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Los puntinotas

La hora del cuento  · 

Los puntinotas

Por José María de Arquer

Cuento dedicado, en general, a todos los niños, jóvenes y adultos que se ocupan de crear música y acercarla al mundo, para que otros, como yo, la disfrutemos como parte esencial de nuestras vidas; y en particular, a la revista musical Kids Music, nacida con la voluntad de fomentar la enseñanza musical y de ser punto de encuentro de inquietudes musicales. Tanto si compones música clásica, de estilo rock, techno o cualquier otro –porque la música tiene una gama de colores inacabable–… ¡Gracias! ¡Te queremos y te necesitamos!

Hace muchos, muchos años, vivían en algún lugar de la tierra unas extrañas y simpáticas criaturas conocidas como puntinotas, nombre que tomaron por la forma redonda de sus cuerpos y el sonido que emitían.

Se llamaban Do, Re, Mi, Fa, Sol, La y Si y cada uno dominaba una nota a la perfección.

Cada mañana, al salir el sol, salían de su madriguera y corrían al bosque. Podían pasar horas sentados o colgados de las ramas de los árboles, donde practicaban su sonido particular.

Es cierto que Do, el más pesado, solía quedarse en tierra porque le era más difícil trepar.

–Dooooooo.

Desde muy arriba, el puntinota más pequeño le contestaba:

–Siiiiiiiiiiiiii.

Los demás, repartidos sin ningún orden a lo alto y ancho del árbol, decían:

–Soooooooool.

–Reeeeee.

–Laaaaaaaaaaaa.

Los pájaros siempre los miraban con asombro, porque pensaban que lo que hacían quedaba muy lejos de su concepto de cantar. A veces, trataban de explicárselo y les ponían un ejemplo:

–Piooo, piooooooooo, piooo.

¡Eso sí era música!

Mi y Fa eran los más revoltosos y esperaban ansiosos a que los pájaros iniciaran sus cantos. Cuando eso sucedía, corrían hacia ellos y saltaban sobre las ramas al grito de:

–¡Miiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!

–¡Faaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Y se reían viéndolos marchar, despavoridos, hacia otro lugar más tranquilo.

Aunque ambos se empeñaban en perseguirlos de árbol en árbol por todo el bosque.

–¡Faaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Do, el que tenía la voz más grave, llevaba tiempo observando su sonido. Sabía que jamás podría hacer como los pájaros, porque un puntinota solo era capaz de entonar una única nota. Sin embargo, un día…

–¡Dooooooooooooooooooooo!

Reunió al resto de sus compañeros y les sugirió que podían trabajar juntos y coordinados. Les dijo que su voz era un auténtico don y que, como criaturas escogidas, debían aspirar a mucho más que colgarse de las ramas o gritarles a los pájaros en las orejas.

Entonces decidieron organizarse.

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Los que tenían los sonidos graves ocuparon las ramas bajas del árbol y los agudos las de arriba. Porque, con diferencia, los puntinotas que dominaban las notas agudas eran más ágiles. Do trataba de marcar el tiempo de cada uno y, con el paso de los días, el grupo llegó a probar miles y miles de combinaciones, hasta que alguna de ellas sonaba bien y entonces la perfeccionaban:

–Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

–Doo.

–Re, re.

–Do.

Pero Mi y Fa prefirieron perseguir a sus pájaros y volvieron a saltar por los árboles de rama en rama. Disfrutaban tendiéndoles alguna emboscada:

–¡Miiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!

– ¡Pioooooooo!

Y cuando los asustados animalitos pensaban que ya estaban a salvo…

–¡Faaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Do comprendió que debía prescindir, por el momento, de Mi y de Fa. ¡No iban a los ensayos! Pero sabía los necesitaba tanto como a los demás puntinotas y se propuso trabajar duro e impresionarlos, para integrarlos al grupo. Así que ensayó sin ellos hasta que, finalmente, logró el milagro.

Una tarde, pidió a todos los pájaros que ocuparan los árboles de alrededor y también sentó a Mi y a Fa sobre la hierba, a modo de público. ¡Tuvo que pedirles que estuvieran muy quietos y en silencio un rato!

Entonces, sus puntinotas ocuparon su lugar y comenzaron.

–Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

–Doo.

–Re, re.

–Do.

–Si.

–La.

–Sol, sol.

–La.

–Si, siiii.

–La, laaaaaaaaa.

Parece que el tiempo se detuvo.

Fue la música más bonita que se había oído en la tierra desde su creación, tan hermosa que incluso los pájaros se rindieron a ella. En pocos segundos, el campo se llenó de los más variados animales que corrieron a escuchar aquella melodía, que iba a quedar, para siempre, en la memoria de todas sus generaciones venideras.

Mi y Fa estaban impresionados. ¡Tenían los ojos abiertos como platos! Y cuando sus amigos terminaron, corrieron a ellos y los abrazaron a todos. ¡A partir de hoy cantarían juntos!

Con el equipo reunido, Do se sintió feliz.

No sabía que había hecho uno de los descubrimientos más importantes de la historia.

Había nacido la música. Un arte maravilloso capaz, como ningún otro, de remover lo más profundo de nuestros corazones.

Nadie sabe dónde vivieron los puntinotas; pero todos los músicos celebran cada día su existencia, cuando ponen sus nombres encima o debajo de las líneas de un pentagrama, que bien podría ser la representación de las ramitas de los árboles donde ensayaban, hace ya muchos, muchos años, aquellas criaturas.

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Palabras clave de este post: cuento infantil, cuento corto, música

José María de Arquer  ·  @JmdeArquer

Autor de la novela juvenil CUSTODIOS y de la colección de cuentos infantiles POL AVENTURER. Colabora habitualmente en la página de fomento de lectura infantil y juvenil Boolino, con la aportación de cuentos breves. Como profesión, realiza trabajos de investigación técnica en el mercado asegurador y es también colaborador de algunos proyectos sociales de desarrollo de los más jóvenes.

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