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Siempre hay luna llena en algún lugar

La hora del cuento  · 

Siempre hay luna llena en algún lugar

Por Cristina

Todas las buenas historias empiezan con “Érase una vez...”. Este relato no pretende ser una buena historia, pretende ser el recuerdo de un deseo, o quizá un recuerdo dentro de un recuerdo...

Se llamaba Abel. Era, por aquél entonces un niño. Su edad no era importante. Tenía edad suficiente como para creer en la magia, en las hadas, en los orcos....Tenia edad suficiente para no escribir bien, para llorar si se caía, para jugar a construir castillos de arena....

Una noche, Abel salió a su pequeña terraza.  Era pequeña para los otros, pero para él...Era un mundo, era su guarida, su Castillo, su huerto particular, su espacio de juegos y de sueños. Abel se tumbó en el suelo, dirigió su mirada al cielo y se quedó mirando la oscuridad. Era su método de relajación.  Pero no solo era eso, Abel estaba enamorado. Se había quedado embrujado.... ¿De qué? No de una persona, sino de una estrella. Sí, una estrella, la que más brillaba en la noche. La primera en salir y la última en esconderse. Él le había dado un nombre “Aideidal”. Sin sentido para los demás, solo para él. Le parecía increíble la fuerza con la que brillaba cada noche, al lado de la luna, como el acompañante del baile de una reina... No importaba como se sintiera Abel, su estrella siempre estaría allí para iluminarle en sus noches.

Él le contaba su vida, como le había ido el día, lo que quería o no hacer.  A veces, soñaba que construía una escalera muy grande muy grande, y alcanzaba su estrella, se tumbaba sobre su superficie y se dormía mecido por ella, o a veces se convertía en estrella también o incluso viajaba por el universo conociendo a otras estrellas. Abel sabía que nada de eso era verdad, una estrella tan brillante como esa no podía conocer su existencia. Pero era feliz soñando con ello.

Los días pasaron y llegó su cumpleaños y todos le hicieron regalos, le cantaron canciones, le compraron un pastel de chocolate con pepitas de chocolate....Pero cuando llegó la noche, Abel dejó todas las celebraciones a un lado y volvió a salir a su pequeña pero gran terraza. Se tumbó en el suelo y alzó los ojos al cielo, pero por más que buscó y buscó, no encontraba a su estrella por ningún lado. Al final, desistió de su intento y se fue a dormir, con los ojos llorosos, por haber perdido a su estrella. Durmió poco, y soñó con destinos desafortunados de Aideidal.... ¿Quién sabía lo que le había pasado? ¿Y si alguna estrella más grande se la había comido? ¿Y si su luz se había apagado para siempre?

Más tarde, Abel se despertó solo en su habitación, sintiendo un peso desconocido en su cama. Primero pensó que era su gato, pero este estaba encerrado en otra habitación. Cuando abrió los ojos y miró, se sorprendió al ver un regalo. “¿Otro regalo?”-pensó, y creyendo que era de sus padres, y lo abrió.

Pero, a medida que iba desenvolviendo el regalo, una luz muy brillante inundaba la habitación. Al final, con el papel sacado, el regalo resultó ser un trocito de tela y una piedra, los dos objetos muy brillantes y con una “A” escrita. Un pedazo de papel cayó de debajo la tela cuando Abel la cogió. El tacto, el color, el olor....Eran indescriptibles. Abel  leía la nota con la tela en la mano. La nota decía así:

 “Querido Abel. Espero que ayer no te preocuparas mucho por mí, al no verme en el cielo. Tuve  que ausentarme unes horas, porque si no, no hubiera podido venir a tu casa. Sí, he estado aquí y te  he dejado un trozo de mí, como regalo de cumpleaños. Soy una estrella, y mi lugar está en el cielo. Pero así, con este trocito de mí, mi lugar también estará contigo. Espero poder estar siempre a tu lado. Gracias por darme un nombre y por explicarme tu vida y por observarme cada noche, espero que sigas haciéndolo.  Yo seguiré brillando para ti. Te quiere, Aideidal. “

Los ojos de Abel volvieron a inundarse de lágrimas, pero está vez de felicidad. Por fin podría estar con su estrella para siempre, y su estrella siempre con él. Y, abrazando el trocito de tela y la piedra con olor a cielo y a estrella, se volvió a dormir con una sonrisa.

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luisa

Muy bonito cuento