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El perromello

La hora del cuento  · 

El perromello

Por José María de Arquer

 

Cuentan que un mes de diciembre un cachorrito de perro callejero recorría las calles arriba y abajo, recogiendo un poquito de aquí y otro poquito de allá. Y que en una de sus idas y venidas, pisó un trozo de periódico que quedó enganchado entre sus dedos. El perrito movió la pata y saltó para liberarse del papel,  que al final quedó extendido sobre la acera. Entonces pudo leer la noticia.

“Comienza el casting de camellos de los Reyes Magos… se requiere que el camello sea… las pruebas tendrán lugar en…”.

¡Mañana!

El perrito pensó con rapidez. El lugar indicado no le caía lejos y estaba seguro de reunir los requisitos que se pedían. Salvo lo de ser camello, claro, aunque creyó tener una solución para remediarlo.

Se ajustó un par de jorobas y se recubrió de pelo. ¡Apenas podía ver nada porque se le enredaba sobre los ojos! Pero parecía un camello, de eso estaba seguro.

Al llegar observó que había muchísimos camellos. Todos altísimos. Y pudo oír sus risas y bromitas, la pregunta que todos se hacían era: ¿De dónde ha salido este microbio? Pero los pajes que dirigían las pruebas los llamaron al orden porque ya era la hora.

La prueba de salto fue la primera. Una buena parte de los camellos lograron pasar sobre la barra, aunque otros la arrastraron con sus patas. El perrito disfrazado de camello la pasó por debajo… ¡Le quedaba tan alta!

En la segunda, la de velocidad, los enormes animales salieron disparados y trotaron por la pista ovalada, tan rápido que no tardaron en alcanzar al perrito y lo doblaron en varias ocasiones. Llegó cinco minutos después de haber terminado la prueba, eso sí, entre los vítores y los aplausos de sus compañeros.

La tercera fue la de carga y resistencia y a todos los prepararon con un montón de bultos y paquetes. Se veía venir que el perrito no aguantaría: se desplomó a los dos metros. ¡Demasiado peso! Pero se quitó los bultos de encima y aprovechó el tiempo recogiendo los regalos que perdían los camellos para devolvérselos a los pajes.

La cuarta prueba evaluó su precisión en los lanzamientos. Era como jugar al baloncesto: todos lanzaban un regalo y debían pasarlo por un aro. El perrito hizo su mejor disparo, pero el bulto, que le pareció muy pesado, cayó a tres palmos de sus patitas.

La última fue la más divertida. La llamaban la prueba del derrape y equilibrio. Los pajes montaron a los animales como si fueran coches de carrera y los guiaron sobre una estrecha pasarela. Y aquí sí, cayeron muchos. El perrito perdió pie en la primera curva y se estampó sobre la hierba.

Quedó el último en todas las pruebas, aunque le dieron una mención de honor porque fue el que mejor recogió los paquetes que perdían los demás.

Los tres elegidos resultaron ser camellos fuertes, altos y muy preparados. Fue una elección muy sabia, porque durante la noche de Reyes se trabajaba muy intensamente y sólo los más preparados podían llevar los regalos a todos los rincones del mundo.

Así que el perrito que quiso ser camello siguió recorriendo las calles, arriba y abajo un día tras otro, hasta la misma noche de Reyes. Se despertó sobresaltado cuando los tres camellos, a quienes reconoció de inmediato, pasaron como una exhalación cerca de él. Al último se le cayó un regalo. Y sin dudarlo ni un instante, el cachorro lo atrapó entre sus dientes y saltó sobre el animal para devolvérselo. Cuando iba a marcharse, uno de los pajes lo retuvo y le dijo:

–Ven con nosotros.  Tú puedes recoger todos los que se caigan.

Y así fue que el perrito viajó junto a los tres camellos de los tres Reyes Magos; y ningún regalo se perdió por el camino esa noche.

A la mañana siguiente lo despertó el griterío. Un niño saltaba de alegría mirándolo y enseguida lo tomó entre sus brazos para acariciarlo y comérselo a besos. Había regalos para toda la familia.

–¡Qué bonito es!

Su padre observó la camita del cachorro y un hueso muy apetecible que había en su interior, del cual colgaba una nota donde –alguien– dejó escrito su nombre. Y se acercó, incrédulo, para leer esa nota.

–¡Se llama Perromello!

Su hijo ya corría con el perro por toda la casa y repetía su nombre sin parar: ¡Perromello, Perromello!

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José María de Arquer  ·  @JmdeArquer

Autor de la novela juvenil CUSTODIOS y de la colección de cuentos infantiles POL AVENTURER. Colabora habitualmente en la página de fomento de lectura infantil y juvenil Boolino, con la aportación de cuentos breves. Como profesión, realiza trabajos de investigación técnica en el mercado asegurador y es también colaborador de algunos proyectos sociales de desarrollo de los más jóvenes.

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