Blog by Boolino

Mucho más que cuentos infantiles

Boolino es más que una web de cuentos infantiles y novela juvenil. Encuentra en nuestro blog consejos de lectura.

La hora del cuento: El cruasán que quería ir a la escuela

La hora del cuento  · 

La hora del cuento: El cruasán que quería ir a la escuela

Estamos muy contentos de publicar un nuevo cuento de Eva Bielsa, nuestra amiga de La Cafetera de Sant Cugat. De nuevo el cuento aúna literartura y repostería dando un dulce y divertido resultado. En esta ocasión, nos narra la historia de un cruasán ávido de aprender y tremendamente curioso.

El cruasán que quería ir a la escuela, por Eva Bielsa, de La Cafetera de Sant Cugat.

Si quieres publicar tu cuento en boolino escríbenos a agenda@boolino.com

He aquí que un nuevo día empezaba en una de las pastelerías más dulces y golosas de Sant Cugat. El primer rayo de sol entraba por el escaparate de la tienda cuando el pastelero ya tenía amasadas todas las delicias y pasteles que vendería aquel día. De su horno salían bandejas de cruasanes, ensaimadas, magdalenas y pasteles, listos para rellenar con los chocolates y mermeladas más buenas que un se pudiera  imaginar.

- ¡A vuestras posiciones!- decía en voz alta el pastelero, mientras iba colocando cada delicia en el mostrador, para que la gente las viera y no se pudiera estar de probarlas.

Aquella mañana de septiembre, por las calles de Sant Cugat, niños y niñas habían salido muy pronto, antes que el resto de días. Caras limpias, legañas fuera y una mochila de colores colgada en la espalda significaban que el primer día de escuela había llegado.

Laia, una niña rubia, risueña y vivaracha, repasaba su mochila para comprobar que no se dejaba nada en su primer día de escuela. La bata, la agenda, una pieza de fruta, colores, libros y aquella muñeca de ropa que había intercambiado todo el  verano con Marina, su mejor amiga. Con la mochila en la espalda, y cogida de la mano de su madre, andaba por la calle leyendo los carteles de las tiendas mientras iban a buscar el desayuno.

En la pastelería, todos los cruasanes, magdalenas y ensaimadas se divertían sonriendo a la gente que pasaba por la calle. Cogido al vidrio del escaparate, con la boca bien abierta, uno de los cruasanes llamado Pots, inspeccionaba con detalle todos aquellos niños que iban a la escuela.

- ¿Y qué se hace en una escuela?- Preguntaba al resto de pastas y pasteles.

Las magdalenas y los brioches se lo miraban asustados, ¿por qué querría un cruasán saber qué se hacía en una escuela?

- Pots, los niños van a la escuela y los cruasanes a la pastelería- Le decía una ensaimada enorme, muy azucarada.- ¡Eres demasiado curioso!

El resto de pastas daban la razón a la sabia ensaimada. A Pots, le gustaba mucho ser un cruasán, pero era tanto curioso que no dejaba de preguntarse si había alguna manera de visitar una escuela, como si de una excursión se tratara.

En aquel escaparate se encontraba Biz, un pastel de chocolate que no tenía amigos. Era malo, se divertía burlándose de aquellas magdalenas que habían quedado deformadas, o de aquellos cruasanes con una pata más corta que la otra, y a menudo les explicaba mentiras para hacerles enfadar entre ellos. Biz observaba la escena y, viendo la oportunidad de divertirse, decidió engañar a Pots.

- Pst, pst! – Le llamó haciendo que se acercara- ¿Ves aquella niña rubia que se acerca con su madre? Viene a buscar el desayuno y volverá para la merienda. Su madre siempre bien a la pastelería por la mañana y por la tarde. La niña te podría llevar hasta la escuela y volverte aquí por la tarde...

Pots, muy agradecido por la idea, se empezó a imaginar cómo sería aquel lugar llamado escuela e ideó un plan para esconderse dentro de la mochila de aquella niña. Sus amigos  cruasanes lo intentaron retener, no se fiaban de Biz que podía haberle dicho una mentira. Pero Pots estaba tan emocionado con su aventura que no escuchó los consejos de sus buenos amigos.

Cuando Laia y su madre llegaron a la pastelería, Pots se colgó de la mochila y, abriendo la cremallera, se metió dentro. Biz contento por su fechoría, se reía de pensar que aquel cruasán ya no volvería, pues no había visto nunca ni a Laia ni su madre por aquella pastelería.

Dentro de la mochila Pots iba contento mirando por un agujero la calle, los coches y al resto de niños. Cuando la mochila se paró pudo ver que se encontraba en una sala llena de mesas, donde todos los niños y niñas escuchaban a una señora llamada profesora. Ésta les explicaba todo lo que harían aquel curso mientras lo apuntaba en una pared. Con cuidado, salió de la mochila y se colocó sobre una de las mesas del fondo de la clase. Al llegar la hora de comer el cruasán estaba feliz de haber aprendido letras y números, de haber cantado canciones y de haber visto cómo jugaban los niños en un patio enorme, con bancos, árboles, arena y porterías.

Después de comer los niños corrían,  jugaban a pelota y se inventaban historias de piratas y caballeros. Pero sentada en un rincón, con la mochila entre las piernas, sola y con lágrimas en los ojos, había aquella niña rubia que le había llevado hasta la escuela. Se le hacía muy extraño pensar que algún niño pudiera estar triste en un lugar como aquel pero ¿quién era él para saber todo lo que podía pasar en una escuela? Lleno de curiosidad se acercó y, mirando de no asustarla, le preguntó qué le pasaba.

