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La Hora del Cuento: Dos hermanos muy distintos

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La Hora del Cuento: Dos hermanos muy distintos

¿Tienes hermanos? ¿Se parecen a ti? Nuestro cuento de hoy va sobre dos hermanos muy pero que muy distintos, Alicia y Zacarías que no paran de discutir hasta que un buen día, como por arte de alguna magia invisible, se ponen de acuerdo en una cosa...

Dos hermanos muy distintos, un cuento de María Bautista e ilustrado por Raquel Blázquez de Cuento a la vista.

Si quieres aparecer en nuestra Hora del Cuento envíanos tu cuento a info@boolino.com.

 

Alicia y Zacarías no podían parecerse menos. Y eso que eran hermanos. Y mellizos. Pero vamos, a excepción de la melena roja, Alicia y Zacarías eran como la noche y el día. Como la A y la Z. ¡Totalmente distintos!

A Alicia le gustaban los perros y a Zacarías los gatos. Alicia era alta y Zacarías bajito. Y a pesar de ser pequeñito, Zacarías quería ser jugador de baloncesto. Alicia de fútbol, claro. Zacarías era bueno en lengua y Alicia una verdadera máquina en matemáticas. En verano, Alicia se lo pasaba genial saltando las olas en la playa. Zacarías, sin embargo, prefería hacer castillos de arena. Si Alicia decía blanco, Zacarías decía negro. Si Alicia quería ir a la derecha, Zacarías prefería ir a la izquierda. Si Alicia quería comer una hamburguesa, Zacarías prefería ir a una pizzería. ¡Era imposible que se pusieran de acuerdo! Tampoco les
gustaba compartir nada. Lo de uno era de uno y lo de la otra era de la otra. Y no había manera de convencerlos.

El verano en que el abuelo Paco se quedó a cargo de ellos, las continuas discusiones de sus nietos le dieron tanto dolor de cabeza que tuvo claro que había que hacer algo.

- Pero a estos niños, ¿qué les pasa? – se preguntaba el abuelo Paco sentado bajo la sombrilla con su sombrero a cuadros.

El abuelo Paco había tenido cuatro hermanos con los que había jugado sin parar cuando era niño. Juntos habían aprendido a subirse a los árboles, a montar en bicicleta, a hacer los deberes. Se ayudaban, se querían y se divertían mucho juntos. Pero aquellos nietos suyos… ¡menudo desastre!

No quedaba otra que recurrir a la magia. El abuelo Paco cruzó los dedos y de esa forma tan estrafalaria se tiró de su bigote blanco. Una vez, dos veces, tres veces y ¡chas! su hada madrina apareció a su lado. Hacía años y años que el abuelo Paco no necesitaba un poco de magia y por eso hacía mucho que no se veían.

- ¡Querido amigo! ¡qué alegría volver a verte! Aunque si me llamas es que tienes algún problema. ¿En qué puedo ayudarte?

El abuelo Paco le contó que Alicia y Zacarías eran incapaces de llevarse bien, que no compartían nada y que disfrutaban llevándose siempre la contraria.

- Mmmm… ¡estos niños se merecen una buena lección!

El hada madrina, que era invisible para todos menos para el abuelo Paco, se acercó a donde estaban los niños, Zacarías en la arena, Alicia dentro del mar, y sacando unos polvos mágicos del bolsillo de su vestido se los echó a cada uno de ellos. De repente, Zacarías y Alicia dejaron de jugar y se dirigieron a su abuelo.

- Abuelo, ¡qué ganas de comerme un helado me han entrado! – exclamó Zacarías.

Alicia, miró a su hermano contrariada. A ella también le apetecía muchísimo un helado pero no estaba dispuesta a admitirlo. Sin embargo, cuando el abuelo Paco le preguntó si quería también uno, la pequeña afirmó entusiasmada:

- Sí, sí, ¡yo también quiero uno!

Nada más decir aquello, Alicia se llevó la mano a la boca. Pero si aquello no era lo que quería decir… ¿qué le pasaba a su boca? Era como si tuviera vida propia. Y ya no había remedio. Por primera vez en su vida iba a hacer algo exactamente igual a su hermano.

Pero las cosas extrañas no habían hecho más que empezar. Cuando el abuelo Paco y los dos niños llegaron a la heladería comenzaron a mirar todos los sabores…¡había tantos!

- Fresa, limón y menta – señaló convencida Alicia.

Zacarías miró a su hermana extrañado. Fresa, limón y menta eran justo los sabores que le apetecían a él. Pero por nada del mundo habría elegido los mismos sabores que ella. Así que miró y miró y decidió que chocolate, vainilla y nata serían sus sabores. Sin embargo al abrir la boca…

- ¡Yo también quiero fresa, limón y menta!

Nada más decir aquello, Zacarías se llevó la mano a la boca. ¿Fresa, limón y menta? Aquello no era lo que quería decir. Zacarías suspiró y se resignó, por primera vez en su vida, iba a comer exactamente lo mismo que su hermana.

Pero las cosas extrañas todavía no habían terminado.

- ¡Vaya! Solo hay fresa, limón y menta para un helado – exclamó el heladero.
- Pero si hay un montón – protestó Alicia.
- Está reservado para otros clientes. Si los dos queréis un helado de fresa, limón y menta tendréis que compartirlo.
- ¿Compartirlo? – gritó indignado Zacarías.
- Claro, es un helado muy grande, podéis comerlo entre los dos – afirmó el abuelo Paco.

Eso ni hablar, pensó muy enfadada Alicia. Pero cuando quiso decírselo a su abuelo, su boca volvió a desobedecerla:

- ¡Qué buena idea, abuelo!

Zacarías miró a su hermana como si esta se hubiera vuelto loca y exclamó:

- Sí, sí, ¡qué buena idea!

Los dos niños se miraron asombrados, ¿qué estaba ocurriendo? Pero aquello era cosa de magia y ninguno pudo evitar que tuvieran que compartir aquel helado de fresa, limón y menta.

- ¡Qué rico! – exclamó Zacarías.
- A ver, ¿me das un poco de fresa? – le preguntó Alicia –. Mmmm, sí que está bueno.

Cuando quisieron darse cuenta, Zacarías y Alicia se habían terminado el helado. Los dos se miraron como si fuera la primera vez que se veían.

- Oye, voy a hacer un castillo de arena. ¿Te apetece hacerlo conmigo?
- Vale, y luego si quieres podemos meternos un rato en el mar a saltar las olas.
- ¡Genial!

El abuelo volvió a sentarse bajo la sombrilla mientras contemplaba divertido a sus nietos. ¡Por fin podrían disfrutar de lo maravilloso que era tener un hermano con el que jugar! Y es que no había nada mejor que la magia de un hada madrina para arreglar todos los problemas…

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