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El niño sin sombra

La hora del cuento  · 

El niño sin sombra

Por Argemi Costa

Todos tenemos sombra, ¿o no? ¿Ya vigiláis a vuestra sombra? ¿Seguro que os sigue a todos lados?

Cuenta la leyenda que los habitantes de un pueblo, por un tiempo, no hicieron sombra.

Todo empezó con un niño. Hasta nosotros no ha llegado su nombre, supondremos que se llamaba Billy.
Billy iba a todos los sitios corriendo. Le mandaban a comprar el pan e iba corriendo y volvía corriendo.
Iba al colegio y corre que te corre. Siempre cantando la misma canción: “volando voy, volando vengo, por el camino no me entretengo”.

Un día pasó corriendo por el lado de una mujer muy viejecita, muy viejecita. No la tocó, pero pasó tan cerca y tan rápido que la viejecita dio una vuelta sobre si misma. Cuando se paró le gritó enfadada: “Billy!, algún día dejarás atrás tu propia sombra”. Eso le dio una idea al niño.

Ese día hacía mucho sol. Se fue detrás de su casa donde la pared era blanca como la cal, era una pared de cal, y se puso a correr arriba y abajo. Cuando llegaba al final de la pared miraba a su sombra para ver si se había quedado atrás. En las primeras 50 carreras no pasó nada. A cada nueva carrera le parecía que la sombra llegaba un poquito más tarde que él. Y fue después de unas 100 carreras que la sombra no pudo más y se paró. Se quedó a mitad del camino, con la sombra de las manos apoyadas en la sombra de las rodillas, agotada. 
 
Y Billy se quedó sin sombra.
 
Resultaba muy extraño no tener sombra, movía los brazos, las piernas, pero nada. Billy se acercó a su sombra pero se escapó corriendo, por el suelo, por las paredes, por los árboles. Parecía contenta de no estar pegada al niño. La gente se asustaba al ver a una sombra sin persona. Se acercó a una niña, cogió la mano de su sombra y estirando, estirando, consiguió que se separase de ella. Luego siguieron estirando sombras de otros niños. Luego de algún adulto. Antes de que acabara el día el pueblo entero había perdido su sombra.

Cuando salió el sol al día siguiente nadie hacía sombra. Primero se asustaron y le echaban las culpas a Billy. Luego se dieron cuenta de que no pasaba nada, en realidad, ¿para qué sirve la sombra?

Y en los días siguientes la gente solo miraba lo que hacían las sombras intentando descubrir donde estaba la suya. Las sombras de los niños hacían cosas muy parecidas a las que hacían sus dueños: jugaban en el parque, subían una y otra vez a la noria, iban a la tienda de golosinas y pasaban por encima una y otra vez, entraban gratis en el cine...


Algunas sombras de niños y niñas incluso aparecían en las clases del colegio. Sin embargo las sombras de los adultos hacían cosas diferentes de las que hacían sus dueños: la sombra de la farmacéutica se pasaba el día dirigiendo el tráfico, la sombra del policía se pasaba el día metida en la biblioteca mirando los libros que leía la gente, la sombra del conductor de la ambulancia estaba en la consulta del médico viendo como visitaba a sus pacientes.
El médico no sabía dónde estaba su sombra porque hasta ahora no se había preocupado en buscarla.
Si la hubiera buscado habría visto que se estaba o en la tienda de instrumentos musicales o en la escuela de música o en el teatro del pueblo o en el coro de la iglesia. La del bibliotecario no se vio por ningún sitio del pueblo, pero él no estaba preocupado. Siempre le habían gustado mucho los libros de viajes y los libros con fotografías de países lejanos y exóticos. La única sombra que hacía lo mismo que su dueño era la sombra del panadero. El panadero era un hombre afable y feliz. Se encontraba con su sombra cada día al abrir la panadería y se quedaba con él hasta la hora de cerrar.

 
Y así pasó un tiempo.

Y un día la farmacéutica fue al ayuntamiento para saber lo que había que hacer para ser policía. Y el conductor de ambulancias volvió al instituto para seguir estudiando, quería ser médico. Y el médico por fin descubrió a su sombra un día en la iglesia, al lado del coro, se levantó y se puso a cantar con ellos. Y el bibliotecario se fue del pueblo con la excusa de buscar a su sombra. Y así cada uno se puso a hacer lo que su sombra hacía. El maestro del colegio se puso a dirigir el hotel del pueblo. Y el director del hotel fue el nuevo maestro. Y como las clases que hacía eran tan divertidas el colegio se volvió a llenar con las sombras de todos los niños. Y las sombras de los niños fueron las primeras en volver a quedar pegadas a sus dueños.

El primero que recuperó su sombra fue Billy.
 
De los adultos el primero en volver a recuperar su sombra fue el panadero. Y en poco tiempo todo el pueblo había recuperado su sombra.

Excepto el alcalde. El alcalde nunca llegó a recuperar su sombra. La sombra del alcalde se pasaba el día entero en la perrera. Y al alcalde le encantaban los perros. Pero se negó a ir a la perrera. Él decía que le gustaba hacer de alcalde. Lo que le gustaba en realidad era ser el alcalde.

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Maribel

Que buenoooooo. Se lo he leído a mi hijo que también es un trasto y le ha encantado.