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El muro

La hora del cuento  · 

El muro

Por Chelo Teruel

Para Cloe su madre era la más buena y cariñosa del mundo, sin embargo, sin saber por qué, se portaba mal, desobedecía a sus padres, y gritaba y lloraba si no se hacían las cosas como ella quería.

Vivían en una pequeña casa cerca del río. El invierno estaba llegando a su fin, y las abundantes lluvias habían hecho que el campo estuviese lleno de todo tipo de flores, así que Cloe pensó en salir para coger un bonito ramo con el que decorar la mesa. A su madre no le gustó la idea, hacía frío y las nubes anunciaban tormenta, pero como otras muchas veces, Cloe no la escuchó y se fue corriendo.

No llevaba mucho tiempo caminando, cuando un hombre con la corbata rara se acercó a ella para preguntarle su nombre.

Cloe sabía de sobra que no podía hablar con desconocidos, pero sin hacer caso a lo que tantas veces le habían dicho sus padres, le respondió diciéndole su nombre.

-Verás Cloe, llevo un rato perdido buscando mi furgoneta. La dejé cerca de unos árboles enormes rodeados de flores amarillas. ¿Me ayudarías a encontrarla?-

-Claro- Dijo Cloe-Te acompañaré-

Al principio la niña iba muy contenta haciéndole toda clase de preguntas a su nuevo amigo, pero cuando llevaban un rato caminando, algo en su interior le dijo que quizá no era buena idea acompañar a aquel desconocido. Cloe se paró en seco, pero el hombre de la corbata rara viendo la intención de la niña, la agarró fuerte del brazo y le dijo:

-Lo siento Cloe, pero tendrás que acompañarme a la fuerza-

El sol casi se había escondido, cuando el aullido de un lobo despertó a la niña. Estaba tumbada en el suelo, rodeada de un inmenso muro de piedra.

El miedo le impedía moverse, así que desde el mismo lugar en el que estaba, echó un vistazo a su alrededor. Parecía que en una de las piedras del muro había algo escrito, así que se levantó y lentamente se acercó para leerlo:

 

PERMANECERÁS DENTRO DE ESTE MURO

HASTA QUE ENCUENTRES LA SALIDA

 

Cloe volvió a mirar a su alrededor. El muro era circular y en su interior no había nada. Tampoco  puertas, ni ventanas, ni nadie a quien preguntar. Ni siquiera podía ver lo que había tras sus piedras, nada por donde escapar. Estaba completamente sola, rodeada de aquel gigantesco muro.

Cayó la noche, y todo estaba oscuro y en silencio. Cloe se consolaba pensando que con la luz del día encontraría algún agujero por el que salir, así que cerró los ojos y metió la cabeza entre sus rodillas hasta que consiguió quedarse dormida.

De día el muro se veía de otra manera, aunque el sol y los pájaros lo hacían más agradable, Cloe no quería pasar allí ni un minuto más, así que se levantó y comenzó a recorrerlo en busca de algo que la ayudara a encontrar la salida.

Pronto observó que una parte del muro estaba cubierta de hiedra, una hiedra tan espesa, que no dejaba ver lo que había tras sus ramas.

Cloe se acercó corriendo y al instante una idea invadió sus pensamientos: La hiedra está tapando la salida.

Sin pensárselo y a toda prisa, comenzó a arrancar sus hojas. No fue un trabajo fácil, pues la hiedra era tan densa, que tardaba mucho tiempo en poder ver lo que había bajo sus ramas, por eso al atardecer, todavía seguía sin encontrar la salida.

 

Cloe estaba agotada. El sol ya se había escondido y sus pequeñas manos, casi sin fuerza, seguían arrancando hiedra. Sin la luz del sol nada se podía ver, así que se metió entre las miles de hojas que había en el suelo y se quedó dormida.

Amanecía en el Muro, y el efusivo canto de los pájaros despertó a Cloe. Estaba impaciente por buscar la salida, sin embargo, nada más abrir los ojos se encontró con algo que no esperaba:

El muro volvía a estar cubierto de hiedra. Cubierto por todas las hojas cortadas el día anterior, que ahora lucían perfectas en sus ramas.

En ese momento la furia invadió a Cloe. Gritó como nunca antes lo había hecho, se enfadó, dio patadas a las piedras, arrancó unas cuantas hojas, se fue corriendo, volvió a gritar, y finalmente cayó derrotada, tendida frente a la hiedra.

-Nunca más volveré a ver a mi madre- Repetía una y otra vez llorando. Y entonces comenzó a pensar en ella. La imaginó con el mandil puesto preparando su comida preferida. La casa olía a pan recién horneado, y el sol entraba por la ventana del salón, mientras su gato jugaba con la lana.

La respiración de Cloe comenzó a ser más lenta, sus dientes apretados y su cuerpo, en un principio tenso, se fueron relajando. Sus labios comenzaron a dibujar una sonrisa. Estaba relajada y eso la hacía sentir bien.

Abrió los ojos y pasó un rato mirando la hiedra. Su color verde brillante, sus largas ramas, sus hojas movidas por el viento. Y entonces ocurrió. Se levantó del suelo y comenzó a reír a carcajadas.

¡¡Por fin había encontrado la salida!! Estuvo delante de ella todo el tiempo y no consiguió verla.

¡¡La hiedra era la salida!!

Comenzó a trepar por sus fuertes ramas, hasta que por fin consiguió salir del muro.

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