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"La Isla del Tesoro", un reencuentro con la literatura de aventuras

Jóvenes lectores  · 

"La Isla del Tesoro", un reencuentro con la literatura de aventuras

Por Ana Domínguez Vizcay

A veces se te olvida lo placentero y sugerente que puede resultar, a los “taitantos”, recuperar la lectura de clásicos de aventuras como La Isla del Tesoro. Cierto es que esta edición de Blume es una joya en sí misma por su cuidada edición y por las soberbias ilustraciones del australiano Robert Ingpen.

Recuerdo haber disfrutado en mi infancia de varias adaptaciones y retengo con nitidez las imágenes de la fiel adaptación cinematográfica de Victor Fleming del año 1934. Más de una vez la habría visto en aquellas sobremesas de sábado en las que toda nuestra oferta televisiva se reducía a La 1 o La 2. Pero leerlo hoy, me ha permitido certificar que un clásico de la literatura juvenil no tiene edad, por mucho que lo cataloguemos.

En este sentido, es notable la labor que ha realizado editorial Blume con su colección “Clásicos de siempre”,  que recoge este y otros títulos emblemáticos como Tom Sawyer, La vuelta al mundo en 80 días, El libro de la selva, El mago de Oz o Alicia en el País de las Maravillas. El hilo conductor de todos ellos son, precisamente, las imágenes de Robert Ingpen, reputado artista ganador del premio Hans Christian Andersen de ilustración en 1986. He hecho la prueba. Sus dibujos, difuminados al tiempo que detallistas, tan realistas como imaginarios, fascinan por igual a niños de 6, 10 ó 70 años.

stevensonRobert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850), apasionado viajero, dedicó el libro en 1883 a Lloyd Osbourne, su hijastro, semi-inválido, y para quien ideó esta historia como entretenimiento cuando el niño tenía 12 años. El ilustrador también dedica su trabajo a su nieto. La Isla del Tesoro tiene la capacidad de tejer vínculos entre generaciones, quizás porque sus protagonistas lo hacen.

Las cubiertas del libro, los esbozos de las guardas, el tacto perlado y tonalidad sepia de cada página, la genialidad del color en las ilustraciones de Ingpen… nos van trasladando a una época, el siglo XVIII, con inscripciones doradas bajo relieve, letras antiguas escritas con tintero y pluma, y el pergamino de un mapa en el que adivinamos un posible escenario. Una inquietante isla, ubicada en la parte occidental del Océano Pacífico, en la que se oculta el botín acumulado a lo largo de los años de piratería del desaparecido Capitán Flint.

El protagonista de nuestra historia es Jim Hawkins, un niño que trabaja en la posada del “Almirante Benbow”, regentada por sus padres. Allí parará Bill Bones, un viejo bucanero que esconde en un baúl el deseado mapa. El traidor es localizado por sus antiguos camaradas, pero el destino querrá que el pergamino acabe en las manos del pequeño Jim, que compartirá su secreto con el Caballero Trelawney y el Doctor Livesey. A partir de aquí, una expedición en la goleta La Hispaniola, una sospechosa tripulación, un cocinero que no es tal al que todos llaman John Silver El Largo, un motín a bordo, un hombre en la isla…

la isla el tesoro

No destriparé la historia. Solo lanzaré una ráfaga de cañonazos cargados con los aspectos que más me han gustado de La Isla del Tesoro, y por los que aconsejaría compartir esta historia con los más pequeños:

  • La fuerza de su ritmo narrativo es impecable, los diálogos vivos, el estilo sobrio. Ni falta ni sobra. Dice Fernando Savater: “Raro es el año que no la releo al menos una vez; y nunca pasan más de seis meses sin haber pensado o soñado con ella”.
  • La aventura a través del niño. Jim es el protagonista y quien cuenta la historia en primera persona (salvo, genial licencia de Stevenson, en 3 de los 34 capítulos del libro, en los que cede autoría al Doctor Livesey). Y lo hace desde su mirada noble, curiosa, la de alguien que inicia su proceso vital… A nuestros hijos, les tomamos de la mano para cruzar un paso de cebra. Jim se codea con corsarios y malhechores, se enfrenta a continuos peligros, mira a la muerte cara a cara, toma decisiones que ponen en juego valores como el honor o la fidelidad. Su relación con el Capitán Silver -que mezcla temor, admiración, ternura y compasión- es sencillamente magistral.
  • Es un libro que se ve. Las descripciones de personajes, escenarios y situaciones son tan perfectas que casi puedes tocar la historia. Dice en el primer capítulo, “recuerdo como si fuera ayer el día en que llegó, con torpe andadura, a la puerta del albergue, y tras él, en una carretilla, un cofre de marinero. Era un hombretón alto, recio, pesado, muy bronceado; la coleta embreada le caía sobre los hombros de la casaca azul, cubierta de manchas; tenía las manos agrietadas y llenas de callos, con las uñas negras y rotas; y la cicatriz que cruzaba una de sus mejillas le había dejado un costurón lívido, de sucia blancura”.
  • Una lección de historia. Hay mucha verdad en esta aventura que responde a un contexto de apogeo y declive de la piratería. Es muy interesante analizar los estamentos sociales que confluyen en el navío, lo que es la vida del puerto, los trámites, la gestión de provisiones antes de partir (incluido el ron)…
  • Te enamoras del vocabulario y términos marinos. El diccionario echa fuego, eso sí, pero qué armonía encuentras en tantísimas frases. ¿No suena hermoso? “Oí un tropel de gente que subía presurosa de la cámara y del rancho de la marinería, y, tras deslizarme en un instante fuera del barril, me agazapé bajo la cangreja del trinquete, di un rodeo hacia popa y volví a aparecer sobre la cubierta, despejada a tiempo para reunirme con Hunter y el doctor Livesey, que corrían hacia la amura de barlovento”.
  • La construcción de personajes principales y secundarios, incluida la goleta, La Hispaniola, que es uno más a mi modo de ver. John Silver, ¡menuda alhaja!, tiene un poder especial, pero el resto –Perro Negro, Ben Gunn, el Capitán Smollet, el Caballero Trelawney, Israel Hands- son palpables gracias a sus descripciones físicas y psicológicas a través de los diálogos.
  • Habla de la condición humana. De lo mejor y lo peor que tenemos. De honor y traición, de ambición y generosidad, de nobleza y picaresca. ¿No daría para un buen debate en el aula de cualquier colegio si lo aplicáramos a la actualidad?

la isla del tesoro

Lo confieso. El espíritu de La Isla del Tesoro me ha poseído. No pongo el listón tan alto como Savater, pero de aquí salgo con un compromiso: un par de clásicos de aventuras al año, no hacen daño. Me reservo Tom Swayer para este verano.

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Palabras clave de este post: cuentos clásicos, cuentos populares, cuentos de aventuras

Ana Domínguez Vizcay

Periodista de formación y postgrado en Marketing Digital. Hace más de una década que me muevo en el ámbito de la comunicación corporativa y el marketing editorial y he podido disfrutar de algunas experiencias como editora. Me seduce el universo de la literatura infantil, sus fondos y sus formas. Compartir un cuento con mis hijos cada noche es la guinda que me endulza el día

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Gorka Moreno

Muy buena crítica. Dan ganas de sumarse a ese compromiso de releer los clásicos!

Gorka Moreno

Muy buena crítica. Dan ganas de sumarse a ese compromiso de releer los clásicos!

Ana Domínguez Vizcay

¡Gracias Gorka! ¡Súmate!