiosas revistas y medios, y actualmente se forma para trabajar como guionista de cine y televisión. Web personal:http://donairegalante.wix.com/rnaranjoescritora

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