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Zuecos de piedra

La hora del cuento  · 

Zuecos de piedra

Por Alberto Guaita Tello

Mucho antes de que los seres humanos llegasen a nuestros valles vivían ya los siseadores de fuego en las cuevas ocultas de Sopeña.

Nacidos en el corazón de la tierra, estaban hechos de lava viva, siempre roja y ardiente, y sus cabezas estaban coronadas de pequeñas llamas entre amarillas y anaranjadas, cuando eran jóvenes, y azules cuando crecían y se hacían más fuertes.

Hacía mucho que algunas familias, llevadas por la curiosidad, siguieron los túneles hasta llegar a las cavernas llenas de cristales de cuarzo y selenita próximas a la superficie, donde muchos viven todavía hoy. Por desgracia para ellos, cuando enviaron a la primera expedición fuera de las cuevas para explorar y conocer el mundo exterior, empezaron las complicaciones.

Nadie los conocía, y aunque eran de naturaleza pacífica, al verlos acercarse al bosque, llameantes y humeantes, sus habitantes huyeron despavoridos. Y no sin cierta razón, ya que cuando el jefe de la expedición siseadora, maravillado ante la belleza de un haya enorme, no pudo evitar tocarla y ésta empezó a arder.

La fortuna quiso que en ese mismo momento empezasen a caer del cielo unas gruesas gotas de lluvia sobre los siseadores, que recibieron su nombre por el sonido que éstas hicieron al tocarlos.

Doloridos por la lluvia que estallaba sobre sus pieles incandescentes  y asustados ante la destrucción que habían estado a punto de provocar en el mundo exterior, volvieron a todo correr hacia sus moradas, para nunca más volver a salir.

Los más atrevidos, ocasionalmente, se asomaban a la entrada de sus cuevas para poder ver el precioso cielo azul y el bello manto verde que todo lo cubría hasta donde alcanzaba la vista.

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Pero sucedió que años más tarde, Zafiro, el joven hijo del rey Pirito y la reina Ágata, soberanos de los siseadores, llevado por la curiosidad, decidió fabricarse unos zuecos de piedra para salir al exterior tras una lluviosa mañana, y así ni sufrir el terrible dolor que el agua les causaba ni quemar nada con sus pies.

Así pues, se adentró en el misterioso mundo exterior, lleno de enormes formas marrones y grises, coronadas de verdor, llamadas árboles, que eran lo más bello que había visto jamás.

Siguió avanzando, mientras las hojas de los árboles dejaban caer algunas gotas que el príncipe esquivaba ágilmente a pesar de su pesado calzado.

Entonces vio el cielo a través de las ramas, con su intenso color azul, solo roto por unas enormes masas blancas como de vapor de agua. Era lo más bello que hasta ese momento había contemplado jamás.

Después miró al suelo, y vio el sinfín de variedad de plantas y flores que cubrían el suelo como un tapiz de miles de formas y colores. Decidió que era sí era lo más bello que había contemplado nunca.

Pero sus zuecos pronto empezaron a calentarse a causa de sus pies incandescentes, y empezaron a levantar pequeñas nubes de vapor del suelo, que parecían querer subir hasta el cielo para unirse con sus hermanas mayores.

Conocedor del poder enfriador del agua, se acercó al nacimiento del río Miera para meter en él los zuecos, antes de que se derritieran y causase una desgracia. Pero cuando miró hacia el agua, vio a alguien bajo su superficie, mirándole con dos enormes ojos violetas. A su vez esta visión convirtió  en lo más hermoso que sus ojos habían visto. Esta vez, nada podría superarlo.

La bella zagua sacó medio cuerpo del agua.

Eran parientes cercanas de la zamihas, tan hábiles surcando las aguas como éstas los aires. Le miró sin miedo a sus ojos de zafiro que le hacían merecedor de su nombre.

-Hola, ¿te has perdido?, preguntó al ardiente ser.

El príncipe no pudo articular palabra. La sola contemplación de la belleza de la joven zagua lo tenía totalmente paralizado.

Tras intentar abrir la boca varias veces para hablar sin conseguir pronunciar más que unos inconexos balbuceos, se dio la vuelta y salió corriendo mientras sus zuecos se iban poniendo rojos de calor y su rostro rojo incandescente de vergüenza.

-¿Qué me ha pasado? ¿Por qué me he quedado paralizado? Solo podía mover los pies, y vaya si lo hice, que he llegado de vuelta a casa en un abrir y cerrar de ojos.

El ser más bello de la creación me dirige la palabra y solo soy capaz de salir corriendo.

Cansado por la carrera, se metió en su veta de lava a dormir antes de que sus padres supieran que se había escapado de la caverna.

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Cuando despertó, lo hizo con una idea fija en su cabeza. Se haría unos zuecos más gruesos, que aguantasen mejor el calor. Los hizo de obsidiana, una piedra negra y muy resistente al calor, ya que nacía en el corazón de la tierra.  Con su nuevo calzado, se dirigió directamente hacia el río, con la esperanza de haber reunido el valor suficiente para poder hablar con la preciosa zagua de ojos violetas.

