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La Hora del Cuento: 5.000 libros de tapas rojas

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La Hora del Cuento: 5.000 libros de tapas rojas

Hoy en nuestra Hora del Cuento os traemos un cuento muy, muy especial, se trata de un cuento por entregas de María Bautista, e ilustrado por Raquel Blázquez, de Cuento a la vista. Una preciosa e intrigante historia sobre las aventuras de un libro de tapas rojas único llamado Solotú. Si no quieres perderte ninguna entrega, atento a nuestra Hora del Cuento de los sábado.

Hace algunos años existió en tu ciudad un libro muy especial. Tenía las tapas rojas y la aventura que vivió fue tan increíble que aún hoy la recuerdan todos los cuentos novatos que salen de las imprentas, que son las fábricas de los libros. Su historia seescucha entre las estanterías de las librerías, por los pasillos de las grandes bibliotecas y en los patios de los colegios. 

La increíble aventura del libro de tapas rojas, como casi todas las historias, comienza por el principio: por el nacimiento de nuestro protagonista. Ocurrió en el polígono industrial Los Nogales, en una inmensa nave llena de ruidosas máquinas que trabajaban a toda velocidad. Imprimían hojas, cortaban folios, cosían todas las páginas, le añadían una portada y ¡listo!: había nacido un libro. 

Aquella tarde repitieron ese proceso hasta 5.000 veces, ya que 5.000 eran los libros de tapas rojas que debían nacer. Cada uno 
tenía un número de fábrica, según el momento en que habían llegado al mundo. El mayor era el 1, el siguiente era el 2 y el más pequeño de todos era el libro 5.000. Nuestro protagonista era el número 3633 y a pesar de ser exactamente igual al resto, se sentía diferente. Había algo en él que le decía que no podía compararse a los demás. Tal vez era por sus tapas rojas, que le parecían las más brillantes y llamativas de todas, o por las letras de su lomo, más elegantes y oscuras o por el dibujo perfectamente trazado de su portada. No podía definirlo, pero sabía que, de alguna manera, era diferente al resto. Por eso se pasaba el día presumiendo de ese algo especial que le hacía único: 

- ¿No es increíble las historias que hay en mis páginas? ¿Qué libro ha llevado dentro aventuras tan maravillosas como las mías? ¡Solo yo!

- ¿Solo tú? Pero si son iguales a las mías – respondía asombrado 2768.

- Y a las de todos. Si no te lo crees te cuento el final del capítulo 3, ya verás como es igual – añadía 691.

- Pura casualidad. Además ¿qué me decís de mis colores? ¿Hay alguien que los tenga tan bonitos? Solo yo. 

- Ya, claro, solo tú.

Por mucho que sus compañeros trataban de convencerle de que no era especial, 3633 seguía sin querer darse cuenta. Por eso todos le llamaban burlonamente Solotú, lo cual, en vez de enfadarle, le encantaba, puesto que demostraba que tenía razón. 

- ¿Veis como soy diferente? Tengo hasta nombre propio mientras que a vosotros solo os conocen por vuestro número de fábrica. 

El resto de libros no hacía demasiado caso a las fanfarronerías de Solotú. Estaban muy atareados aprendiendo a ser buenos libros. Para eso, durante sus primeros días de vida en la enorme nave industrial donde estaba la imprenta, recibían clases de las máquinas impresoras, que sabían mucho sobre el tema. Les enseñaban, entre otras cosas, lo que significaba ser un libro infantil y cuáles serían sus funciones. Así fue como los 5.000 libros de tapas rojas descubrieron que lo más importante era ser leído y disfrutado por un lector y que el peor fracaso al que tendrían que enfrentarse, sería el de no conseguir entretener a nadie. 

- ¡Yo no quiero que ocurra eso!– comentó asustado 1016 – pero ¿y si acabamos en casa de un niño al que no le gusta leer? 

- Eso es imposible. ¿Qué otra cosa mejor van a hacer? Pero si leer es divertidísimo… - exclamó sorprendido 4709.

- No te creas. He oído que hay muchos niños que prefieren otras cosas antes que la lectura – afirmó 23, que como había sido de los primeros en nacer tenía mucha más experiencia. 

- Sí, sí. Yo también lo he escuchado. Al parecer hay un aparato que se llama televisión y que les encanta. Se pasan horas delante de él. 

- ¿En serio? Ay madre, ojalá que el niño que me compre no tenga una tele de esas y lea muchísimo. 

Todos andaban preocupados por cuestiones como esta mientras esperaban en la imprenta a que les enviaran a diversas librerías. Todos menos Solotú, que estaba tan convencido de su belleza y originalidad que no dudaba en que se convertiría en el libro favorito de los niños. 

- Se pelearán por mí, ya veréis.

- Qué cosas dices Solotú. Nadie se pelea por los libros. Es lo bueno que tenemos: una vez que nos lee un niño se lo puede pasar a otro y a otro y así disfrutarlo todos. 

- Pues por mí se pelearán, ya lo verás. 

A los pocos días llegaron varios camiones. Eran los encargados de llevar los libros a sus nuevos hogares: las librerías del país. Unos se irían en grupo a grandes almacenes donde habría libros a montones. Otros se marcharían solos a pequeñas y viejas tiendas llenas de encanto. Había llegado el momento de separarse y cumplir su misión.

Continuará...

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