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Camila y las ardillas

La hora del cuento  · 

Camila y las ardillas

Por María Clara Mejía Villate

Es la historia de una niña y un grupo de ardillas que juegan al lado del rio, cuando de repente se aparece el lobo que les da una gran lección de vida.

Apenas amanece, y Camila está en la cocina metida de cabeza en la anaquel buscando la cesta de mimbre para el picnic.

—¡Por fin te encuentro!— le dice a la canastilla en forma de reproche poniéndola encima del mesón. Toma una silla, la pone enfrente de la alacena para poder alcanzar las nueces y semillas «Ahora fruta fresca, algo de agua y listo», piensa la niña bajándose de la silla.

—¡Mami, salgo para el valle a la orilla del rio!— le avisa a su madre.

—¡Cierto, hoy es tu día de picnic— dice Fiona, su mamá —cuídate.

Camila sale de su casa pausadamente para disfrutar de la mañana soleada. Deja sus zapatillas al lado del portón, para ir al rio. Una inmensa sonrisa se dibuja en rostro, haciendo que su pequeña y pecosa nariz se arrugue porque el pasto le hace cosquillas. Cuando desde lejos puede ver al rio, cierra los ojos y disfruta su cántico, de su fresca humedad; su sonrisa cambia y se transforma en el instrumento musical perfecto para silbar la melodía especial al rio. En ese momento se asoman Luna y Pepa, dos ardillas que bajan velozmente de un árbol.

—¡Cami, llegaste!— dice Luna emocionada moviendo su pequeña nariz olfateando la canastilla.

—¡Ahora sí nos vamos a divertir!— añade Pepa frotándose su panza.

—Corramos hacia la orilla del rio— propone Camila.

Las ardillas llegan primero, quitan las hojas secas, para que la chica se pueda sentar sin problemas y empezar el picnic. Camila pone sobre el pasto la canstilla, saca el mantel de cuadros rojo con blanco. Abre las cajas con nueces, poniéndolas en el centro de la colorida tela, al lado de la fruta fresca y el termo con agua.

—Bien, todo está listo — anuncia la niña —¡Esperen, todavía no! ¿Dónde estan Sol y Tere?— cuestiona, mientras que las busca con su mirada, hasta que por fin alcanza a divisar un par de colas peludas de color castaño, corriendo ágilmente.

—Casi no llegamos, perdón por la tardanza— dice Tere.

—Creo que debemos tener mucho cuidado, porque cuando estabamos en la cima del árbol, vimos a Pancracio— añade Sol preocupada. Todas se miran entre sí con un poco de miedo, los rumores señalan que el zorro Pancracio puede llegar a ser peligroso.

—Consigamos hierba seca para hacer montañitas y, si el zorro se acerca, el crujir de las hojas nos alerta, ustedes corren hacia el árbol y yo al rio— propone Camila —¡manos a la obra!.

Al terminar el trabajo, las ardillas llegan en un santiamén al mantel para deleitarse con la suave textura del banano, el seco pero delicado sabor de las nueces y semillas. Una vez finalizado el banquete, todas corren por todo lado, lanzándose hierba seca, rien sin parar, ya no recuerdan a Pancracio, quien las mira escondido detrás de un árbol esperando el momento indicado para sorprenderlas.

—¡Qué bien! ya se recostaron para descansar— dice Pancracio mientras que camina sigilosamente para no ser descubierto. Pero cae en la trampa, el crujido de las hojas secas hace que las ardillas y la niña se alerten. Pancracio al ser sorprendido corre velozmente hacia ellas.

—¡Luna, Pepa, Sol, Tere, suban al árbol!— ordena Camila.

—¿Y tu?— pregunta Sol consternada.

—No se preocupen por mi.

Las ardillas corren hacia el árbol; Camila trata de llegar al rio pero se tropieza con la canastilla y cae al suelo.

—Pero a quién tenemos aquí…— dice el zorro con su indecifrable voz, mirando fijamente a Camila.

La niña se levanta temblorosa del pasto, la piel de gallina delata su miedo.

—Pancracio, no te tengo miedo— exclama Camila enfrentándolo valientemente.

—Hueles a miedo— le dice el zorro.

Las ardillas miran lo que pasa, deciden ayudarla, por eso Luna y Sol corren hacia su casa para avisarle a su madre. Al llegar tratan de contarle los sucesos Fiona, aunque ella no las entiende, las sigue. Cuando están por llegar al rio, Fiona alcanza a ver la canastilla. Teme lo peor.

—No lo puedo creer— dice Pepa sorprendida.

Camila y Pancracio están sentados disfrutando del paisaje, como amigos.

—Chicas trajeron a mi madre— exclama Camila feliz.

—No se preocupen, Pancracio no es malo. Nadie quiere acercársele por su sombría apariencia; él solo busca compañia— explica la niña.

—¿Pero su voz malvada?— cuestiona Tere.

—Es nuestra imaginación— dice Camila.

—Mira Pancracio, ellas son las ardillas y mi mamá, no debes sentir miedo.

Fiona se aproxima con precaución para acariciarlo, y confirmar si es cierto que sea inofensivo. Al comprobar la inocencia del zorro, las ardillas se acercan, sentándose a su alrededor para escucharlo, quien como el sabio de una tribu, le cuenta a sus nuevas amigas cada una de las aventuras que ha vivido en el bosque.

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