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Los viajes de Ilhio

La hora del cuento  · 

Los viajes de Ilhio

Por Alberto Guaita Tello

Cualquiera con dos dedos de frente sabía: que el mundo era cuadrado; que reposaba sobre cuatro altísimos pilares; que si te asomabas a sus bordes podías caerte y desaparecer; que la otra cara del mundo, en la que nunca lucía el sol, era donde acababas si te portabas mal y estaba habitada por extraños seres blanquecinos a los que llamaban repelutienses puntiagudos, cuya sola mención hacía llorar del susto a los más pequeños.

A la sombra de una miga de pan, encajada en una diminuta grieta de una gran mesa, en el salón de una casa cualquiera, vivían los diminutienses.

Eran las personitas más pequeñas del mundo entero, tanto que en la cabeza de un alfiler podían construir una ciudad entera.

Desde bien joven, uno de ellos, Ilhio, había tenido una curiosidad desmedida, si se la comparaba con su reducido tamaño. Los demás solían advertirle de que acabaría metido en algún lío si seguía empeñado en salir de la grieta a conocer el resto del mundo.

No había nada por conocer, le decían una y otra vez.

Cualquiera con dos dedos de frente sabía: que el mundo era cuadrado; que reposaba sobre cuatro altísimos pilares; que si te asomabas a sus bordes podías caerte y desaparecer; que la otra cara del mundo, en la que nunca lucía el sol, era donde acababas si te portabas mal y estaba habitada por extraños seres blanquecinos a los que llamaban repelutienses puntiagudos, cuya sola mención hacía llorar del susto a los más pequeños.

Todos adoraban a los enormes y blancos platillos voladores, que acompañados de otros extraños objetos, aterrizaban en su mundo y de los que llovía buena parte del sustento de los habitantes de la grieta.

Todos temían contrariarles o dejarse ver demasiado fuera de las grietas, ya que a veces, tras su partida, los platillos volantes enviaban a la “gran ola amarilla”, que barría todo a su paso.

Así que, imaginando cuál sería la intención de los platillos para con ellos, inventaron una serie de normas, cada vez más complejas, cuyo obligado cumplimiento era vigilado por los llamados túnicas moradas.

Pero, sordo a los rancios consejos recibidos, Ilhio decidió un buen día encaminarse hacia la enorme montaña que para él era la miga de pan, con la intención de intentar escalarla, si era menos escarpada que los altísimos muros de la grieta y así poder observar el mundo desde su vertiginosa altura.

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Iba a ser un largo camino, ya que desde donde vivía había al menos dos de nuestros palmos hasta su destino.

Salió mientras los demás dormían, poco antes de la salida del sol, para tener que dar menos explicaciones y sobre todo para no tener que volver a escuchar las palabras de desánimo que todos le regalaban cada vez que podían.

Cada día pudo observar cómo los platillos volantes aterrizaban, se quedaban un rato y después volvían a despegar. Quizás desde la cima de la montaña pudiera entender qué querían de ellos.

Según avanzaba, la grieta se iba haciendo menos profunda y los altos muros que se alzaban a su lado se acercaban entre sí, pero seguía siendo imposible trepar por algo tan alto y vertical.

Vio varios desvíos, bifurcaciones de la grieta, que seguramente llevarían a lugares interesantes, pero tenía muy claro su objetivo y siguió avanzando sin descanso.

La miga de pan parecía cada vez más imponente a medida que se acercaba a ella día tras día.

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Cuando llevaba una semana avanzando, vio cómo se posaba justo sobre su grieta un objeto del que jamás había oído hablar a nadie, ni siquiera a los túnicas moradas en sus interminables peroratas.

Era enorme, aunque menos que los platillos, cilíndrico y parecía estar lleno de agua. El gran cañón de madera que guiaba sus pasos quedó parcialmente cubierto por esa cosa enorme y transparente.

Se asustó, pero siguió avanzando hasta empezar a pasar por debajo de aquello.

Mirando hacia arriba, pudo ver cómo en él nadaban cientos de pequeñas criaturas de formas extrañas.

Eran bacterias. Los diminutienses hacía mucho que se habían aliado con algunas de ellas, alimentándolas con levaduras y hongos de sus campos a cambio de que produjeran gas con el que iluminar sus casas y hacer funcionar sus máquinas, pero éstas eran muy distintas y tenían formas increíblemente bellas.

Algunas eran ovaladas o redondas, otras parecían pequeños tubos con los extremos redondeados, o pelotitas llenas de púas afiladas; casi todas parecían tener largos y finos brazos que movían y hacían girar muy deprisa para desplazarse por el agua. Estaban llenas de pequeñas cositas de colores y formas aun más extrañas que no dejaban de moverse en sus interiores. El agua que contenía el vaso hacía de lupa, de forma que las bacterias parecían mucho más grandes de lo que eran y el espectáculo lo tenía anonadado.

¿Verían las bacterias a su vez a seres más pequeños todavía? ¿Y éstos a otros aun más diminutos a su vez? ¿Hasta dónde llegaba lo diminuto?

Mientras pensaba en estas cosas, el vaso se tambaleó, y una gran gota de agua empezó a escurrirse lentamente desde el borde del cañón hacia donde se encontraba Ilhio.

Como siempre hay que hacer en una inundación, el trató de alcanzar terreno elevado, y lo hizo trepando con gran esfuerzo por la pared izquierda de la grieta hasta llegar a un saliente.

Cuando las aguas se calmaron, bajó de su refugio, y siguió caminando sobre ellas, ya que era tan pequeño que no podía hundirse.

