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Fábrica de alegría

La hora del cuento  · 

Fábrica de alegría

Por José María de Arquer

“Todo niño tiene derecho a sobrevivir y prosperar, a recibir una educación, a no ser objeto de violencia y abusos, a participar y a ser escuchado” (mensaje del Secretario General de Naciones unidas con ocasión del
Día Universal del Niño).

Era un osito de peluche recién salido de la fábrica de peluches.

Pero no salió perfecto como otros ositos, sino con una pequeña tara en el brazo. Y un trabajador consideró que no podía ponerse en una caja como regalo.

El peluche terminó en la esquina de la fábrica junto a un contenedor.

Es cierto que su brazo no era perfecto, pero sus ojos…

¡No perdían detalle de nada!

Pasó un viejo con un bastón y el osito lo miró. Era un hombre normal y corriente como cualquier otro que debía recordar que los años pasaban. El osito pensó que sería bueno aprovechar su tiempo.

Pasó también una mujer abrazada a su marido, sin duda aprovechando ese tiempo, y le gustó aquella imagen.

Luego pasó un niño trotando como una cabrita, perseguido por su madre que gritaba detrás. ¡Parecía ir por delante del tiempo! Y el osito sonrió al niño, pero él no lo vio.

Pasaron después unos chicos charlando animadamente, cargados de libros y comiendo un bocadillo. ¡Esos sí aprovechaban todo su tiempo!

Y cuando giraban la calle, una niña salió zumbando de aquella esquina y estuvo a punto de arrollarlos.

–¡Perdón! –gritó la pequeña.

Y siguió corriendo calle arriba. El osito le sonrió, pero ella no lo vio.

Apareció poco después un perro y este sí se acercó. Levantó una patita muy cerca de él y…

–¡No, no, no…! –suplicó.

El chorretón no le alcanzó de milagro. El animal husmeó entre sus bigotes y luego desapareció.

Pronto pasó una madre que llevaba a su bebé sentado en un cochecito azul. El bebé vio al peluche y le sonrió. El osito ya estaba sonriendo y le dio un vuelco el corazón cuando sus miradas se cruzaron, feliz durante ese encuentro fugaz.

Pasó un montón de gente y el osito sonreía cada vez que un niño aparecía cerca de él.

No mucho después, pasó un hombre con su hijo cogido de la mano. Mejor al revés, el niño tiraba del padre con fuerza siempre por delante. El osito le sonrió.

Entonces ocurrió.

Aquel pequeño se paró de golpe y lo señaló. Soltó la mano de su padre y corrió a su encuentro.

–¡Mira, papá, qué peluche tan bonito!

El osito seguía sonriendo cuando el padre se acercó y dijo:

–Tiene un defecto en el brazo, por eso lo han dejado aquí los de la fábrica.

Al niño le daba igual. No le quitaba los ojos de encima.

–¿Un defecto? ¿Y qué? ¡Es precioso! ¿Puedo llevármelo?

El padre no pudo negarse y el pequeño se lo puso bajo el brazo.

Y el peluche siguió sonriendo. Se sintió el osito más feliz del mundo.

Y es que, durante todo el día, había visto un montón de gente y cosas que le gustaron mucho, muchísimo. Pero nadie, ni ninguna cosa en su universo, le hacía sonreír como los niños.

Nadie en el mundo puede dejar de hacerlo cuando mira un bebé y observa su tranquilidad. Y los niños conservan aún esa pureza, esa inocencia que debe ser protegida.

Todo tiene su tiempo, y el de la niñez no se olvida. 

 

Dibujo de Marían Seguí, Fábrica de alegría – Día Internacional del niño 2015

Texto: José María de Arquer, autor de la novela juvenil CUSTODIOS y de la colección de cuentos infantiles POL AVENTURER.

@JmdeArquer

 

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Palabras clave de este post: cuento infantil, cuento sobre los derechos del niño, cuentos infantil corto

José María de Arquer  ·  @JmdeArquer

Autor de la novela juvenil CUSTODIOS y de la colección de cuentos infantiles POL AVENTURER. Colabora habitualmente en la página de fomento de lectura infantil y juvenil Boolino, con la aportación de cuentos breves. Como profesión, realiza trabajos de investigación técnica en el mercado asegurador y es también colaborador de algunos proyectos sociales de desarrollo de los más jóvenes.

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