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La Hora del Cuento: Un cuento de reyes

La hora del cuento  · 

La Hora del Cuento: Un cuento de reyes

El mes de diciembre es frío y oscuro, los días son más cortos y todos llevamos bufandas y guantes, pero las casas se llenan de vida. Cuando se acerca Navidad adornamos los comedores con árboles repletos de bombillitas, y en las calles luces de colores dibujan campanas y estrellas.

Un cuento de reyes, por Eva Bielsa, del blog La Cafetera de Sant Cugat.

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En una calle de Sant Cugat vivía con sus padres un niño, tan risueño como travieso, llamado Oriol. De ojos muy grandes y observadores, Oriol era un niño parlanchín y amigo de todo el mundo. De gran imaginación, en su habitación tenía un montón de dibujos que él mismo había hecho con pegatinas de colores, desde coches hasta dragones.

Los días de Navidad, en casa, se divertía jugando con su abeto inventando historias con la hilera de lucecitas, las bolas, los Papa Noels y los renos que de él colgaban. En el parque, todos los niños hablaban de los juguetes y muñecos que pedían a los Reyes.

Un día volviendo del parque Oriol empezó a nombrar todos los juguetes que quería pedir:

- Mama, mama, les pediré el disfraz del Spiderman, y los dinosaurios que me faltan y una bici de niño grande y -…

Oriol, no puedes pedir tantas cosas, a los reyes solo les deberías pedir la cosa que más ilusión te haga y si te has portado bien, quizás té la traerán.

- ¿Te has portado bien este año?- dijo la madre mirándolo de reojo.

Oriol se la quedó mirando y empezó a pensar en las veces que no había hecho caso a sus padres, a los abuelos, o a la profesora de clase…y de repente se puso triste porque no sabía si los Reyes pensarían que se había portado suficientemente bien.

Dos días antes de la Cabalgata de Reyes, durante una tarde de lluvia, Oriol jugaba con los coches en el comedor de su casa, y le pasó una cosa muy extraña. Su madre entró al comedor y viendo la ventana entreabierta exclamó:

- ¿Oriol, por qué has abierto la ventana? Entrará el frío y, mira, ya han entrado algunas gotas de agua.

- Yo no he sido mama- respondió Oriol mirándo a su padre, como si hubiera sido él.

Se acercó y, cuando la iba a cerrar, vio dos cuerdecitas colgadas del marco de la ventana que llegaban hasta el suelo. Las estiró y la cerró. Las cuerdecitas estaban unidas entre ellas como si fueran una escalera y, intrigado, se la guardó. Cuando se sentó para seguir con sus maniobras de coches, había gotas de agua alrededor de éstos, todos estaban cambiados de lugar y, cuando los movió, encontró una nota dentro de Mate que decía: “Pórtate bien, te estamos vigilando”

¿De donde había salido aquel mensaje? ¿Quién había abierto la ventana? ¿Y la escalera de cuerdecitas? Pensando en estas preguntas cogió el coche de policía y siguió las diminutas gotas por el comedor hasta llegar al árbol de navidad. En silencio, se quedó mirando los adornos y las luces que él mismo había colgado y, de pronto, descubrió que había lucecitas del árbol que no estaban atadas entre ellas, estaban sueltas, ¡Pero hacían luz! ¿Cómo podía ser? Estaba a punto de coger una cuando escuchó a su madre:

- ¡Oriol, no marees más el árbol, y ven a cenar!

Oriol consiguió coger una de aquellas extrañas bombillas y sin mirársela demasiado se la puso en el bolsillo.

Después de cenar su madre lo acompañó a la cama y se quedó sol. Cuando iba a sacar la bombilla del bolsillo empezó a sentir un cuchicheo y se levantó atemorizado. Detrás de la cortina podía ver un resplandor de colores meneándose y se acercó lentamente.

- ¡Oriol, cuando nos veas no grites!- oyó que le decía una vocecita que venía de las luces, mientras la bombilla le saltaba del bolsillo para esconderse detrás de  la cortina.

Al instante apartó la cortina y se encontró cinco hombrecitos de dos dedos de altura sonriéndole y rascándose una barriga muy redonda.

Eran como enanos pequeños de colores, con una piel parecida al vidrio de las bombillas, las manos y los pies de hojas de abeto, la cabeza en forma de rosca y la barriga como un globo iluminado. Tenían una apariencia extraña pero su cara desprendía simpatía y ver como se rascaban la barriga era realmente divertido.

- ¿Pero, qué sois? - preguntó Oriol, con un hilo de voz, ya arrodillado delante de ellos.

- Somos los Lumbrecitos de los Reyes que hemos venido para ver si te has portado bien, puesto que nos han dicho que has sido un poco travieso.

Oriol se los miraba boquiabierto, dudó unos segundos, y haciendo una sonrisa los hizo subir a su mano y los  dejó en la cama. Se presentaron y una vez los lumbrecitos estaban sentados cómodamente en su cojín, Bombilla, que era el más despierto, le explicó su historia.

- Hace muchos años que trabajamos para los Reyes Magos de Oriente. Durante el año vivimos en las zonas más alejadas de la ciudad, en los bosques, en los árboles y en las cuevas. Nuestra virtud es que somos capaces de hacer luz si nos rascamos la barriga y, por la noche, siempre ayudamos a todos los animales que cuando oscurece siguen trabajando, haciendo nidos o buscando alimentos. Cuando se acerca el Día de Reyes vamos a las ciudades a vigilar los niños que no se han portado bien, los espiamos durante dos días desde su árbol de navidad y después decimos a los Reyes si les deben dejar juguetes o carbón. Como ves tú eres uno de estos niños y nosotros, Polvo, Cerilla, Rayo, Trueno y Bombilla, tenemos la misión de pasar contigo dos días, ver si has sido un buen niño y marcharnos con los Reyes. No nos deberías haber visto nunca, la lluvia nos ha delatado, pero esperamos que nos guardes el secreto.