- Hola, soy Pots, ¿por qué lloras?

Laia miraba a ambos lados, pero no veía a nadie. Pots le tiraba de la camiseta y al mirar hacia abajo vio un cruasán a su lado, con ojos, nariz y boca.

- ¡No te asustes!- le dijo Pots- Soy un cruasán aventurero que ha venido a descubrir qué es una escuela. Te he visto triste y he pensado que quizás te podría ayudar...

La niña estuvo a punto de gritar pero, viendo la cara simpática de Pots, se decidió a explicarle lo  que le pasaba.

- Este verano mi amiga Marina me dejó su muñeca, y yo le dejé la mía a ella.- Le explicaba Laia mientras sacaba una muñeca de trapo de la mochila.- Quedamos que el primer día de clase nos las volveríamos a cambiar pero, esta mañana jugando en el patio, se ha roto y ahora no sé como devolvérsela.

Pots no acababa de entender aquel intercambio de muñecas del que hablaba la niña, pués las pastas no tenían  muñecas, pero aquella mujer llamada profesora parecía saber muchas cosas y seguro que tenía alguna idea para arreglar la muñeca.

- ¿Por qué no se le dices a la profesora? ¡Seguro que te puede ayudar!- la miraba de convencer.

Con Pots y la muñeca rota dentro de la mochila, Laia se decidió a pedir ayuda a la profesora que, viendo sus lágrimas, se la llevó hasta su mesa.

- No sufras, primero arreglaremos la muñeca y después hablaremos con la Marina. Ya verás cómo lo entenderá.

Pusieron la muñeca sobre la mesa con mucho cuidado y la inspeccionaron mientras Pots espiaba desde la mochila. Con un trozo de tela verde que tenía en un cajón e hilo y aguja le cosió un parche dónde había el agujero y le pintó una flor muy bonita. Laia, viendo cómo había quedado la muñeca, volvió a sonreír  al instante. De la mano de la profesora buscaron a Marina, y le explicaron la verdad. Marina primero se puso triste pero al ver la muñeca arreglada y lo valiente que había sido su amiga explicándole la verdad, la abrazó y se pusieron a jugar. De reojo, Laia busco con la mirada a Pots, dentro de la mochila, y le dio las gracias.

Al volver hacia la clase se lo pasaron muy bien hasta la hora de salida. Pots se volvió a esconder dentro de la mochila y sólo pensaba en llegar a la pastelería para explicar todo lo que había visto al resto de cruasanes, magdalenas y ensaimadas. Pero por el camino no reconocía ninguna de las calles por las que habían pasado camino de la escuela y, de pronto, vio cómo entraban en un edificio, en un piso, en una habitación con mariposas en las paredes. Estaba en la habitación de Laia, y eso quería decir que no volvería a la pastelería.

Laia dejó a Pots sobre el escritorio y le iba enseñando todos sus juguetes y dibujos, hasta que se dio cuenta que algo le pasaba.

- ¿Pots, qué te pasa? ¡Has perdido la sonrisa!- le decía.

- Biz me ha engañado.- Decía con lágrimas en los ojos- Me ha dicho que conocía a tu madre y que seguro que cuando salieras de la escuela volverías a la pastelería y así yo también podría volver. No he hecho caso a mis amigos y ahora no podré volver a casa, a la pastelería.

Laia fue hacia el comedor y, con un plan en su cabeza, convenció a su abuela para ir hasta la papelería a comprar una libreta. Pots la había ayudado con la muñeca rota y ahora le quería devolver el favor. Mientras lo envolvía y lo guarda en una bolsita le explicó como le podía ayudar.

- Mi abuela nos llevará a la papelería que está junto a la pastelería, te sacaré de la bolsita y podrás volver con tus amigos.

Pots saltaba de alegría y, dándole las gracias, se metió dentro de la bolsa. Al cabo de un rato, mientras la abuela pagaba la libreta, Laia la abrió y dejó en el suelo a Pots, que dándole una pata se despidió cariñosamente de su nueva amiga.

Al salir de la papelería se encontró con sus amigos cruasanes volviendo hacia la pastelería.

- ¿Pero que hacéis en la calle?- Les preguntó Pots sorprendido.

- Como estaba anocheciendo y no venías hemos hablado con Biz, y nos ha dicho que te había engañado. Hemos salido a buscarte, ¡estábamos muy preocupados!

Juntos llegaron hasta la pastelería y volvieron a su bandeja. Pots, queriendo agradecer a sus amigos que le hubieran salido a buscar aunque no les había hecho caso, fue hacia la cocina y volvió con una tableta de chocolate para compartir, mientras les explicaba su aventura. En un rincón, oscuro y solo, Biz se los miraba lamentando no tener amigos para poder pasar un buen rato.

Aquella noche, Pots, antes de cerrar los ojos pensó en todas las cosas que había aprendido. Había descubierto qué era una escuela, los números, las letras, las canciones... Había conocido una niña, Laia, y se habían ayudado el uno al otro. Se había dado cuenta que los grandes sabían muchas cosas y que confiando en ellos era más fácil solucionar los problemas. Pero sobre todo había aprendido a confiar en los buenos amigos, aquellos que te dicen la verdad y, pase lo que pase se preocupan por ti.

 

Salamandra 5-3 230 X 50 0213

También te puede interesar:

Palabras clave de este post: hora del cuento, eva bielsa, el cruasan que queria ir a la escuela, cuentos infantiles, cuentos para niños

Comentar post