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Sueños perversos de una futura madre

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Sueños perversos de una futura madre

Por Héctor Mellinas

Son muchos los que han reflexionado sobre la pasión, sobre el descubrimiento de la sexualidad y sus consecuencias; sin embargo, no deja de ser curioso que para hablar de ello, tanto Sylvia Plath como William Shakespeare hayan recurrido al motivo literario del sueño.

coupleEl sueño es un recurso literario que se ha usado siempre para mostrar los instintos más ocultos (y por lo tanto animales, irracionales y pasionales) del ser humano; el universo onírico, antes que Freud lo asociara al subconsciente, ya representaba la liberación del instinto humano, instintos que, durante el día, como correctos seres civilizados, reprimimos.

Una de las obras cumbres de la poetisa Sylvia Plath (Boston 1932 – Londres 1963) es Tres mujeres, un poema dramático (en el sentido teatral de la palabra) sobre la necesidad de la mujer para autorealizarse como tal engendrando vida. Plath muestra en este texto la relación de tres mujeres con la maternidad: aquella que está dispuesta a dar su vida por el recién nacido, de la cual la autora nos muestra un instinto protector llevado al límite y, por consiguiente, tan insano como la que abandona a su bebé y es incapaz de sobreponerse a su decisión (¿Qué es esto que me falta?), y también a la mujer que habiendo sufrido un aborto y una consiguiente depresión es capaz de seguir viviendo (La ciudad espera y tiene un mal. Las yerbitas / crujen a través de las piedras y están / verdes de vida).

Las tres mujeres, pese a sus distintas experiencias, reflexionan sobre el mismo punto y, por un motivo u otro, terminan por plantearse la misma cuestión: ¿cuándo se introduce en un niño la perversión, el mal? Si la primera voz se pregunta ¿Quién nos lanza esas criaturas / inocentes?, podríamos hallar la respuesta en sentencias de las otras dos voces: Soy yo. Soy yo / quien saborea la amargura entre los dientes. / La incalculable maldad cotidiana, dice la segunda y Yo soñaba una isla, roja de gritos. / Fue un sueño sin importancia, la tercera.

En los sueños, no solamente hallamos universos de fantasía, sino que también imaginamos cómo nos gustaría que fuera nuestra cotidianidad. Y la perversidad se introduce en los niños (hablamos de niños cuya infancia no haya sido problemática en ningún sentido) cuando aparecen las pulsiones sexuales de la adolescencia; la necesidad de realizar estos deseos primarios (e inherentes al ser humano) es lo que genera los mecanismos de perversión que afectan al funcionamiento de la sociedad.

Esta tesis la encontramos ya en El sueño de una noche de verano de William Shakespeare, una comedia onírica en la que los protagonistas andan continuamente por aquella fina línea que separa la realidad de la fantasía.

En esta pieza teatral nos encontramos con Puck, un travieso duendecillo capaz de hechizar a cualquier durmiente, y junto a él a un grupo de jóvenes enamorados los unos de los otros incapaces de resolver sus deseos; será gracias a los sueños generados por Puck que éstos dejarán de lado la crueldad y la perversión para lograr resolver el conflicto.

Sin embargo, el matrimonio adulto de esta comedia, Oberón y Titania, sigue instaurado en el juego de la perversidad y de demostrar que el otro no está realmente enamorado (necesitado) de la compañía del otro. He ahí la demostración que el mal se introduce en todas las criaturas de un modo inexorable; lo que nos diferencia es, pues, la capacidad que tengamos para hacer del amor un juego de tal modo que seamos capaces de superar los desengaños que, seguro, tendremos.

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(Fotografías del montaje de Ein sommernachstraum dirigido por Àlex Rigola en la Düsseldorfer Schauspielhaus.)

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Palabras clave de este post: maternidad, adolescencia, amor, sueño, William Shakespeare, Sylvia Plath

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