Juntos pasaron dos días geniales, Oriol aprendiendo de aquellos seres tanto extraños y los lumbrecitos conociendo un niño de verdad que los pudo llevar a su primera Cabalgata de Reyes. Se lo pasaban muy bien jugando juntos, Oriol les colocaba pegatinas de colores en la espalda y entre todos intentaban adivinar de qué color la llevaba cada uno.

La Noche de Reyes, después de cenar, Oriol se estaba lavando los dientes antes de ir a dormir y los lumbrecitos, que iban con él a todas partes, jugaban alrededor del lavamanos. Estaban descubriendo qué era un espejo, un grifo y el agua que salía, cuando de repente...

- ¡Oh! ¡No! ¡¡Bombilla!!- gritó Rayo muy asustado.

Rápidamente Oriol cogió a Bombilla que había resbalado por el lavamanos y mojado, y apagado, empezaba a llorar.

- ¿Qué haré ahora? ¡Mojado no puedo hacer luz!

Oriol se  lo llevó a la habitación y el resto de lumbrecitos lo siguieron muy preocupados.

- Oriol, tenemos que  arreglar a Bombilla. ¡Se tiene que secar para poder hacer luz!

- ¿Y si no se seca?- preguntó Oriol.

- Si no se seca no podrá irse esta noche con los Reyes, tampoco podrá hacer luz y se irá haciendo pequeño y pequeño hasta que desaparezca – dijo Polvo muy triste.

- Quiero volver a casa...- decía entre sollozos Bombilla.

Oriol con mucho cuidado intentó secar al lumbrecito con las sábanas, pero por más que Bombilla se rascaba la barriga no conseguía iluminarse. Después de intentarlo durante un rato Oriol salió de su habitación con lágrimas en los ojos.

- ¿Pero Oriol, qué pasa? No llores, no te has portado demasiado bien pero seguro que los reyes se lo repiensan y te dejan algo. – Le decían los padres sorprendidos.

- ¡No, no es por eso!- lloriqueaba Oriol.

- Entonces seguro que te podemos ayudar.- decía el padre.

No se hizo rogar demasiado y secándose las lágrimas de los ojos puso el lumbrecito sobre la mesa del comedor. Los padres abrieron los ojos como platos viendo aquel hombrecito lleno de vida mirándoles y, sentándose en una silla, esperaron las explicaciones de Oriol.

- No os lo debería decir pero este es Bombilla, un Lumbrecito de los Reyes que ha venido a espiarme. Me estaba lavando los dientes cuando ha resbalado por el lavamanos y se ha mojado. Ahora ya no puede hacer luz y si no se marcha hoy con los Reyes y los otros lumbrecitos está perdido. Le he enrollado con las sábanas pero no se seca...

Los padres incrédulos y algo asustados, viendo el lumbrecito intentando hacer luz con la barriga, se miraron y le dijeron:

- Oriol, secaremos este lumbrecito y podrá irse con los Reyes, seguro que podremos ayudarlo.

La madre cogió con cuidado a Bombilla y con papel de cocina le hizo una especie de albornoz para absorber el agua. Enchufó un secador de pelo y, poniéndolo muy flojito, le empezó a echar aire caliente. El lumbrecito se dejaba hacer, a sabiendas que no le querían ningún mal, y poco a poco se fue sintiendo mejor.

Lo secaban y lo secaban pero Bombilla no podía hacer luz. Se hacía tarde y todos tenían que ir a dormir para que pasaran los Reyes.

- Lástima, necesitamos más tiempo, tendremos que taparlo con algo- decía la madre, que en un momento había preparado un saco de un trozo de toalla y se lo había puesto al lumbrecito como si fuera un vestido.

- Oriol, déjalo así con el resto de lumbrecitos y con un poco de suerte habremos conseguido secarlo para cuando lleguen los Reyes y podrá irse con ellos.

Y así lo hicieron, Oriol se despidió de los lumbrecitos, que esperaban la llegada de los Reyes dentro sus zapatos, y él y sus padres se fueron a dormir.

Al cabo de un rato un ruido le despertó, venía del comedor, ¡debían ser los Reyes!. Muy silenciosamente se acercó a la puerta del comedor y pudo ver unas sombras con coronas trasteando por el sofá. Ya no le preocupaban sus regalos sino que su amigo Bombilla pudiera volver a casa.

Pasados 5 minutos oyó cómo abrían la ventana dispuestos a marcharse y, a ras del suelo, unas lucecitas de colores los seguían. Una amarilla, una verde, una azul, una lila....y unos segundos más tarde vió como se encendía una lucecita roja.

- Bombilla!- dijo muy flojito, con una alegría inmensa. Volvió corriendo a la cama para esperar la mañana.

Cuando se despertaron, Oriol encontró carbón en sus zapatos, no podemos olvidar que no se había portado bien, pero encima del sofá había el disfraz de Spiderman con una pegatina de color enganchada y entendió que el disfraz se lo habían dejado los lumbrecitos, por haberles ayudado. Muy cerca había estado de quedarse sin regalos, había aprendido la lección y el año siguiente seguro que se portaría mejor.

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