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Orgullo de cuervo

La hora del cuento  · 

Orgullo de cuervo

Por Alberto Guaita Tello

Hoy tenemos en La hora del cuento "Orgullo de cuervo", cuento que pertenece al libro "El corazón de la montaña", relatos en la sabana y la selva camerunesas.
 

El sol del mediodía levantaba una marea de olas de calor sobre el suelo en los alrededores del lago Chad.

Para la mayoría de los habitantes de la sabana, como los leones, los búfalos, las jirafas y los antílopes, era el momento de buscar algún lugar fresquito e instalarse en él hasta que las temperaturas se hicieran más soportables.

Las escasas sombras disponibles las proyectaban los baobabs con sus gruesos troncos y las espinosas acacias.

Otros, como los elefantes y los cerdos de sabana, se dedicaban a darse baños de barro en la fangosa orilla, mientras, los hipopótamos y los enormes cocodrilos se sumergían a la espera de que bajase el sol.

Para Marguyá, un anciano lagarto con la cabeza y buena parte del  cuerpo de un rojo muy intenso y la cola y las patas de azul añil,  era el mejor momento del día.

Las rocas cercanas a la orilla estaban deliciosamente calientes para él. Dedicó un rato a colocarse sobre su piedra favorita, que era muy suave y lisa.

Estaba ahí tumbado sobre su tripa cuando le pareció ver una sombra pasar volando sobre él.

Se mantuvo muy quieto, como si no pasara nada. De pronto, la sombra se agrandó hasta cubrirlo por completo. Notó como algo lo sujetaba con fuerza por la espalda y tiraba de él, hundiéndolo en el cielo azul.

Algo le había arrancado de su piedra y de su descanso. Un cuervo de pecho blanco se lo estaba llevando en volandas.

lagarto

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-¡Qué desgracia más terrible!,  gritó el pobre lagarto bicolor.

El cuervo seguía batiendo impertérrito sus alas, negras como su propia sombra.

-¡Estoy acabado! ¡Me han atrapado! ¡Y encima, ha sido un vulgar cuervo!

El ritmo del aleteo varió, comenzando a planear.

-Eres una merienda muy maleducada, lagartijo, le dijo el cuervo con su ronca voz ¿Cómo te atreves a llamarme vulgar, cuando te tengo entre mis garras?

-Es que, ya que me han atrapado, habría preferido que hubiese sido un ave más poderosa, más veloz, más ágil que un simple cuervo.

El pájaro batió sus alas con furia unos instantes, intentando ignorar las palabras de Marguyá, pero herido en su orgullo de cuervo, le preguntó al lagarto.

-¿Qué quieres decir por más poderosa? Los cuervos somos aves fuertes, rápidas y muy hábiles en vuelo.

-Qué va, no tanto, si se os compara con otras.

-Tienes la lengua afilada como la de las serpientes, vejestorio. ¿Quién dices que es más poderoso que un cuervo, en tu opinión?

-No es solo mi opinión, es la de todos. Veamos, un buitre es capaz de subir mucho más alto que un cuervo, y eso para empezar. Cualquiera sabe perfectamente que no llegarías ni hasta la mitad de donde suben ellos, ni en tu mejor día y con viento de cola.

-Desgraciado reptil, te voy a enseñar de qué está hecho un cuervo antes de devorarte, empezando por la cola.

El cuervo, muy enfadado, buscó una corriente de aire caliente por la que ascender. Batió sus alas todo lo rápido y fuerte que pudo, empezando un veloz ascenso.

La velocidad hizo que las lágrimas surgieran de los ojillos de Marguyá y le corriesen hasta el cuello. Según ganaban altura iba haciendo más frío.

El cuervo, descontrolado, atravesó una bandada de buitres, que volaban en círculos gracias a sus enormes alas, las cuales les permitían planear casi sin esfuerzo. Éstos comentaron entre sí lo extraño de ver volar tan alto a un cuervo, que debía de estar loco.

Abajo, muy abajo, los rebaños de búfalos parecían filas de diminutas hormigas y los elefantes tenían el tamaño de meros escarabajos peloteros. Los árboles se veían como pequeños arbustos y el gran lago era como un charco de agua reluciente.

Visiblemente cansado, con la voz más enronquecida de lo normal, el cuervo le graznó al lagarto.

-¿Lo ves? ¿Lo ves? Mira lo alto que estamos ¡He volado por encima de los mismísimos buitres!

Marguyá se sacudió las lágrimas de la cara, y mirando al cuervo a la cara, le dijo:

-Vale, tú ganas, eres capaz de subir más alto que los buitres, nunca lo habría imaginado. Pero...

-¿Pero qué, lagarto?, dijo el cuervo acercando su poderoso pico a la cabeza de Marguyá.