Según la grieta se iba haciendo menos profunda y llegaba más luz, hacía más calor, y no paraba de encontrarse cosas buenas para comer, era como un buffet de kilómetros y kilómetros con restos de yogur, fruta y bizcocho. Allí había de todo, y también encontró gotitas de agua diminutas de las que beber.

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Al cabo de unas dos semanas, llegó por fin a las faldas de la montaña de miga de pan.

No había estado tan contento en toda su vida.

Le dio unos mordiscos a la montaña para retomar fuerzas y empezó a treparla lleno de decisión.

Era mucho menos lisa de lo que parecía desde la lejanía, y estaba cubierta de cuevas y agujeros, lo que hizo que subir fuera muy difícil.

A mitad de su ascenso, se paró a descansar y se quedó dormido.

Al despertar, sintió algo raro. Se levantó y dio unos pasos, pero como tenía los ojos todavía medio cerrados y llenos de legañas, no vio que estaba subido a la copa de un hongo verde y se cayó de cabeza sobre el suelo de pan quedando despatarrado.

Le salió un chichón enorme en la cabeza y las legañas se le saltaron de golpe.

Lo veía todo del revés.

-Esto me pasa por no mirar por donde ando, se dijo a sí mismo.

Un bosque de mohos había crecido a su alrededor, incluso bajo él mismo, que había acabado dormido sobre la copa redonda de uno de ellos.

El bosque recién nacido era tan espeso que casi no dejaba pasar la luz del sol.

Aun así, continuó su camino, escalando hasta llegar a la misma cima.

Desde allí, en cuanto recuperó el ánimo, pudo ver por fin el mundo entero bajo sus piececitos.

Otras migas, algunas formando grandes cadenas, deslumbrantes cristales cúbicos de azúcar y sal, y grietas y grietas, cada una seguramente habitada por más diminutienses u otros seres distintos, cubrían toda la superficie del mundo.

Efectivamente, parecía cuadrado y plano, pero ¿Qué habría más allá de sus límites? ¿De dónde provendrían los platillos volantes?

Mientras se preguntaba todas estas cosas, escuchó un terrible sonido a su espalda, y al girarse, vio a lo lejos a la terrible “Ola amarilla” ¿Habría atraído la ira de los platillos al salir de su grieta natal?

La ola, precedida del extraño aroma que siempre dejaba tras su paso, avanzaba despiadada, llevándoselo todo consigo. Todo quedaba adherido en ella y los que quedaban atrapados no eran vistos de nuevo nunca más.

¿Iba a acabar así su aventura, justo ahora que sabía que había tanto por conocer?

Una ruidosa sombra pasó sobre él justo cuando la gran ola estaba a punto de llevárselos a él y a su montaña de pan. Ilhio saltó hacia arriba intentando alcanzar lo que aquello fuera, agarrándose a lo primero que pudo.

Así fue como acabó cogido de la pata de un mosquito y salvándose de ser eliminado por una bayeta de cocina.

Tras el susto inicial, vio como el mundo se hacía cada vez más pequeño; mientras, el mosquito, que no parecía darse cuenta de que tenía un pasajero, seguía ganando altura.

Todo lo que veía le parecía bello e intrigante.

Miró hacia atrás. La temida “ola amarilla” solo era un trapo de cocina, y quien la manejaba, visto desde la distancia, solo era una persona, pero colosalmente grande.

Se sintió entonces muy pequeño por primera vez en su vida.

Se aupó hasta quedar sobre el lomo del mosquito, intentando que el viento que generaban sus alas no lo tirase al vacío.

Volando sobre él, pudo ver como los grandes platillos solo eran platos como los que él mismo usaba en su mesa, y que no tenían ninguna intención para con los diminutienses, ya que eran solo objetos, y las personas que los utilizaban solo eran gente como él, gente en sus casas, gente normal, solo que tan grandes que no podían verlos a ellos, ni saber lo que causaban cada vez que limpiaban la mesa, que en realidad era su mundo.

Así fue como Ilhio, al que llamarían “Ilhio el Bravo”, al volver a casa años más tarde, empezó sus numerosos viajes.

Recorrió casi toda la casa en la que estaba la mesa donde él y los suyos habitaban; a veces sobre mosquitos, y a veces cabalgando una pulga diminuta de la que se hizo amigo.

Luchó en grandes batallas contra malvados ácaros rojos sobre la superficie de un sillón, caminó por el bosque de pelo que crecía sobre esas personas tan grandes y vivió una temporada en la pelusa del ombligo de uno de ellos.

Conoció a los repelutienses puntiagudos, que vivían en la cara oculta de su mundo, y que temían a los diminutienses sobre todas las cosas, por las historias terribles que sobre éstos les habían contado sus propios túnicas moradas cuando eran pequeños para que se portasen bien y fueran obedientes.

Llegó incluso a visitar el gran espacio exterior que rodeaba la casa, un lugar de dimensiones inimaginables cubierto de una cosa verde llamada hierba, con el cielo azul de día, y oscuro y lleno de puntitos luminosos por la noche. En cada uno de esos puntitos, una vieja y sabia araña le contó que había gente, y casas, y mesas con diminutienses.

Cuando supo lo grande que era todo, dejó de sentirse pequeñito, y se sintió especial por existir; porque alguien, aun más grande, debía haberse tomado la molestia de hacer que todo existiera, incluido él mismo.

Y todas estas, son solo unas pocas de los cientos y cientos de aventuras que Ilhio vivió.

 

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Alberto Guaita Tello

Crecí rodeado de cuentos clásicos y leyendas locales en Camerún. Vivo con mi esposa en los mágicos valles de Cantabria. Pronto publicaré “Cuentos de la Zamina” y “El Corazón de la Montaña”.

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