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La casa de queso

La hora del cuento  · 

La casa de queso

Por Alberto Guaita Tello

Como cada primer domingo de cada primavera, desde que aprendió su noble oficio, el gran maestro quesero se dirigió al amanecer desde su pequeña aldea al mayor pueblo del Valle del Pas, para llevar sus quesos. Uno de ellos era enorme, casi tan grande como las ruedas del carro en el que lo cargó.

Como el camino no era muy largo, y llevaba algo de prisa, porque quería llegar de los primeros y coger unos de los mejores sitios para exponer sus quesos, decidió no atar los quesos.

Andaba por el camino subido en su carro, contento, pensando en que este año seguro que ganaría el gran concurso de los Tres Valles Pasiegos, con su enorme queso de vaca, cuando, de repente, una de las ruedas del carro tropezó con una gran roca que había rodado de la ladera, haciendo que su carro se volcara peligrosamente hacia el abismo durante unos instantes, para después aplomarse de nuevo sobre sus ruedas.

El enorme queso, al inclinarse el carro, saltó por encima de las tablas del mismo y empezó a rodar montaña abajo, como casi había hecho él mismo hacía un momento.

El maestro quesero, desolado, vio como el queso rodaba y rodaba y rodaba, dando enormes saltos a medida que cogía velocidad, saltando por encima de riachuelos y rocas, para perderse en el fondo del valle. Este año no ganaría el premio al queso más grande.

 

2

 

Llegando al valle, en la madera de un viejo tocón hueco de roble, al fondo de una de las numerosas pequeñas hondonadas que en él se encuentran, tenía su nido un lirón careto, donde vivía y guardaba sus nueces y sus escaramujos.

Como buen lirón, aun estaba durmiendo cuando escuchó un enorme estruendo que lo despertó de repente, algo enorme había caído sobre su tocón.

-¿Será un piedra? pensó ¿Me habrá roto la casa?

Salió rápido de su madriguera y miró hacia arriba. Algo grande, muy muy grande, había quedado encajado profundamente de canto en el tronco.

-¿Qué puede ser esto?

Era totalmente redondo. Al acercarse muy despacio a la extraña cosa, empezó a notar un olor que hizo que su tripa rugiera y la boca se le hiciera agua.

¿Cómo podía oler algo tan bien? Olía mejor que las nueces, y que las bellotas, hasta mejor que las deliciosas avellanas.

Se acercó hasta tenerlo pegado a su negra naricilla, cerró los ojillos y aspiró profundamente el rico aroma del queso. Casi sin darse cuenta, le dio un tremendo bocado a aquel descomunal manjar.

¡Sabía aun mejor de lo que olía!

¿Qué había hecho para tener la suerte de que semejante fortuna le lloviera del cielo?

Y comiendo y comiendo, en pocos días había excavado galerías, y al cabo de algunas semanas habitaciones e incluso pequeños ventanucos para que le entrase la luz, a medida que avanzaba por el queso.

Sacó sus cosas de su nido y las trasladó al queso. Instaló su cama en una de las habitaciones, se llevó su mesa y sus sillas al salón y montó una gran despensa donde ordenó con esmero todas sus avellanas, nueces, escaramujos y bellotas, para comérselos mezclados con el queso.

Incluso hizo un canal que llevaba el agua desde la parte superior del queso hasta su baño, donde instaló su pequeña bañera cerca de la ventana.

Era feliz en su casa de queso, la única casa de queso del mundo.

Claro estaba que no solo podía comer queso todos los días, así que un día decidió salir a por más nueces por el bosque del valle.

Pero según se alejaba de su preciada casa, empezó a sentir algo que jamás había sentido. Estaba muy preocupado ¿Y si alguien encontraba su casa de queso y se la comía?

¿Y si otro lirón le preguntaba por qué todo él olía tan bien?

¿Qué le diría? Porque no quería mentir, pero tampoco quería que nadie supiera de su tesoro.

Empezó a esconderse detrás de las piedras, de los arbustos, a pasar bajo los musgos para no ser visto por ninguno de sus amigos del bosque. De esta manera, le fue muy difícil conseguir más nueces, tardó mucho para encontrar bien pocas de ellas.

De vuelta a su casa, se sobresaltaba por cada sonido que oía, temiendo que alguien le viera y le siguiera hasta su nueva hogar, pensando para sus adentros: con lo tranquilo que vivía yo antes, con mis nueces y mi antigua casa, y ahora que tengo tanto que comer que no me lo acabaré en la vida, estoy todo el rato nervioso por si lo pierdo.

 

3

 

Así pasaron muchos días; fue perdiendo toda la alegría que le daba su casa de queso, mientras recordaba con melancolía la época en la que salía tranquilamente a buscar provisiones,  a pasearse por el bosque sin preocuparse más que de las águilas. Cansado de la situación, decidió ir a preguntarle a una liebre muy vieja que vivía cerca de su casa.

-No sé que hacer, liebre, tengo todo lo que puedo querer, y más aun, pero ahora soy menos feliz que antes de tenerlo.

-Careto, lo único que puedes hacer es repartir todo eso que dices que te sobra, entonces empezarás a ser feliz de nuevo; si lo repartes todo, tu felicidad será completa.

-Pero, me quedaré sin queso, y sin mi nueva casa.

-¿Te gustaba el nido en el que vivías antes?

-Sí, claro, era seco y caliente, y tenía muchas nueces para el invierno.

-Pues quédate con parte del queso, reparte el resto y vuelve a tu hogar verdadero. No tiene sentido que lo dejes echar a perder, ya que no podrás comértelo todo ni aunque vivas cien años.

Cabizbajo y poco dispuesto, el lirón volvió a su queso. Pero ya no solo estaba preocupado de día, sino que no pudo dormir esa noche, ya que tuvo horribles pesadillas en las que alguien se había llevado su casa de queso y se quedaba sin nada.

Al amanecer, tomó una decisión importante. Salió a pasear, y en lugar de esconderse, saludó a todos los amigos que había estado evitando. Algunos empezaban a estar inquietos por su aparente desaparición, así que se alegraron mucho de volver verlo. Dándose cuenta de lo que se había estado perdiendo, desde que le apareciera un queso en su casa, los invitó a todos a darse el mayor festín que se recuerda en toda la historia del bosque del Valle del Pas.

Y no solo se dieron un gran festín, sino que sobró para que todos pasaran el mejor invierno de sus vidas.

 

 

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Alberto Guaita Tello

Crecí rodeado de cuentos clásicos y leyendas locales en Camerún. Vivo con mi esposa en los mágicos valles de Cantabria. Pronto publicaré “Cuentos de la Zamina” y “El Corazón de la Montaña”.

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xiomara

el cuento esta vonito y muy hermoso