-Bueno...no querría enfadarte, pero sigo pensando que no podrías hacer un descenso en picado tan velozmente como un halcón cualquiera, ni siquiera como el menos rápido de todos ellos.

árbol

El cuervo se puso a graznar con furia, y dirigiendo su cabeza en dirección al suelo, aleteó con fuerza mientras empezaba el descenso, para después plegar sus alas casi por completo contra su cuerpo.

Regodeándose de su velocidad, volvió a atravesar la bandada de buitres, desequilibrando brevemente a alguno de ellos, que le dedicaron numerosas maldiciones.

La velocidad del cuervo era desmedida, algunas de sus plumas  quedaron atrás, dejando una estela negra. Marguyá temió escaparse de las patas del cuervo, tanto que se aferró a su cazador todo lo fuerte que pudo.

La superficie del lago se acercaba rápidamente, y los habitantes de la sabana recuperaban su tamaño habitual mientras descendían como un meteoro negro.

De repente, el cuervo abrió sus alas, que crujieron por el esfuerzo de la frenada y se estabilizó.

-¿Ahora qué, lagartijo?, dijo casi sin aliento y visiblemente dolorido. ¿Qué crees que dirían todos los que afirman que los cuervos no podemos ni ascender como los buitres ni descender como los halcones?

-A ver...no seré yo el que te diga que ha estado mal el descenso...pero hay algo que ningún cuervo podrá hacer jamás.

-¿El qué?, exclamó exasperado el cuervo.

-No, no vale la pena, solo te haría sentir peor. No puedes hacerlo, no es culpa tuya, es el orden natural de las cosas. Hay cosas que podemos hacer y cosas que no.

-Bicharraco inmundo, te exijo que me digas que es eso que se supone que no sería capaz de hacer ningún cuervo ¡Si no lo haces sentirás mi pico ahora mismo!

-Está bien, pero no digas que no te lo advertí...

-¡Dímelo ya mismo!

-De acuerdo, cuervo, de acuerdo, no hace falta ponerse así, que te va a dar algo. La cuestión es que ningún cuervo sería capaz de acercarse en un vuelo rasante por encima del lago y pescar un pez.

 

-Eso... lo hago yo... ¡y con una sola garra! Ahora verás, deslenguado. ¡Les cerraré el pico a todos los que nos menosprecian, a nosotros, los cuervos, los más poderosos, rápidos y ágiles de todas las aves!

El cuervo soltó una de las garras con la que tenía cogida a su presa, y descendió de nuevo, esta vez con suavidad, hacia la superficie del lago Chad, ajustando su altura para poder realizar un perfecto vuelo rasante.

El agua pasaba rápidamente, a solo unos centímetros de Marguyá, salpicándole. Mientras, el cuervo, con sus negros ojos llenos de rabia, buscaba algún pez bajo la superficie.

En cuanto vio un reflejo plateado, apretó la pata con la que tenía cogida a su presa contra su cuerpo y estiró la otra para atrapar al pez.

El desastre era inevitable. Al no meter las dos patas a la vez, como hacen las águilas, sino solo una, el agua y el peso del pescado le hicieron volcar y rebotar violentamente, como una piedra plana lanzada con fuerza, sobre la superficie del agua.

El pescado salió disparado de la garra derecha del cuervo, recuperando su calidad de pez y con una gran historia que contar de regreso a su banco de peces, si no se le olvidaba por el camino.

Debido al golpe, Marguyá se vio libre de la garra de su captor. En su caída entró limpiamente en el agua y después nadó hacia la superficie con la agilidad con la que nadan todos los reptiles, usando su cola para impulsarse.

Llegó sin dificultad hasta la orilla, regreso a su piedra preferida para secarse. Mientras, pensaba en lo poderoso que podía ser el “qué dirán” en las mentes más debilitadas por el orgullo mal entendido.

El cuervo seguramente sufrió peor suerte, ya que no se le volvió a ver. A lo mejor llegó también sano y salvo a alguna orilla y aprendió una valiosa lección. O puede que el primo mayor de Marguyá, Diente Azul, el cocodrilo, diera cuenta de él.

Pero de esto, nada sabemos hasta hoy.

 

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Palabras clave de este post: cuento infantil, cuento para niños, cuentos de animales

Alberto Guaita Tello

Crecí rodeado de cuentos clásicos y leyendas locales en Camerún. Vivo con mi esposa en los mágicos valles de Cantabria. Pronto publicaré “Cuentos de la Zamina” y “El Corazón de la Montaña”.

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Ana María Sava

Este cuento me ha encantado al igual que los demás cuentos publicados. Espero que sigas publicando muchos más, ya son unos cuentos geniales!!!