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Lucinda, la hormiga cantananas

La hora del cuento  · 

Lucinda, la hormiga cantananas

Por David Bartolí

Refiere la importancia de la lectura, cómo nos traslada a la realidad y fantasía y graba en nuestra memoria hermosos recuerdos.

Lucinda no vivía en el campo ni en la montaña o en una granja, vivía en el último piso de un rascacielos en una gran ciudad. Vivía en una pequeña habitación de un pequeño pero confortable piso. Desde hacía tres días tenía, por fin, compañía en la habitación, un pequeño bebé que dormía en la cuna que habían puesto al lado del agujerito donde Lucinda vivía.

Desde el primer día que trajeron el bebé, que se llamaba Rosalía, Lucinda subía con decisión por la pata de la cuna, pasaba por los barrotes y se acomodaba en la almohada al lado de la roja orejita de Rosalía y cada noche Lucinda le cantaba una nana que hacía un efecto inmediato. Cuando notaba que Rosalía dormía plácidamente, la hormiga Lucinda volvía a bajar en silencio por donde había subido y se iba a dormir a su agujerito.

Día tras día Lucinda subía cada noche durante dos años que fueron tremendamente felices para ella ya que era lo que más le gustaba hacer; cantar nanas.

Pero una de las noches Lucinda subió feliz como siempre dispuesta a cantarle la nana que mejor se sabía “Estrellita dónde estás” pero su amiga Rosalía no estaba. Bajó rápidamente después de recuperarse del susto y fue de puntillas a la habitación de al lado, una habitación grande dónde nunca se había atrevido a entrar. Desde la puerta vio a Rosalía que dormía entre sus padres y ya, más calmada pero triste volvió a su agujero.

Pasaron días y meses y Lucinda se sentía muy sola hasta que un día la madre de Rosalía trajo otro bebé. Lucinda abrió los ojos emocionada, feliz y  nerviosa. Volvía a tener un bebé en su habitación y volvería a cantar nanas, aquél día estuvo todo el día en su agujero ensayando y repasando nanas para estar preparada a la noche.

Llegó la noche y Lucinda subió las patas de la cuna con prisas, pasó entre los barrotes y se acomodó al lado de la orejita del bebé, cantó sus tres mejores nanas y el bebé se durmió sonriente.

Lucinda estaba tan contenta que fue estudiando nuevas nanas. Ya llevaba treinta noches con el bebé y se sentía muy cómoda al su lado. Tanto, que una de las noches le cantó cinco nanas y Lucinda estaba tan cansada que se durmió allí mismo.

Al día siguiente, la madre entró en la habitación, abrió las cortinas y gritó, había visto una hormiga en la cuna de Mariona.

Cogió la almohada, la acercó a la ventana y sopló. Lucinda voló e iba cayendo rápidamente, comenzó a mover sus patas en un intento de convertirlas en alas pero fue infructuoso. Llegó una ligera brisa mientras caía y eso provocó que mientras caía se fuera hacia un lado y fue directa hacia una ventana abierta. Entró por la ventana y cayó en algo suave, cuando se recuperó del susto vio que había caído encima de una barriga pequeña, encima de un bebé. Se percató en ese momento que estaba en una nueva cuna y el pequeño bebé la estaba mirando.

Lucinda se acercó lentamente a su oreja, se acomodó y comenzó a contarle su repertorio de nanas. Lucinda era feliz, seguía siendo la hormiga cantananas.

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Palabras clave de este post: la hora del cuento, cuentos infantiles, cuentos

David Bartolí

David Bartolí

Uno de nuestros cuentistas de "La hora del cuento".

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Juana

Hermoso ☺️