El ruido de sus enormes zuecos nuevos tenía asustados a todos los habitantes del bosque, que huían al verle.

Se acercó a la orilla, y al cabo de unos segundos, vio cómo acercaba  la que intuía sería su compañera el resto de su vida.

-Hola de nuevo, ser de fuego ¿Tienes un nombre?

-Za…Zafiro,  mi señora, consiguió decir con la voz temblorosa.

-Hola Zafiro, soy Iria, hija de Silena. Llevas unos zapatos muy graciosos.

-Son para no quemar lo que tocan mis pies.

-¿Eres un siseador, verdad?

-Así nos llaman los del exterior, nosotros nos llamamos los iluminadores.

-Es un bello nombre. Se supone que nunca salís de vuestra montaña para no provocar algún fuego.

-Lo sé, pero te vi el otro día, y aunque no fui capaz de decirte nada, tenía que volver a verte.

-Supe que volverías en cuanto se cruzaron nuestras miradas.

-Pero ha sido una locura, sé que no podemos ni rozarnos sin que los dos desaparezcamos.

-Bueno, al menos podremos hablar y hacernos amigos, ¿no te parece?

zuecos

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Así pasaron muchos días, y cada vez les dolía más separarse cuando se empezaban a calentar los zuecos de Zafiro y éste tenía que regresar a sus peñas.

Pero llegó a los oídos de Ulura la Roja, cuarta reina de la zamihas, el hecho de que un siseador andaba por su bosque, y mandó a un Friiil a que le llevase un mensaje al rey Pirito. Tenía que detener al siseador que estaba poniendo el bosque en peligro, y si éste provocaba un incendio, irían a la guerra.

El rey Pirito, ante la gravedad del asunto, decidió apostarse en lo alto de su montaña para ver si lo que le decía Ulura era cierto. De ser así, tendría que traer a su súbdito a las cuevas lo antes posible. Esa misma tarde, vio salir a uno de los suyos de una de las cuevas. Lo siguió, intentando pisar solo por las piedras para no prender nada a su paso. Tras él llegó hasta el río. Le pareció que estaba hablando con alguien. Al acercarse, vio con sorpresa que era su propio hijo el que estaba hablando con una zagua.

Se despistó, y no miró donde pisaba mientras se acercaba con sigilo a su hijo para llevarlo de vuelta al lugar donde pertenecía, y de donde nunca debió salir.

-¡Zafiro! dijo de pronto Iria ¡Un fuego se acerca a nosotros!

-¡Rápido, sumérgete y vete de aquí, a mi no me afectará!

La joven Iria se alejó mientras la orilla empezaba a arder.

Envuelto en llamas, el rey Pirito apareció ante su hijo lleno de ira.

-¡Tú! ¡Mi propio hijo! ¿Cómo te has atrevido a ir en contra de todo lo que te enseñé? ¿Ves lo que has provocado?

-Me he enamorado, padre. Además, yo no he causado este fuego, sino vos en vuestra cólera.

-¡Y me replicas! ¿Sabes lo que has hecho? ¡Ahora mismo vuelves a casa, y no saldrás de las cuevas nunca más! ¡Jamás!

-No padre, no volveré, decidle a madre que la quiero. Y a vos también.

Dicho esto, se dejó caer de espaldas al agua helada del Miera. Una enorme nube de vapor cubrió violentamente los alrededores, apagando el fuego causado por el rey de los iluminadores, quien llorando por la pérdida de su hijo, volvió hacia las peñas de “Los Picones de Sopeña”.

 Mientras, Zafiro, se hundía en el río y quedaba inmóvil sobre el fondo.

 

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Todo era oscuridad y frío, hasta que sintió unas manos que lo agitaban primero y lo arrastraban fuera del agua después.

-Despierta, príncipe, vuelve conmigo.

Abrió los ojos y vio a Iria, que le abrazaba fuertemente.

-¡Suéltame, te quemarás!

-No, Zafiro, mírate, haces más honor que nunca a tu nombre.

El agua le había enfriado tan de repente que se había convertido en puro zafiro.

-Solo tus ojos siguen brillando cómo fuego azul.

Desde entonces, Iria y Zafiro vivieron juntos en el nacimiento del río. Más tarde, el príncipe hizo las paces con su padre y llegó a ser el rey de los siseadores, a los que enseñó que podían elegir cómo vivir sus vidas si tenían el valor suficiente.

Pero eso, eso es otra historia.

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Alberto Guaita Tello

Crecí rodeado de cuentos clásicos y leyendas locales en Camerún. Vivo con mi esposa en los mágicos valles de Cantabria. Pronto publicaré “Cuentos de la Zamina” y “El Corazón de la Montaña”.

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